II. ¿De quién es la vida?Hoy entendemos por “eutanasia” el acto médico de poner fin a la vida a petición expresa de un paciente que no quiere continuar con una vida de dolor o sufrimiento insoportable.

El problema es antiquísimo aunque la palabra, no lo es. En Grecia clásica no existía el vocablo “eutanasia” aunque muchos pensadores griegos reflexionaron sobre este tema.La palabra “eutanasia” inició a adquirir un sentido filosófico y médico hacia comienzos del siglo XVII, cuando Francis Bacon recurrió a las voces griegas eu (buena) y thánatos (muerte) para hablar del deber del médico de procurar al enfermo una muerte tranquila y serena cuando la curación ya no es posible.

Bacon pensaba que la medicina no debía limitarse a combatir la enfermedad: también debía aliviar el sufrimiento de quien estaba irremediablemente condenado a morir. En The Advancement of Learning (1605) y sobre todo en De dignitate et augmentis scientiarum (1623), Bacon distinguió dos fines de la medicina: restituir la salud y aliviar los dolores y sufrimientos, incluso cuando ya no existe esperanza de curación.

Por eso Bacon critica a los médicos que, cuando consideran incurable a un paciente, abandonan el caso: el médico –consideró– sigue teniendo un deber con el enfermo, que consiste en procurar una muerte tranquila.Esta es la idea que, en los siglos XIX y XX, inició a emplearse para designar la intervención médica destinada a adelantar la muerte de un paciente terminal que así lo ha solicitado libremente.Pero mucho antes de que existiera el término, los filósofos griegos ya se preguntaban hasta dónde llegaba la libertad del ser humano frente a su propia existencia. Platón reflexionó sobre los límites de la medicina; los estoicos hicieron de la autonomía uno de los pilares de la vida buena; Epicteto, Séneca y Marco Aurelio sostuvieron que la razón permitía al sabio decidir cuándo una existencia había dejado de ser conforme con la naturaleza.Estos pensadores reflexionaron sobre la libertad y autonomía que esta práctica conlleva; hablaban de libertad.

Y esa es la primera enseñanza que ofrece una genealogía del concepto “eutanasia”: no debemos confundir la historia de una palabra con la historia del problema que intenta nombrar. Si desde antiguo la eutanasia se pensaba a través de diferentes conceptos y de diferentes ideas, entonces la pregunta que debemos hacernos es ¿cuándo inició a pensarse que un individuo había dejado de ser dueño de su propia vida?

Ese cambio de perspectiva transformó la manera de comprender la muerte y marcó el inicio de una tradición que llega hasta nuestros días: fue cuando una cuestión de autonomía personal, inició a convertirse en un problema moral, religioso y político. La transformación no sucedió de un día para otro; durante siglos fue abriéndose paso una idea que terminaría por modificar profundamente la relación del ser humano consigo mismo: la vida no pertenece al individuo porque es un don recibido y por ello, nadie podía disponer libremente de ella.Resulta significativo que esta idea no proceda directamente de los textos bíblicos.

Ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento contienen una prohibición expresa de la eutanasia, sencillamente porque el problema, tal como hoy lo entendemos, no existía en la época en que fueron escritos. Estos textos fueron escritos en una época en la que no era factible prolongar la vida y la agonía de un paciente: el proceso de muerte ha cambiado de manera inimaginable de aquellos entonces a nuestros días.

La condena de la eutanasia surgió más tarde, como parte de la elaboración doctrinal del cristianismo, particularmente a partir del pensamiento de Agustín de Hipona y de la tradición teológica que se desarrolló durante la Edad Media. Con ello la respuesta a una pregunta que se encuentra hoy detrás del debate sobre la eutanasia: ¿quién puede decidir sobre la vida de una persona?Mientras el pensamiento clásico había tendido a considerar que el individuo conservaba una responsabilidad última sobre su propia existencia, la nueva concepción aseveró que la vida pertenecía exclusivamente a Dios y que el ser humano era apenas su administrador.

La libertad dejó de ser el principio rector y fue sustituida por la obediencia.No deja de resultar paradójico que una cuestión tan íntima terminara convirtiéndose en un asunto de poder. Porque cualquier institución que logre convencer a los individuos de que no son dueños ni siquiera de su propia vida, adquiere sobre ellos una autoridad inmensa.

La discusión deja entonces de girar en torno al sufrimiento concreto de una persona para desplazarse hacia la conservación de un principio abstracto: la indisponibilidad de la vida.Quizá por eso el debate sobre la eutanasia rara vez permanece en el ámbito de la medicina. Muy pronto se traslada al derecho, a la religión y, finalmente, a la política.En un Estado verdaderamente laico esto debería resultar imposible.

Porque la laicidad consiste, precisamente, en impedir que una determinada concepción religiosa de la existencia se convierta en ley para todos los ciudadanos. Cada persona tiene pleno derecho a considerar, de acuerdo con sus convicciones, que jamás recurriría a la eutanasia.

Lo que ningún Estado debería hacer es imponer esa convicción a quienes no la comparten.Nadie propone que toda persona deba poner fin a su vida cuando enfrenta una enfermedad incurable: lo único que se reclama es que esa decisión pertenezca al individuo que habrá de soportar el dolor, la dependencia, la pérdida de autonomía o el sufrimiento que ninguna otra persona puede experimentar en su lugar: que cada persona se libre de decidir qué hacer.Porque una sociedad verdaderamente libre se define por el respeto que muestra hacia las decisiones más profundas que cada uno toma sobre su propia vida.Y entre todas ellas, ninguna resulta más radical que decidir cómo afrontar el final de la propia existencia.Defender la eutanasia es defender la libertad de cada individuo ante su propia vida y ante su propia muerte.