Ser idiota en realidad no es tan malo

El término “idiota” originalmente se utilizaba para identificar a aquellos que no se sumaban a las corrientes sociales de superación, con objetivos elitistas. Las reflexiones que se describen a continuación emergen luego de leer algunos escritos sobre El idiota, de Fiódor Dostoievski (publicada en 1869), novela que muestra la vida nada convencional de un príncipe ruso, quien desde muy joven había estado recluido en un hospital en Suiza por problemas epilépticos, condición que no solo lo apartó de las costumbres aristocráticas, sino que le permitió desarrollar una “bondad absoluta”.
La novela presenta el encuentro del joven príncipe con la hipocresía, la farsa, la justicia conveniente y el amor condicional del círculo social ruso, que nunca cuestionó, pero tampoco dudó en ayudar a todo aquel que considerara víctima de ese estilo de vida, en particular a la mujer que amó con vehemencia. Su habilidad para identificar el dolor de otros no fue del agrado de muchos, ni creída por la mujer que amó incondicionalmente.
A pesar de su personalidad excéntrica, el príncipe fue parcialmente aceptado por su sociedad, pero no por sus grandes bondades, sino por su privilegiado estatus. Todo se derrumba cuando, en una de esas importantes reuniones sociales, el príncipe sufre un ataque epiléptico que lo dejó totalmente vulnerable, todo ello frente a una élite aristocrática que reclamaba ostentar poder.
Luego de esas escenas, el príncipe fue evitado por sus supuestas amistades, situación que lo trastornó totalmente, al punto de que fue devuelto a Suiza para tratamientos médicos, de los que nunca obtuvo resultados favorables. La novela concluye lejos de tener un final feliz, no solo por el desenlace del príncipe, sino porque todos los que trató de ayudar terminan sus vidas de forma muy desafortunada (su amada fue asesinada) o continuaron en la misma farsa social.
No se vislumbran opciones de reflexión por parte de nadie. Los pasajes finales del príncipe me hicieron meditar sobre su actualidad, al compararlos con nuestra apatía o maltrato hacia enfermos mentales, personas con discapacidad, adultos mayores y niños desamparados, porque ya no son útiles, con el agravante de que la mayoría no vota.
Curiosamente, para un “idiota” serían una buena razón para vivir. Esas lecturas me permitieron recordar algunas canciones clásicas como “Payaso”, “Dueño de nada” y “Me dediqué a perderte”, entre muchas otras, donde se describen situaciones que queremos creer que solo les ocurren a otros.
Si hemos sido tan ingratos con aquellos que tenemos a un lado y nos aman, ¿qué no podríamos hacerle a un desconocido que simplemente nos da la mano? Aunque expertos literarios afirman que El idiota no intenta manifestar que la bondad es infructuosa, soy de la opinión de que su final tal vez fue un poco melodramático (aunque lo entiendo por la trágica vida que tuvo su autor), porque pienso que la humanidad está superando, aunque lentamente, todo ese engaño e injusticias del pasado.
Incluso, estimo que Galileo no murió en la hoguera por el precedente nefasto que dejó lo actuado contra Giordano Bruno. Tampoco creo que todo aquel que haya sido tratado injustamente termine haciendo lo mismo contra sus semejantes.
La historia también nos muestra a muchos que procuraron que los males que atravesaron no perduraran. Nelson Mandela podría ser un buen ejemplo.
Veamos algunas experiencias personales. En una ocasión tuvimos la dicha de contar con una directora de departamento envidiable por su abnegada dedicación al trabajo, pero fue objeto de abusos por parte de quienes solo eran buenos para pedir.
Aún recuerdo la desilusión de un colega por aquellos acontecimientos, al punto de cuestionar si había sido buena nuestra decisión de colocar en ese puesto a una persona con tanto espíritu para ayudar a otros. No practico la bondad absoluta.
Me limito a escribir, hacer mi trabajo lo mejor posible y resistir las opresiones. Por seguridad solicité a mi esposa que no recibiera en casa a mendigos y que canalizara su interés de ayudar a otros en la iglesia.
Curiosamente, en una ocasión en que limpiaba mi automóvil pasé por esos “cinco minutos de ah...”. Poco después de encontrar unas monedas en el vehículo, se presentó un individuo con uno de esos peculiares cuentos y terminé dándole las monedas.
Minutos más tarde regresó con otra historia para solicitar más dinero. Claro, en su lugar le di un sermón que prefiero no describir aquí.
El lector podría dudar de si en verdad despreciamos tanto a los buenos samaritanos, porque tradicionalmente nos inclinamos a apoyar a los candidatos electorales que dan mayores muestras de desprendimiento. En realidad, no creo que elijamos candidatos que hayan tenido una trayectoria de buenas acciones e interés de ayudar de forma desinteresada, porque dichas acciones solo son evidentes en campañas proselitistas.
Elegimos al que mejor miente al expresar sus futuras bondades, porque lo consideramos más listo. El autor es químico industrial y profesor de la Universidad de Panamá.
Información de La Prensa (Panamá). Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.