América Latina abrió la puerta a la ultraderecha: de Fujimori a Milei

DOMINGA.– En qué momento sucedió. Cuándo pasó a ser normal asistir a un desfile de candidatos presidenciales latinoamericanos que prometen guerras, levantan motosierras, reivindican dictaduras, se sacan selfies frente a miles de presos o amenazan con borrar del mapa a su adversario (a veces metafóricamente, otras no).
Y no sólo hacen todo eso, que ya sería mucho en un continente acostumbrado a lo demasiado, sino que son competitivos, ganan elecciones o llegan ahí justito, raspando.No es que las derechas antes fueran necesariamente eruditas, diplomáticas y sofisticadas. Pero hacían gala de mantener las apariencias o las investiduras: simulaban, al menos.
Ahora no quedan formas en pie (siempre hay excepciones claro): esta época es un despliegue de desinhibición, de “maldad insolente” diría el tango, de ruptura de los límites. Y no pocas veces de alarde de ignorancia: ¿alguien se imagina al brasileño Jair Bolsonaro, al colombiano Abelardo de la Espriella o al mismo Donald Trump con un libro en la mano?
Pocas sociedades pueden decir a estas alturas que están vacunadas contra el fenómeno. Recuerdo la ilusión argentina en 2023 meses antes de las elecciones: era mayo, conversaba con la dirigente brasileña Manuela D’Ávila en Buenos Aires, alertaba sobre los riesgos de que efectivamente podía ganar Javier Milei, algo que para muchos en Argentina parecía ficcional.
Acá no pasa, se decía, hay anticuerpos, se confiaba. Pocos meses después llegó el shock en las urnas que, visto a la distancia, era inevitable en vista del flaco gobierno que terminaba y la época que se había abierto.Con el resultado vino la gran pregunta: ¿cómo pudo pasar?
La misma pregunta que apareció en Brasil 2018 con Bolsonaro. La que vendría en El Salvador con Nayib Bukele y sus altos índices de aprobación, otra vez en Estados Unidos (Trump reloaded), en Ecuador con Daniel Noboa, en Chile con José Antonio Kast, en Perú con Keiko Fujimori, en Colombia con Abelardo de la Espriella.
Aún falta Brasil este año, donde Flávio Bolsonaro, hijo de Jair, busca llegar a la segunda vuelta en octubre. La tendencia es clara: los sinvergüenzas andan a sus anchas, estiran los límites y consiguen votos. La respuesta a por qué esto ocurre puede mirarse desde las dos caras de la moneda: porque existe una demanda social que produce un espacio disponible para la llegada de esos personajes, o porque existe una oferta diseñada para provocar esas demanda.En el primer caso, la mirada es sobre las sociedades, su insatisfacción y necesidad de ruptura; y en el segundo caso, en los estrategas o “ingenieros del caso”, como los tituló el politólogo Giuliano da Empoli, dedicados a producir estos experimentos políticos tan paradójicamente radicales como conservadores.
Centrarse en lo segundo suele ser más sencillo que hacerlo en lo primero, que es un gran espejo incómodo donde mirarnos.Las derechas se radicalizan en América Latina La realidad suele ser horrible. Al menos en muchos países de América Latina y no es novedad.
Los movimientos políticos de izquierda, nacionalistas o progresistas de fines de los noventa y principio de siglo en Sudamérica lo entendieron y prometieron transformar esa situación. Levantaron banderas contra el neoliberalismo, las privatizaciones, la opulencia de los helicópteros, barrios cerrados con seguridad privada, y las multitudes condenadas al no lugar.
Conectaron, ganaron y gobernaron.Pero pasaron cosas. Entre ellas que quienes se sublevaron para cambiar el sentido de las cosas, se convirtieron a veces en guardianes del nuevo orden.
Un orden al que algunos gobiernos le pusieron paños sin transformarlo de fondo, que otros reprodujeron en sus privilegios ahora en beneficio propio (el poder tiene lo suyo), y que otros tantos intentaron cambiar sin lograr solucionar algunos de los problemas más graves. De banderas del cambio se pasó a banderas de un nuevo statu quo.
Los más jóvenes llegaron después sin memoria de lo anterior: cada generación suele empezar de nuevo y exige su derecho a transformar las cosas. Quienes entendieron ese envejecimiento del progresismo sudamericano y la emergencia de una nueva generación fueron los constructores de candidatos de derecha, que fabricaron outsiders y levantaron el discurso de un cambio conservador, con el regreso a las privatizaciones, a las pleitesías en Washington, a echarle la culpa de la pobreza a los pobres y a prometer resolver la inseguridad a punta de balas.
Un bucle con inversión de roles: “Nos convertimos en sistema. Por eso no sorprende ahora que el otro bando se presente como antisistema”, expresó recientemente el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva.
Las derechas produjeron candidatos rupturistas: Javier Milei con su motosierra contra “la casta”, José Antonio Kast con su anuncio de construir zanjas contra los migrantes (nada como echarle la culpa a los pobres de fuera), Abelardo de la Espriella con su promesa de regresar a la política bélica de dispare primero y pregunte después, o Nayib Bukele con las cárceles masivas en un país devorado por las pandillas.La época arroja en cada elección otra conclusión más, como es la agonía del espacio del centro político. La conciliación y moderación no están de moda, y existe una polarización asimétrica: las derechas se radicalizan hacia la derecha, y las izquierdas temen desatar las revanchas del poder.
No todas, pero muchas.De Milei a Bukele, la insatisfacción democrática Con la democracia “se come, se cura y se educa”, prometió el presidente Raúl Alfonsín el 10 de diciembre de 1983 al asumir el mandato luego de siete años de dictadura argentina. Era la promesa de una democracia que no fuera sólo procedimental (votar y volver a su casa), sino efectiva, material, en un país que salía del terrorismo de Estado y había tenido más períodos dictatoriales que democráticos en su corto siglo veinte.Milei asumió exactamente cuarenta años después de ese discurso: el resultado de una democracia agrietada, que sumó dos gobiernos desilusionantes consecutivos.
El peronismo pedía cuidar esa democracia y Milei prometía a los gritos acabar con la inflación y los políticos. Lo condensó en la palabra “casta”, un significante vacío, según el concepto del filósofo Ernesto Laclau, donde cada quien depositó ahí a quien consideraba ser parte de esa casta a eliminar.
Llegó a la postre un gobierno abocado a beneficiar esta casta y quienes no eran parte de ella se sumaron rápidamente al club.Si la democracia no alimenta, ni cura ni educa, debe como mínimo garantizar la vida. ¿Sino quién defiende esa ajenidad llamada democracia?
Nayib Bukele lo entendió cuando ofreció un pacto a la sociedad salvadoreña: el fin de la democracia, a cambio de caminar sin terror en las calles del país. “Fue un pacto implícito, puso a la gente a ponderar qué valía”, dice Carmen Valeria Escobar, periodista salvadoreña. “Bukele en sus discursos hacía ese recordatorio constante a la gente sobre algo tan grave y doloroso que es el tema de las pandillas, la violencia y lo que generó, y cómo eso tenía que ser erradicado costara lo que costara, y lo que terminó costando fue la democracia”. El Salvador tenía 51 homicidios cada 100 mil habitantes cuando Bukele asumió la presidencia, venía de más de quince años de maras, antecedidos de una guerra civil.
¿Qué era la democracia en el imaginario común salvadoreño en esas condiciones?“En la práctica nada. De qué te sirve una Constitución que diga democracia y derechos, si cuando vas a tu casa no tenés garantizado el mínimo derecho a la vida, porque no sabés en qué momento te pueden matar a vos o a tus familiares”, dice Escobar.
Nadie defiende lo que no conoce.La derecha ha tenido el apoyo activo de la Casa Blanca Una izquierda sin resultados cuando gobierna no puede ganar. Pero las mejoras por sí solas no llevan a ganar elecciones.
Sucedió en Colombia con Iván Cepeda que se presentó como candidato de la continuidad de Gustavo Petro, quien entre otras cosas redujo la pobreza de 36.6% en 2022, cuando asumió, a 28% en 2025, según los datos oficiales. Cepeda se enfrentó a la versión más radicalizada de la ultraderecha colombiana: De la Espriella, defensor de paramilitares, acusado de estafas, que prometió en su campaña guerra interna y neoliberalismo entre fuegos artificiales.
Y fue el derechista quien terminó haciéndose con la presidencia, no sin denuncias de fraude, al igual que las que fueron presentadas contra Keiko Fujimori en Perú.Lula da Silva por su parte redujo la pobreza sólo entre 2023 y 2024 de 27.3% a 23.1%: el menor nivel desde que el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística empezó los registros en 2012. No obstante nadie espera que las elecciones de octubre, donde buscará su cuarta presidencia, estén ganadas de antemano para el histórico líder metalúrgico, encarcelado injustamente y resucitado políticamente.
Tendrá ante sí a otro Bolsonaro, tan golpista, clasista y provocador como el anterior.Si la pregunta a por qué razón ganaron Milei y Kast tiene una parte de la respuesta en la desilusión que generaron los presidentes que los antecedieron (Alberto Fernández y Gabriel Boric, respectivamente), la explicación de por qué gobiernos con buenos resultados económicos pueden perder elecciones es más compleja. Un abordaje posible es que los candidatos derechistas cuentan con el apoyo activo de la Casa Blanca: Donald Trump se volvió un gran elector en las últimas elecciones latinoamericanas.
Sin disimulo ni formas, como toda la geopolítica actual estadounidense. Otro enfoque para comprender el fenómeno es la intoxicación mediática.
Los grandes medios (que son grupos económicos) decidieron que todo vale: crear noticias falsas, criminalizar a dirigentes hasta declararlos culpables, azuzar las pasiones bajas que anidan en las sociedades como el rencor, la venganza, la xenofobia, el racismo, el “enano fascista” en latencia. Esa intoxicación junto a fraudes quirúrgicos pueden explicar algunas derrotas.Otra respuesta al porqué se multiplican estos personajes está en la época.
Aún vivimos los efectos pandémicos que agudizaron la adicción a las pantallas, las soledades tristes y los valores individualistas como de libros de autoayuda gringos que son la ideología necesaria para el modelo neoliberal. También se puede indagar en cimientos culturales de las sociedades latinoamericanas: clasismos y racismos constitutivos de élites y capas medias, conservadurismo político, o la demanda de resolver el orden con balas que crónicamente reaparece (las dictaduras también tienen consenso social).
Si la virtud de estas nuevas derechas es captar una radicalidad emocional que pide la época, su gran problema en cambio es el modelo siempre tan desigual que lleva adelante cuando es gobierno. Un modelo que puede sostener con represiones y saturación mediática, pero que carga con un horizonte corto, frágil y la dificultad para lograr reelecciones.
La inestabilidad también vale para las derechas y lo sólido, más que nunca, se desvanece en el aire. La pregunta es cómo puede la izquierda, el progresismo o el nacionalismo popular presentar banderas que movilicen para cambiar la realidad.
Y sobre todo realizar cambios efectivos, en un contexto donde Estados Unidos busca que el margen de autonomía del continente sea igual a cero. Preguntas, mientras crecen monstruos y se anuncian más sismos políticos.GSC/ATJ
Información de Milenio (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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