Volver fue como releer un clásico: dejarse sentir de nuevo la libertad interior de la elección que nadie, absolutamente nadie, nos puede robar –postula Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido–, perder la cuenta entre tantos Aurelianos, Arcadios y Amarantas en la obra maestra de Gabo, o volverse loco –o volverse cuerdo–, como Alonso Quijano. Fue reexperimentar el agua fría que sortea el cuello y escurre por mi cuerpo bocarriba, mientras observo ese intento de contacto sutil entre las ramas de los árboles que bordean el río, como queriendo protegerlo del sol guanacasteco, como agradeciéndole el gesto de ser fuente eterna de vida.

Encuentro con mis pies de nuevo el musgo resbaladizo de las rocas, las hojas que acolchonan el fondo de la poza, los pequeños remolinos que todavía danzan desde aquella primera vez, hace ya más de tres décadas.Detrás de aquel campamento destartalado están todavía las huellas de las pisadas, donde algún extranjero incauto había dejado hundir su pie en alguna paila a la altura del tobillo; sacarlo alzado fue una tarea digna de ser recordada hasta en estas páginas. El olor a azufre, que es el mismo, lo confirma, con sus ráfagas de calor que varían de dirección, como queriendo advertir de su existencia, decir que ahí están, que no desean pasar inadvertidas.

Y que no seamos tan incautos. La vergüenza regresa –siempre regresa– por haber profanado sus entrañas el día que ascendimos de mojados hasta el cráter por la vertiente atlántica, entrando por el lado de Upala, hasta alcanzar los 1.900 metros sobre el nivel del mar.

Me veo andando por el cañón que dejaron las erupciones del 92, empapado por las aguas que no pudieron sortear las pendientes y se convirtieron en pequeñas cascadas. Sigue resquebrajándose la piedra con cada paso; aún hierve el agua para el café en alguna de las fumarolas que nos recordaban la imprudencia y la insensatez de aquellos tiempos.

Me echo, pechoentierra, al borde del acantilado, ante las ráfagas de viento que bordean la laguna azulada, 100 metros más abajo en caída libre, en una quietud simulada que más parecía una tregua, una pausa antes de lo que vendría después. Eran épocas en que la vida se guiaba más por la embriaguez de la intensidad que por el uso de la razón, sin que existiera demasiado tiempo para medir las consecuencias.

A fin de cuentas –con agradecimiento lo digo–, los años me ayudaron a forjar una postura más razonable, más comedida, en concordancia con las regulaciones del Sistema Nacional de Áreas de Conservación, motivadas, en todo caso, por el sentido de pertenencia y de deuda con la naturaleza. Siempre, por ahí haciendo bulla, están los aspavientos y berrinches de la irresponsabilidad mercantil, del negocio que se libra de los impuestos y que poco conoce de cursos de RCP y primeros auxilios.

El que abandona excursionistas en medio de la bruma y las víboras, cuando el sol aún no ha nacido y los guardaparques los encandilan como el cazador al venado.Poco importa el costo económico y humano de cada rescate de un senderista lesionado o extraviado bajo esas circunstancias. Aquí y en otros parques, ellos creen –y nos intentan hacer creer– que se trata de un favor, que deberíamos estar agradecidos u orgullosos por esa rebeldía.

Que la madre naturaleza es de todos, que no hay por qué prohibirla; cositas así son parte del discurso. Todos los argumentos se caen, en todo caso, cuando existe un conflicto de interés que pretende asegurar ingresos y ganancias ilegales: resultó que era un tema de beneficio propio, no un amor genuino, desinteresado.

Desde la loma, aún quedan rastros del humo del incendio en el Parque Nacional Palo Verde, que se levanta a la distancia en dirección al oeste. Sé que huyen los venados, gritan los congos y lloramos todos los que amamos la conservación; los que la necesitamos como fuente de eterna alegría, de retorno al lugar seguro.

Como templo de respeto. Como escape de esta locura que llaman San José.

Observo la forma de cada hoja, su movimiento al ritmo de la brisa fresca que espanta la bruma de la mañana junto al revoloteo de una morpho blanca, muy ahí, muy conocedora de que es única; palpo la textura del cascarón del cedro amargo, el papel crepé descarapelado del indio desnudo y la roca arenosa al margen de la ribera. Respiro el aire puro de parque, de tierra mojada, de su calor abrasador; degusto el carao, tan de viaje a Guanacaste, el cas, el guayabo y el nance; escucho el rugir del volcán, los truenos que se gestan a la distancia, el canto en cuatro fases cuando la oropéndola le contesta al bullicio de la selva y avisa para que busquemos sus dedos de tigre.

Leo y releo el Rincón de la Vieja, sus formas, su historia –mi historia en él, mi propia historia–; su punto de equilibrio, la vida que ahí está presente, lo que significa para todos los que amamos el verde. Y usted, ¿es usuario de parques nacionales? ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.