La mascota manda… y el resto de la familia obedece

Hubo una época en que el perro cuidaba la casa. Hoy la casa cuida al perro.
Antes el gato cazaba ratones; ahora tiene una cama ortopédica, un cepillo especial para el pelaje, tres tipos de comida y un veterinario que cobra más caro que el médico de la familia. Las mascotas dejaron de ser mascotas para convertirse en directores generales del hogar.
Ellas no pagan servicios, no hacen mercado, no lavan un plato y, no obstante, son las únicas que duermen sin preocupaciones mientras los humanos trabajan para mantener su nivel de vida. El fenómeno más curioso ocurre con la famosa frase de las mamás: “En esta casa no entra ningún animal”.
Esa sentencia suele durar exactamente dos semanas. Al poco tiempo es la misma mamá la que le habla al perro con voz de bebé, le compra galletas importadas y le dice al papá: “No lo regañe, mírelo, que está sensible”.
Y cuando el animal se enferma, la familia entera entra en estado de emergencia nacional. Si el perro estornuda una vez, ya hay tres búsquedas en internet, dos llamadas al veterinario y un debate sobre si necesita una manta porque “de pronto se resfrió”.
Si el gato no come durante una tarde, parece que se hubiera detenido el planeta. Lo más divertido es cómo llegan a la familia.
Los hijos hacen una campaña digna de una elección presidencial. Prometen sacarlo a pasear, bañarlo, darle comida, limpiar lo que ensucie y hasta sacar mejores notas en el colegio.
Juran, con la mano en el corazón, que asumirán toda la responsabilidad. Pero pasan quince días y el único compromiso que mantienen es tomarse selfis con el animal para subirlas a las redes sociales.
El paseo lo termina dando el papá, la comida la sirve la mamá, el baño lo hace el hermano mayor y el único que realmente disfruta de la situación es el perro, que observa semejante desfile de empleados personales. Y aun así, las travesuras se perdonan con una facilidad asombrosa.
Se comen un zapato nuevo… “es que estaba aburrido”. Destruyen el sofá… “todavía está chiquito”.
Rompen una matera, muerden las chanclas o convierten los cojines en una tormenta de espuma… “qué ternura, estaba jugando”. Intente un esposo romper una taza favorita y verá que el perdón no llega con tanta rapidez.
También existe el extraño fenómeno económico. Hay familias que discuten durante una semana para comprar una licuadora porque “está muy cara”, pero no dudan un segundo en gastar una fortuna en una cama acolchada para el perro porque “él merece descansar bien”.
Y qué decir de los cumpleaños. Algunos animales tienen fiesta, invitados, gorrito, torta especial, regalos y sesión de fotos.
Hay personas que nunca recibieron una celebración así en toda su infancia y ahora observan con cierta envidia cómo el labrador sopla una vela simbólica mientras veinte adultos aplauden emocionados. Las despedidas también son inolvidables.
Hay quien sale cinco minutos a comprar pan y le explica al perro, con lujo de detalles, que regresará pronto, que se porte bien y que no extrañe demasiado. El animal apenas bosteza, pero el dueño se va con lágrimas en los ojos.
No obstante, detrás de toda esa exageración hay una verdad muy bonita. Las mascotas tienen una habilidad extraordinaria para alegrar la casa.
No preguntan cuánto gana uno, no critican el peinado, no guardan rencores por una discusión y siempre parecen felices de ver llegar a quienes quieren. Tal vez por eso ocupan un lugar tan especial.
Nos hacen reír cuando hacen travesuras, nos desesperan cuando convierten una sala impecable en una zona de desastre y nos obligan a recoger pelos de lugares donde la ciencia todavía no explica cómo llegaron. Pero también acompañan en los días difíciles y llenan de vida los silencios.
Eso sí, conviene recordar una regla universal: cuando una familia asegura que el perro “es solo un animal”, espere un mes. Muy pronto tendrá almohada propia, un apodo ridículo, fotografías en todos los celulares y un puesto privilegiado en el sofá.
Porque en muchas casas ya no hay rey ni reina. El verdadero monarca tiene cuatro patas, deja huellas por todas partes y consigue el perdón con solo inclinar la cabeza y mover la cola.
El autor es ingeniero retirado.
Información de La Prensa (Panamá). Edición y redacción: Noticias Today.
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