Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Desean que sean felices, que desarrollen su talento y que tengan oportunidades.

El problema aparece cuando ese deseo legítimo se transforma en una exigencia constante de excelencia . Cuando un sobresaliente deja de ser motivo de satisfacción porque podría haber sido una matrícula.

Cuando el partido de fútbol se analiza como si fuera una final profesional. Cuando equivocarse deja de formar parte del aprendizaje para convertirse en algo inadmisible.

Según explica el doctor Xavier Fàbregas, director médico de Mas Ferriol y especialista en salud mental, hablamos de padres perfeccionistas cuando exigen resultados impecables en todas las áreas de la vida de sus hijos, sin aceptar que el crecimiento implica necesariamente ensayo, error y aprendizaje progresivo. Esta forma de educar no siempre es fácil de identificar porque suele disfrazarse de buenas intenciones.

Los padres no creen estar haciendo daño; al contrario, piensan que están motivando , preparando a sus hijos para un mundo competitivo o ayudándoles a desarrollar todo su potencial. No obstante, la línea que separa la exigencia saludable de la presión perjudicial es más fina de lo que parece.

La diferencia fundamental está en el margen para equivocarse. Exigir implica acompañar, animar y ayudar a superarse.

El perfeccionismo, en cambio, convierte cualquier fallo en una decepción. Cuando los errores son interpretados como fracasos y no como parte natural del proceso de aprendizaje, el niño vive bajo una presión permanente.

El mensaje que recibe, aunque nunca se verbalice de forma explícita, es claro: «Solo serás suficiente si lo haces perfecto». El problema es que la perfección no existe.

Y cuando un menor crece convencido de que debe alcanzarla para sentirse valorado, empieza a desarrollar una relación poco saludable consigo mismo. ¿Por qué este fenómeno parece estar aumentando?

Para Fàbregas, las redes sociales tienen parte de responsabilidad. En ellas abundan las imágenes de niños brillantes, deportistas sobresalientes, estudiantes ejemplares o pequeños artistas que parecen destacar en todo.

Esa exposición constante alimenta la comparación y refuerza la idea de que el éxito debe llegar pronto y en múltiples ámbitos.Noticia relacionada general No No CRIANZA «La infancia no necesita padres perfectos, necesita adultos disponibles» Carlota FominayaA ello se suma una sociedad cada vez más orientada al rendimiento, donde la competitividad y las altas expectativas forman parte de la vida cotidiana. Asimismo, muchas familias tienen menos hijos que generaciones anteriores y concentran en ellos una enorme carga emocional.

Son hijos muy deseados sobre los que, a veces sin darse cuenta, los padres proyectan sueños , expectativas e incluso metas personales que nunca llegaron a cumplir. De este modo, el niño no solo debe ser feliz: también tiene que ser brillante, sociable, atractivo, deportista y exitoso.

Los menores sometidos a esta presión suelen desarrollar una sensación constante de inseguridad. Se sienten observados, evaluados y cuestionados.

Algunos dejan de participar en clase por miedo a equivocarse. Otros prefieren pasar desapercibidos antes que arriesgarse a cometer un error que pueda decepcionar a sus padres.«Algunos niños viven sometidos a una exigencia continua en todos los ámbitos de su vida» Xavier FàbregasCon el tiempo, esta dinámica puede desembocar en problemas emocionales importantes.

La ansiedad es uno de los más frecuentes. También aparecen baja autoestima, miedo al fracaso y una visión excesivamente crítica de uno mismo.

Paradójicamente, la obsesión por el éxito puede acabar generando justo lo contrario. Algunos niños desarrollan conductas evitativas: prefieren no intentar determinadas actividades para evitar la posibilidad de fracasar.

Otros recurren a comportamientos pasivo-agresivos. Aceptan compromisos o tareas que en realidad no desean realizar y terminan boicoteándolos porque no se sienten capaces de afrontarlos.

No es falta de voluntad. Es miedo.Señales de alerta que los padres suelen pasar por altoDetectar que un hijo está sufriendo por exceso de expectativas no siempre resulta sencillo.

Precisamente porque desean satisfacer a sus padres, muchos niños intentan ocultar su malestar. No se quejan ni expresan abiertamente su sufrimiento.

No obstante, existen algunas señales que pueden indicar que la presión está siendo excesiva: tristeza persistente, inseguridad, retraimiento, aislamiento social o pérdida de espontaneidad. También es frecuente que el niño parezca excesivamente preocupado por agradar o que reaccione de forma desproporcionada ante pequeños errores.

Cuando equivocarse genera angustia, conviene preguntarse qué mensaje está recibiendo ese menor sobre su propio valor. Uno de los escenarios donde mejor se refleja esta tendencia es la organización del tiempo libre .

Muchos menores encadenan jornada escolar, idiomas, deporte, música, robótica, programación y otras actividades complementarias. El objetivo suele ser positivo: ofrecer oportunidades.

No obstante, cuando desaparecen los espacios para jugar, aburrirse o simplemente no hacer nada, el resultado puede ser contraproducente. Fàbregas advierte de que algunos niños viven sometidos a una exigencia continua en todos los ámbitos de su vida.

Después de una jornada académica intensa, siguen acumulando obligaciones destinadas a construir ese ideal de excelencia que los adultos consideran necesario. Pero jugar también es una necesidad.

Descansar también educa. Y aburrirse, en ocasiones, es la antesala de la creatividad .

La solución no pasa por eliminar cualquier tipo de exigencia. Los niños necesitan límites, esfuerzo y aprendizaje.

La clave está en el equilibrio. Para el especialista, es fundamental combinar momentos en los que el menor se esfuerce y desarrolle sus capacidades con otros en los que pueda ser simplemente un niño: jugar, compartir tiempo con amigos, relajarse o disfrutar sin objetivos concretos.

También resulta esencial entender que no todos los hijos responden igual ante la presión. Algunos toleran mejor los desafíos; otros son especialmente sensibles al estrés.

Aplicar las mismas expectativas a todos puede convertirse en un error tan frecuente como dañino. MÁS INFORMACIÓN noticia Si «La maternidad en 'edad geriátrica' es un término a abolir» noticia No Ginecólogo: «Una mujer de 40 años es más madura para quedarse embarazada» noticia Si El apego temprano, factor clave para la arquitectura del cerebro infantil noticia No Marcos Llorente, sobre la crianza de su hija: «Quiero hacer un colegio para protegerla de los campos electromagnéticos»Quizá la mejor herramienta para romper esta dinámica sea una reflexión sencilla: ¿la presión que ejerzo está ayudando realmente a mi hijo o le está haciendo sufrir?

Fàbregas recomienda observar más y prejuzgar menos. Compartir actividades de ocio donde el objetivo no sea ganar ni destacar.

Recordar cómo nos sentíamos nosotros a su edad. Y, sobre todo, estar dispuestos a rectificar cuando percibimos que nuestras expectativas están pesando demasiado.

Porque el mayor riesgo del perfeccionismo parental no es que los hijos no alcancen la excelencia. Es que, en el intento de convertirlos en perfectos, terminen creciendo convencidos de que nunca son suficientemente buenos.