Históricamente, el gremio de futbolistas no ha sido considerado el lápiz más afilado del estuche. En su defensa hay que decir que la mayor parte de las veces que se ponían ante un micrófono lo hacían después de correr durante 90 minutos.

A ver quién es el listo que elabora un buen discurso en directo en esas condiciones y que lo hace, asimismo, manteniendo los pies en el suelo después de haber ganado o elevado el ánimo luego de una derrota. Otra cosa es el compromiso social que el sector ha demostrado desde que el balompié pasó a ser un negocio.

Especialmente para ellos. Es muy extraño escuchar a un futbolista ir en contra de un sistema del que forma parte.

Y tiene su lógica. A nadie le gusta un cambio.

Menos aún cuando se disfruta de enormes privilegios. Por eso los futbolistas —jóvenes, ricos, famosos e idolatrados— no suelen meterse en jardines en los que no hay una opinión consensuada y mayoritaria.

¿Para qué alzar la voz contra un sistema con el que a ellos les va de lujo? ¿Por qué dar opiniones que van a chirriar en un entorno homogéneo en el que todo va bien o al menos lo parece?

Pues básicamente para nada, porque a quien se atreve a poner a sus compañeros ante el espejo y nombrar verdades incómodas la vida —también conocida como el sistema— se lo suele llevar por delante. Seguir leyendo