Retrato hablado: Julián Quiñones es callado, pero habla con goles

El niño se acercó por curiosidad al vado del río. Los rumores en el poblado decían que pagaban por sacar oro de ahí, por lo que los capataces, embutidos en sus corazas de corrupción, necesitaban cuerpos delgados y frágiles.
Uno de esos hombres macizos lo miró con desconfianza. Le preguntó quién lo llevó y por qué estaba ahí.
El chico apenas balbuceó. Era muy flaco, negro de piel y sumamente callado.
Primero lo pondrán dentro del río a sacar con la batea el lodo y buscar el polvillo de oro, luego lo meterán en los pozos hechos a mano porque cabía en ellos. A veces los chicos salían y otras no.
En un pueblo así, no hay tiempo para lamentaciones. Al final, tantos hijos de hogares pobres dan lo mismo para sus intereses. “¿Cómo te llamas?”, le preguntaron. “Julián”, expresó, tímido.
Ese niño retraído va a anotar en un Mundial de futbol. De pronto le gritan porque no sigue al pie de la letra las instrucciones.
Un hombre con los brazos velludos y la camisa abierta del pecho lo reprende. Sobre el cuello le cuelga una ostentosa cadena de oro con un dije de metralleta.
En Magüí Payán, un pueblo aislado en el Pacífico colombiano, mandan las facciones guerrilleras de las FARC y las bandas del narcotráfico. Es normal que la mayoría de los niños que nacen ahí se dediquen a la minería ancestral, a los mototaxis, a las lanchas o al mercado de drogas y violencia.
Julián Quiñones mira con cierto rencor a esos hombres que dominan la zona. No tiene padre y sí muchas mujeres en casa.
Su madre, su abuela y sus tres hermanas. Por ellas está ahí.
Odia al hombre que lo procreó abandonando a una madre adolescente con la adversidad de frente. Lo cuida la abuela y le inculca valores.
El niño toma el rol de hombre de la casa, pero le cuesta trabajo sacar el oro de la batea, salir de los pozos de minería. Se le agrietan los dedos.
Al final de la jornada, cambia lo poco que encontró por una bolsa de arroz. Camino a casa hace una escala.
No tiene zapatos, pero igual juega al futbol improvisando una pelota con calcetines o medias viejas. No trae más que un vaso de atole en la panza y alguna que otra fruta que se encuentra entre los árboles.
Increíblemente, al atardecer, sigue teniendo fuerzas y en el partido de futbol desbloquea a todos para meter goles, un paliativo imaginario contra la tristeza. También sabe golpear con fuerza, porque hay ocasiones en que juega de recuperador en el medio campo y quita la pelota a los rivales por la buena o por la mala. “Regresaba con los pies rotos, llenos de sangre por las piedras.
Yo le regañaba, le decía que se iba a enfermar, que no teníamos para médicos. Pero él me miraba y me decía: ‘Mamá, déjame, que con esto te voy a sacar de pobre’”, contó Gloria, su madre, quien lo veía después de largas jornadas de trabajo en el campo.
A los 15 años, un visor de Cali, cuyo trabajo era recorrer la costa buscando jugadores, vio a Julián. Le llamó la atención que era como una especie de toro.
Lo deslumbró de inmediato porque corría, saltaba y resistía incluso los ataques defensivos de chicos más grandes. Le propuso irse de su pueblo.
Salió en lancha y recorrió 400 kilómetros. Para Julián empezaba el vértigo de ser adulto y, al mismo tiempo, sentía que le quitaba un peso de encima a su madre al no ser una carga más que alimentar. “Había días en que nos acostábamos sólo con un vaso de agua de panela (piloncillo).
Julián veía eso y se aguantaba el hambre”, recordó su madre, Gloria. “Cuando se fue a Cali, yo lloraba todas las noches, al menos sentía que podía comer tres veces al día ahí”. El Club Futbol Paz se lo llevó para terminarlo de pulir.
En 2014, explotó en la Liga del Valle, un torneo amateur. Anotó 50 goles en 38 partidos.
Una locura. César Valencia fue su primer maestro. “Cuando llegó a Cali, era un diamante en bruto.
No sabía perfilarse, no entendía de táctica, jugaba por puro instinto de supervivencia, pero tenía una potencia física que yo no le había visto a ningún chico”. Recuerda el profesor Valencia que era un adolescente acomplejado, poco comunicativo, que miraba al suelo o se sentaba en un rincón aislado, pero que en la cancha se transformaba en un caníbal.
Cuando anotó 50 goles los teléfonos no pararon de sonar. De pronto fue el objeto de discordia, cuando menos de áspera disputa entre clubes.
Uno de México ganó la partida. Los Tigres pusieron 250 mil dólares en efectivo.
Para César Valencia ese dinero significaba continuar con la academia y ayudar a más chicos y, al mismo tiempo, propulsarlo al éxito, “pero la verdad es que Tigres pagó un coche al precio de una bicicleta”. En Monterrey hizo trizas la liga en la Sub 21 con 15 goles en 17 partidos, pero su foja fue poca cosa para un técnico tan cerrado como Ricardo Tuca Ferretti, que recomendó mandarlo lejos, a Mérida, para jugar en Segunda División.
El golpe fue duro, pero Quiñones ya hacía las cosas por automatismo. Su talento y ambición seguían ahí, igual que su silencio e inhibición.
Era poco amigable. Hablaba algo más con su paisano Andrés Topo Rentería y con el hondureño Brayan Beckeles, que solía ayudar a los migrantes que encontraba a su paso. “No era charlista en el vestidor, se sentaba en su banca y no decía nada, pero era una esponja, miraba todo, entendía y entrenaba hasta el agotamiento.
Le alegraba sólo hablar con su madre por teléfono”, relata Beckeles. El técnico que lo puso a jugar en Mérida fue Marcelo Michel Leaño y el director deportivo, Jesús Ramírez, aquel que fue campeón del Mundo Sub 17 con México, coincidió en que tenía la fuerza de un toro y la velocidad de un lince.
Lobos BUAP apareció entonces en su horizonte. Era un equipo kamikaze, que debía jugar por mantener la permanencia.
Como atacaban mucho y defendían mal, Quiñones encontró su hábitat. Metió 17 goles en un año.
No obstante, el equipo se fue de nuevo al nivel inferior. Él se salvó, hasta que volvió a aparecer el Tuca Ferretti en su camino.
Lo repatrió en Tigres de la UANL sólo para devaluarlo y, para colmo, en 2019 tuvo la peor lesión de su carrera: rotura de ligamento cruzado. Le llegó la depresión.
Pero el técnico Diego Cocca siempre estuvo entusiasmado con él. Lo llevó al Atlas aprovechando que en Monterrey lo abucheaban.
Lo puso en forma y desató a la bestia. Junto a Julio Furch en el ataque acabaron con 70 años de maldiciones y fueron bicampeones con los rojinegros.
Cuando Cocca llegó a la Selección Mexicana, pidió naturalizarlo. Para ese momento, en el Atlas no sólo encontró la redención, sino también el amor.
Conoció a Ana Gabriela, oriunda de Jalisco, y le pidió matrimonio en 2023, cuando se cerró su contrato con el América en un viaje que hicieron juntos a Venecia. Ella siempre lo defendió en redes sociales cuando lo criticaban y culminaron el pacto teniendo una hija. “Julián es el hombre más noble y reservado del mundo.
Él no es de muchas palabras; todo lo que ha vivido de niño lo hizo alguien que cuida mucho a los suyos”, comenta sobre su pareja. En el Club América su fortaleza se volvió infinita y salió dos veces campeón de forma consecutiva (bicampeón).
Lejos de que la presión lo ahogara, se transformó en un pilar del equipo más mediático. Al mismo tiempo, siguió con sus trámites de naturalización. “Mi vida está aquí, mi esposa es mexicana, mi hija nació aquí.
Desde que llegué a este país me sentí uno más de ustedes. Cuando camino por la calle, la gente me da un cariño que nunca había sentido en ningún otro lado.
Mi corazón ya era mexicano mucho antes de recibir el papel”, expresó hace tiempo. Aceptó ir a Arabia Saudita porque el contrato era inigualable y el ciclo ganador estaba cerrado.
En Asia, en su primer año, quedó tercero en la tabla de goleadores, pero en este 2026 fue el campeón de goleo por encima de Cristiano Ronaldo al que dejó atrás por diferencia de tres goles, 24 por 21. El chico que iba descalzo y batallaba para comer después de trabajar en la minería artesanal en Colombia es ahora futbolista mexicano, vive en el mayor lujo en Arabia y ha hecho historia en un Mundial.
Aún conserva ciertos rasgos de su niñez. Es callado y cohibido, pero cuando entra a la cancha se convierte en un feroz león que sigue con hambre.
Información de Excélsior (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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