Hay inteligencias que son, al mismo tiempo, precoces y traviesas. También trayectorias que no son lineales, sino casi en capítulos que no tienen más conexión que la vocación de servicio.

Así fue Óscar Levín, un economista disruptivo que fue parte de muchos capítulos en nuestra historia contemporánea. A mí me tocó coincidir con él en muchos y conocer de varios por relatos de otros.

Óscar se preciaba de haber sido amigo de sus jefes, que no es raro; pero se distinguía por ser el mejor amigo de sus exjefes, que es una cualidad más escasa. Al primero que yo ubico era a David Ibarra Muñoz.

Entre 1977 y 2026, solo dos secretarios lo fueron sin pasar por alguna subsecretaría o por la secretaría de finanzas de su entidad: David Ibarra y Rogelio Ramírez de la O. Ibarra venía de Nafin y fue un secretario fundacional.

En el espacio hacendario de Palacio Nacional están la Biblioteca Ortiz Mena, el Salón Silva Herzog y los comedores Eduardo Suárez. Estando yo en Hacienda pensamos que valdría la pena que el salón de usos múltiples honrara a un secretario.

El consenso de nuestro grupo directivo es que debía ser Ibarra; basta considerar que el IVA y la Ley de Coordinación Fiscal eran de él. David, con su humildad habitual, no aceptó.

Ibarra no termina el sexenio en Hacienda. No faltaban voces que lo hacían presidenciable, así lo registran consultas hemerográficas de la época.

Decían que la fuente de inspiración de esas voces eran nada menos que Óscar Levín y Heriberto Galindo. Con Ibarra, Óscar fue director general de Crédito Público.

En la obligación que tiene Hacienda de cuidar el buen crédito de México en el mundo, era un nombramiento clave para un funcionario tan joven. La salida de Ibarra lleva a la primera de muchas reinvenciones de Óscar.

De cuidar el crédito de México pasó, ya entrados los años ochenta, a un terreno del todo distinto: la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía, en Gobernación. Del rigor de las finanzas públicas al pulso de la relación entre el Estado y los medios.

En Óscar era, simplemente, otro capítulo. Buena parte de este tramo yo no lo viví de cerca: lo conocí, como tantas cosas de él, por relatos de otros.

Vinieron después los años de la política capitalina y partidista. Fue delegado en Gustavo A.

Madero y en Álvaro Obregón, cuando la Ciudad de México todavía se gobernaba por delegaciones; diputado local en la entonces Asamblea del Distrito Federal; y siempre priista, de los que discutían de frente. En cada encomienda empezaba de nuevo, y en cada una dejaba la misma huella.

Y así, dando vueltas, la vida lo devolvió al lugar donde había empezado, pero en otro poder. En el año 2000 Óscar presidía la Comisión de Hacienda.

Mi papá la había presidido la legislatura anterior. Es uno de los espacios más delicados y relevantes para el país.

Mi papá decía que, al evaluar la gestión de la Comisión de Hacienda, había que distinguir entre lo que tenía que salir por mandato de ley, lo que tenía que salir porque mediaban temas que afectaban la viabilidad financiera del país, y lo que —sin entrar en esas dos hipótesis— salía y resultaba en un país institucionalmente mejor. En su legislatura, la primera sin una mayoría del partido en el gobierno, salieron en medio de gran tensión los tres paquetes económicos, se aprobaron las medidas que dieron cauce al rescate financiero y, como ejemplo de la tercera, la Ley de Concursos Mercantiles.

Óscar fue el primer presidente de la Comisión emanado de un partido de oposición al gobierno en turno. El presidente Fox no tenía mayoría simple: en la práctica, no traía los votos para sacar adelante los paquetes económicos que daban soporte de ingreso y gasto al gobierno.

Y aquí conviene detenerse, porque lo que sucedió no fue menor. Le tocó dotar al país de su paquete económico en los años más difíciles imaginables —la desaceleración de 2001, la recesión que siguió al 11 de septiembre, la caída de los ingresos petroleros—, y le tocó, asimismo, desde el PRI, frente a un gobierno de otro signo.

México estrenaba su primera alternancia: un presupuesto no aprobado, un país sin recursos el primero de enero, habrían bastado para teñir de fracaso a la joven democracia. No sucedió, en buena medida, porque hubo quienes —Óscar entre ellos— entendieron que la responsabilidad con México pesaba más que la tentación de cobrarle la factura al adversario.

Los votos del PRI, en esa Comisión y en ese Pleno, le dieron viabilidad financiera al primer gobierno de la alternancia. No es poca cosa.

La gobernabilidad del país cayó en hombros del Congreso. El papel de Beatriz Paredes vale la pena destacarse: su alfil en lo económico fue Óscar, y ella fue una más de las figuras que lo tuvieron por amigo, antes, durante y después de su gestión.

El testimonio no es retórico. Entre 2000 y 2002, las tres grandes calificadoras —Fitch, Moody's y Standard & Poor's— otorgaron a México, por primera vez en su historia, el grado de inversión, apoyadas en el buen manejo de las finanzas públicas y en una mejor coordinación entre política monetaria y fiscal.

Esa coordinación tenía un requisito que pocas veces se nombra: un Congreso capaz de aprobar, año con año, un presupuesto responsable. Agustín Carstens era el subsecretario de Hacienda del presidente Fox, uno de los economistas mexicanos más brillantes, con una trayectoria global de gran prestigio.

Como subsecretario, buscó que México se hiciera merecedor de una Línea de Crédito Flexible del Fondo Monetario Internacional, instrumento que sigue siendo hoy parte de nuestro blindaje financiero. Acceder a él implicaba reformas profundas a nuestro sistema financiero.

Yo, en esa época, formé parte por primera vez del equipo de Agustín, y me tocaba acompañarlo en su trabajo legislativo. Ahí conocí, respeté y aprecié al jefe Levín.

Uno de los grandes temas de la campaña recién terminada era el de los ahorradores defraudados por cooperativas y cajas de ahorro populares, un asunto que había desafiado al gobierno sin hallarle solución. En apenas tres semanas se le dio cauce institucional a través del Fideicomiso Pago, creado por ley.

En su concepción jugaron un papel central Marcelo Ebrard, Manuel Minjares, Enrique de la Madrid y Lorena Martínez. La Comisión de Hacienda dictaminó la ley que le dio origen; Beatriz Paredes presidía la Cámara y Levín lideraba el trabajo de dictaminación.

El primer gobierno de alternancia, sin mayoría, arrancaba dando solución por consenso a un problema por demás complejo. Aquellas reformas —la de la banca de desarrollo, la del ahorro para el retiro, la de transparencia, la disciplina presupuestal sostenida año con año, el propio andamiaje del rescate financiero— no fueron piezas sueltas.

Fueron los cimientos que hicieron a México merecedor de la confianza que años después se capitalizaría, cuando nuestro país se convirtió en el primero del mundo en recibir la Línea de Crédito Flexible del FMI: un instrumento reservado, por definición, a las economías con finanzas públicas sanas e instituciones sólidas. México reunía esos requisitos porque, en años difíciles y sin estridencia, gente como Óscar los había ido construyendo desde la Comisión de Hacienda.

Hubo, asimismo, un capítulo en el que su camino y el mío se cruzaron de frente. En mayo de 2002 fui nombrado director del Sistema Banrural.

El banco perdía varios miles de millones de pesos al año sin beneficio para el campo ni para los campesinos; costaba seis pesos prestar uno. En acuerdo con el presidente Fox y con las secretarías de Hacienda y de Agricultura, el Consejo del Banco sometió una iniciativa para liquidar Banrural y crear en su lugar la Financiera Rural.

El tránsito legislativo fue de todo menos sencillo: sin los votos del PRI, la iniciativa no caminaba. Recuerdo con nitidez la espera —el equipo de administración aguardábamos el humo blanco afuera de la plenaria del PRI—.

La Comisión que Óscar presidía fue pieza de aquel dictamen. Cerrar una institución que era ícono del movimiento campesino, y hacerlo bien, para sustituirla por otra viable, exigía justamente lo suyo: convertir una decisión técnica en un acuerdo político.

La Financiera Rural nació sana y prestó servicio por dos décadas; hoy su ausencia se extraña. Muchas veces, en la Financiera, nos reuníamos a comer con David Ibarra y sus amigos, Óscar entre ellos; ahí nos tocó acompañarlo en la preocupación por la salud de Esteban, su hijo y mi amigo, que a Dios gracias se resolvió bien.

Las reinvenciones de Óscar no se detuvieron. Presidió la Condusef, que empareja la cancha entre el usuario y el sistema financiero.

Dirigió la Casa de Moneda de México, una de las instituciones más antiguas del país; no hay encargo que hable mejor de la continuidad del Estado, pues acuñar es respaldar en metal la confianza de una nación. Llegó al IPAB, como vocal de su Junta de Gobierno, y vale la pena detenerse en lo que eso significa.

La ley reserva ese nombramiento para quien alcance el aval de las dos terceras partes del Senado: el consenso más amplio que nuestro marco institucional exige a puesto alguno. En un México plural, donde ningún partido reunía por sí solo esa mayoría, que el nombre de un priista como Óscar fuera aceptable para prácticamente todas las fuerzas del Senado dice más de él que cualquier elogio.

Cuando fue vocal, mi hermano Lorenzo era el titular del Instituto, y encontró en él un apoyo invaluable. Vistas en conjunto, las muchas vidas de Óscar Levín podrían parecer dispersas: Hacienda y los medios, la delegación y el Congreso, la Condusef y la Casa de Moneda, el IPAB.

Pero no lo eran. Bajo cada reinvención latía la misma constante: la de un economista al servicio del Estado, capaz de empezar de nuevo cuantas veces hiciera falta sin perder nunca ni el oficio ni la lealtad al país.

Hay quienes construyen una sola casa y la habitan toda la vida; Óscar construyó muchas, y en todas dejó algo en pie. En un país que suele olvidar pronto a sus servidores públicos, y que a veces los recuerda solo para regatearles, vale la pena decirlo con claridad: México le debe a Óscar Levín más de lo que sabe.

Descanse en paz Óscar Levín Coppel. A Esteban y Julián, sus hijos y mis amigos, y a toda su familia, un abrazo solidario.

Se nos fue un buen economista y un político de convicciones, pero nos queda su legado institucional.