El último Informe del Estado de la Educación lo confirma con abundante evidencia: el estudiantado de primaria y secundaria lee poco y demuestra escasas capacidades de comprensión lectora. Resulta necesario recordar, entonces, que la práctica de la narración de cuentos ayuda a desarrollar la apreciación estética de un texto, permite mantener la atención, facilita percibir la musicalidad de las palabras y, por supuesto, influye positivamente en la construcción de conocimientos.

La práctica de narrar historias debería generalizarse en todos los centros educativos del país.La costumbre de contar cuentos tiene larga data en nuestra historia educativa. En 1920, Omar Dengo incluía el curso “Dicción, el arte de contar” en el plan de formación de maestros de la Escuela Normal, la cual estaba situada en Heredia.

También escribió elogiosas palabras para Berta Singerman, cantante, actriz y recitadora de origen ruso, que desarrolló su carrera en la Argentina. Esta artista acostumbraba a declamar poemas en sentidos espectáculos en el Teatro Nacional.

Vestida con peplo, como si fuera una deidad griega, emocionaba al público con composiciones de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni o Juana de Ibarbourou. Dengo, evidentemente, aspiraba a que los maestros conservaran la tradición de recitar y contar en las aulas.El ser humano se encuentra habituado a escuchar historias desde hace siglos; ha de ser por eso que, a pesar de las innovaciones tecnológicas, no pierde la capacidad de asombro e imaginación ante un cuento.

Por ejemplo, en papiros egipcios escritos más de 2.000 años antes de nuestra era, se expresa que Cheops, el gran constructor de pirámides, se solazaba con las historias que le narraban sus hijos.Jesús también contó breves historias conocidas como parábolas con el fin de transmitir mensajes profundos. San Marcos, en su evangelio, expresó: “Pero no les decía nada sin parábolas, aunque a sus discípulos se los explicaba todo por aparte”.

A pesar de que no tenemos datos sobre las características de su voz o la gestualidad de su cuerpo, es posible imaginar la elocuencia con la que habló y mantuvo la atención de multitudes en sitios abiertos, bajo la luz del sol. Podemos así decir que Jesús también fue un maestro contador de historias.En Oriente, la narradora por antonomasia es Scherezada, la mujer que, según el libro anónimo Las mil y una noches, narró cuentos para liberarse de la muerte a la que el sultán sentenciaba a sus esposas.

Doniazada, su hermana, le pide: “Por Alá sobre ti, cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche”. Ella narra para salvar vidas, y de la misma forma, un maestro que atrapa la atención de sus estudiantes con buenos cuentos salva vidas.

Lo hace porque, con ese acto, contribuye a que los niños permanezcan en el centro educativo, tengan entretenido su pensamiento y se libren de los peligros que implica el abandono de los estudios y la eventual caída en la trampa de ganar dinero fácil, por medio de condiciones ilícitas, como la venta de drogas.Asimismo, en los cuentos atribuidos a Scherezada, encontramos la transgresión de los valores morales, sociales y políticos imperantes gracias a la argucia, la elegancia y el placer de la palabra. De esa manera, observamos que cuando se comparte un cuento en el aula, se rompe la distancia entre el docente y los estudiantes.

Ambos habitan en un territorio de complicidad, ensueño y fantasía. Con la historia se puede caer en la incorrección, la metáfora, la picardía, el humor, la ternura y el placer imaginativo.Por ello, no resulta extraño que Gabriela Mistral, en un artículo publicado en Repertorio Americano, en 1929, expresara que “no daría el título de maestro a quien no contase con agilidad, con dicha, con frescura y hasta con alguna fascinación”.Son razones suficientes para considerar que las universidades públicas y privadas mantengan los cursos de narración oral.

Estos cursos deberían ser impartidos por profesionales con probada experiencia en el arte de narrar cuentos. Asimismo, el Ministerio de Educación Pública debería hacer de esta práctica una actividad cotidiana, motivo por el cual resulta imperante liberar al personal de cargas administrativas y permitirle que se fortalezca en tareas tan necesarias como la de narrar historias.

Nuestra niñez y juventud necesita cuentos esperanzadores y divertidos, sin moralejas fáciles ni adoctrinamientos… cuentos para dar dignidad y sentido a la vida.autorcarlosrubio@yahoo.com Carlos Rubio Torres es profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad Nacional (UNA).