«Cuando entiendas que tú estás bien, dejarás de esperar a alguien que te rescate»

'El bienestar egoísta' es el último libro de Silvia Escribano , coach ejecutiva y promotora del bienestar integral. Reconoce a ABC que se trata de un título provocador elegido a propósito porque la palabra 'egoísta' siempre remueve. «No hablo del egoísmo que implica pisar al otro, sino del orden de prioridades que establece como prioridad ocuparme de mí antes de dar un paso fuera.
Durante años -añade- viví al revés, dejándome para el final. El bienestar egoísta es la decisión de ponerme en el centro de mi propia vida, no en el centro del mundo.
Y tiene una lógica casi biológica porque nuestro sistema nervioso se regula en contacto con otros sistemas nerviosos. Si el mío está desbordado, contagio tensión a quien tengo al lado; si está sereno, ofrezco un lugar seguro.
Por eso, digo que cuidarme no es lo contrario de cuidar a los demás, es la condición para poder hacerlo de verdad y no desde el agotamiento».—¿Qué hace falta para asegurar que vivimos con bienestar? ¿De qué depende?—Tendemos a creer que el bienestar depende de que las circunstancias se alineen: cuando llegue el ascenso, cuando pase esta etapa, cuando tenga tiempo...
No obstante, la realidad demuestra que una parte importante depende mucho menos de lo que nos ocurre y mucho más de cómo lo gestionamos por dentro. No todo es controlable, hay un dolor que no se elige, pero hay un margen de decisión más grande del que creemos: dónde pongo la atención, qué hábitos sostengo, cómo trato a mi cuerpo, qué relaciones alimento.
El bienestar no es un estado al que se llega, es algo que se cultiva a diario. Depende menos de la suerte y más de la intención.—¿Qué responsabilidad tenemos, entonces, sobre nuestra propia felicidad y bienestar?—Toda la que podemos asumir, y conviene asumirla sin culpa.
Cuando aprendí que yo soy el centro de mi vida, que si yo estoy bien, lo que me rodea tiende a estar bien, dejé de esperar que alguien viniera a rescatarme. Eso es responsabilidad, no autoexigencia.
Ojo, porque no significa culpar a nadie de su sufrimiento, hay enfermedades, pérdidas y golpes que no se eligen. Significa otra cosa, que incluso en medio de la tormenta tengo siempre un margen de respuesta.
Recuperar ese margen, por pequeño que sea, es lo más liberador que he hecho.Noticia relacionada general No No Sara Sorribes, tenista olímpica: «Parar para cuidar mi bienestar mental fue una gran decisión» Laura Peraita—¿Por qué cree que priorizarse y cuidarse puede dar una visión incomprendida en el entorno más cercano? ¿Cómo librarse de ese sentimiento de culpa?—Porque a muchas personas, y a las mujeres de forma muy marcada, nos educaron para medir nuestro valor por cuánto nos sacrificamos.
Cuando empiezas a poner límites y a ocuparte de ti, el entorno que se beneficiaba de tu disponibilidad permanente lo nota, y a veces lo interpreta como abandono. La culpa que sientes ahí no es una brújula moral, es una alarma aprendida, una emoción que el cerebro dispara ante lo que percibe como una transgresión social.
Y como toda alarma, se puede recalibrar. A mí me ayudó distinguir la culpa de la responsabilidad, (¿he hecho daño a alguien, o solo he dejado de complacer?) y tratarme con la misma amabilidad con la que trataría a una amiga.
La autocompasión, que está muy estudiada, baja esa sensación de amenaza interna. No se trata de no sentir culpa nunca, sino de dejar de obedecerla automáticamente.«El estrés crónico estrecha la atención hacia lo urgente y nos vuelve expertos en ignorar lo importante, aprendemos a funcionar por encima de las señales del cuerpo»—¿Qué motivos explican que nos dejemos llevar por la vorágine del día a día y escuchemos poco las señales del cuerpo, como le sucedió hasta que le detectaron el carcinoma?—El cuerpo habla en voz baja, la vorágine grita.
Tenemos una capacidad, la intercepción o escucha de las señales internas, que vamos silenciando a fuerza de normalizar el cansancio, el insomnio o la tensión como «lo habitual». El estrés crónico, asimismo, estrecha la atención hacia lo urgente y nos vuelve expertos en ignorar lo importante, aprendemos a funcionar por encima de las señales.
En mi caso, mis enfermedades de los últimos años no las viví como un castigo por haber hecho las cosas mal, sino como el canal por el que se fueron cayendo apegos y miedos hasta reconectar con quién soy de verdad. No lo recomiendo como método, ojalá hubiera escuchado antes, pero el cuerpo acabó diciendo en alto lo que yo llevaba tiempo sin querer oír.—¿Qué importancia tiene compartir experiencias personales para ayudar a otras personas, y a uno mismo?—Enorme.
Lo digo con cierto pudor porque la forma en que yo lo cuento es solo la mía, no existe una única manera correcta de atravesar esto. Compartir tiene un doble efecto, para quien escucha, rompe la soledad, saber que alguien ha pasado por ahí y ha podido sostenerse cambia por completo cómo afrontas tu propio proceso.
Para quien cuenta, poner en palabras lo vivido ayuda a integrarlo, ordenar la experiencia en un relato es parte de cómo el ser humano transforma el dolor en sentido. Por eso decidí escribir desde la herida y no desde la teoría.—La ansiedad es uno de los temas centrales del libro.
¿Qué errores se suelen cometer al intentar gestionarla?—El primero es pelearse con ella. Cuanto más intentamos suprimir o tapar la ansiedad, más fuerte vuelve.
Resistirse la alimenta. El segundo es evitar lo que la dispara, cada vez que esquivamos aquello que tememos, sentimos alivio inmediato y, sin darnos cuenta, le enseñamos al cerebro que ahí había un peligro real, así que la próxima vez la alarma suena más alto.
Y el tercero, muy común en personas muy mentales, es intentar pensar para salir de la ansiedad. La ansiedad vive primero en el cuerpo, respiración acelerada, pecho cerrado, alerta, y al cuerpo no se le convence con argumentos.
Hay que empezar por ahí: regular la respiración, soltar la exhalación, volver al presente... Primero se calma el cuerpo, después se puede pensar con claridad.«Vivimos en una cultura de la productividad que trata el duelo como una avería que hay que reparar cuanto antes para 'volver a ser el de siempre'.
El duelo no funciona así, no es lineal»—El duelo es otro de los asuntos principales en sus páginas. ¿Existe demasiada presión social por superar las pérdidas y por la reincorporación rápida a la vida rutinaria?—Muchísima.
Vivimos en una cultura de la productividad que trata el duelo como una avería que hay que reparar cuanto antes para «volver a ser el de siempre». El duelo no funciona así, no es lineal, no se supera en un plazo, no tiene un cronograma.
Asimismo, no se trata de pasar página y volver a ser quien eras, porque una pérdida importante te transforma. Lo sano no es olvidar, aprender a vivir con ello e integrarlo.
Esa prisa social por reincorporarse hace que mucha gente esconda el dolor para no incomodar y el dolor escondido no desaparece, se enquista. Honrar el duelo, darle su tiempo y su espacio, no es debilidad.
Es la forma de atravesarlo.—¿Qué herramientas prácticas son esenciales para aquellas personas que atraviesan un sufrimiento emocional ?—Las que más me han servido a mí y a las personas a las que acompaño son sencillas y eso es justo lo que las hace potentes. Primera, la respiración consciente, con la exhalación más larga que la inhalación, es la vía más rápida y gratuita para decirle al cuerpo que puede bajar la alerta.
Segunda, ponerle nombre a lo que sientes. Nombrar una emoción «esto es miedo», «esto es tristeza»..., reduce su intensidad.
Tercera, el movimiento y el cuerpo, caminar, mover, no quedarse congelado en el pensamiento. Cuarta, la conexión, no atravesar el sufrimiento en soledad.
Y última, volver al presente, a lo concreto del ahora, porque casi todo el sufrimiento extra lo añade la mente viajando al pasado o anticipando el futuro.—¿Cuáles son las tiritas más efectivas para el alma?—Me gusta esa imagen de las tiritas, aunque las del alma curan más despacio. Para mí, las más eficaces son el contacto real con otra persona, una conversación honesta que te haga sentir acompañada, la naturaleza, que tiene un efecto regulador comprobado sobre el sistema nervioso, la respiración y el silencio, tratarte con amabilidad en lugar de con látigo, el descanso de verdad, no el simulado y reconectar con un sentido, con un para qué.
No son grandes gestos, son pequeñas dosis diarias. Una tirita no cierra una herida profunda de golpe, pero sostenida en el tiempo, sí cura.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Luna Roca: «Nací con síndrome de abstinencia y aprendí a sobrevivir imaginando otra vida» noticia Si «El yoga nos enseña a tratarnos con más amabilidad y menos estrés» noticia Si Masaje con meditación, aeroyoga en el mar, relajación sonora...—¿Por qué cuesta tanto convertir las crisis en oportunidades?
¿Por dónde empezar?—Porque nuestro cerebro está diseñado para sobrevivir, no para crecer, y ante una crisis su prioridad es protegernos, se enfoca en la amenaza y en lo que puede salir mal. En modo supervivencia es casi imposible ver oportunidades, primero el cuerpo necesita sentirse a salvo.
El error es intentar buscarle el sentido al golpe demasiado pronto, cuando todavía estás en carne viva y eso no consuela, duele más. ¿Por dónde empezar?
Primero, hay que calmar el cuerpo, sostener lo básico, pedir ayuda. Después, dar pasos pequeñísimos, sin prisa.
Y más adelante, cuando hay algo de suelo bajo los pies, aparece la posibilidad de mirar atrás y preguntarse qué he aprendido y en qué me ha transformado esto. Yo lo viví así, la vida a veces te pone delante la oportunidad de hacer algo mejor con ella, pero esa lectura llega después, no en mitad de la tormenta.
Información de ABC (España). Edición y redacción: Noticias Today.
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