Así fue entrar por primera vez a las cuevas de Venado cuando nadie las conocía

Después de unas cuatro horas de ruta, el profesor anunció que habíamos llegado. La buseta de la universidad se detuvo frente a unos potreros en medio de la nada sancarleña.
Nos miramos, tratando de adivinar qué íbamos a ver ahí, donde todo parecía igual a lo que habíamos dejado atrás. Solo teníamos que atravesar una grieta en una pared de roca, al lado de una quebrada, y entonces –así, como si nada– aparecería la cueva.A inicios de los años 90, las cuevas de Venado no eran un destino turístico.
Poca gente las conocía y menos aún las había estudiado. Según nosotros, jóvenes e inexpertos, esa tarde validaríamos el trazado de un plano de principios de los años 60, que cubría unos 400 metros de la cueva.
A fin de cuentas, pensábamos, 400 metros no eran nada.El profesor, en cambio, lo tenía claro: una cosa es mapear en superficie y otra, bajo tierra. Probablemente se daría por satisfecho si lográbamos reconocer formas que hasta entonces solo existían en los libros.Frente a la grieta que prometía un mundo desconocido al otro lado, algunos compañeros prefirieron no entrar.
Fue una decisión sensata, en retrospectiva. Llevábamos cinta, brújula, piqueta y unas linternas de mano.
Nada de botas de seguridad, cascos con luz frontal ni ropa impermeable. Tampoco pensábamos que en esos ambientes húmedos, donde se acumula guano de murciélago, también circulan hongos como la histoplasmosis.
En los primeros metros, alcanzábamos a ver la luz de la entrada, como un recordatorio del mundo exterior. En algún punto indefinido, la luz dejó de acompañarnos.
La vista intentaba ajustarse hasta volverse casi inútil. Entonces apareció el sonido: el agua que goteaba, constante, insistente.Y sin darnos cuenta, ya no estábamos entrando.
Estábamos desapareciendo.Avanzábamos en equipos de tres. Uno llevaba la linterna; los otros, la confianza de que no se fuera a caer.
El aire se volvía espeso, cargado de humedad. Caminábamos por la misma quebrada que habíamos dejado afuera, ahora dentro de la roca.
Todo estaba mojado, excepto el plano: prensado a una tabla, protegido en una bolsa plástica. Habíamos avanzado pocos metros y ya lo sabíamos: sin mapa y sin visibilidad, salir de ahí no iba a ser sencillo.De repente, a lo lejos, se abrió una luz desde arriba.
Caía desde un orificio casi circular, como una ducha amplia, revelando superficies brillantes y volúmenes que parecían moverse aunque fueran de piedra. Lo habíamos estudiado, pero verlo era otra cosa: un sumidero donde el agua ligeramente ácida se filtraba por fracturas y disolvía la roca caliza, formada hace unos siete millones de años en un antiguo fondo marino.
Llegamos a una cámara donde vimos algo que parecía una enorme papaya brillante, con una coloración café. Las paredes mostraban trazas de erosión de un río que había estado más arriba, en la roca.
Ese sistema subterráneo no era fijo: cambiaba de nivel y se reorganizaba con el tiempo, según se depositaran sedimentos del exterior, colapsaran los techos, se disolvieran algunas secciones o se formaran otras.Continuamos. Los tramos se estrecharon y, a veces, tuvimos que quitarnos la mochila para pasar.
O para arrastrarnos. La roca estaba fría, pegajosa.
El aire empezaba a faltar. Después de un par de horas, dejamos de medir.A eso de las cinco de la tarde, estábamos todos afuera.
Mojados y todavía deslumbrados. Nos sentamos al lado de la calle, esperando a Escopeta –el chofer del bus–, que se había ido a un turno cercano.Hoy, más de 30 años después, Andrés Ulloa y Mariángela Vargas han cartografiado casi cinco kilómetros de esas galerías y desarrollado modelos tridimensionales de las cuevas de Venado.
La tecnología ha sido clave para conseguirlo, pero más aún lo ha sido el impulso por explorar ese inframundo, que revela parte del pasado del país.Cartografiar una cueva requiere tiempo, paciencia y muchas horas bajo tierra. Decenas de giras y dibujos en libretas.
Hoy hay excursiones organizadas y lo que antes era incertidumbre se ha vuelto aventura. Gracias a esos mapas, es posible entrar, observar y salir de un mundo que ya no es del todo desconocido.Planos recientes (2021)Todos estos planos se hicieron por miembros del Grupo Espeleológico Anthros.
Gabinarraca (Cuevas de Venado): plano reciente realizado por Andrés Ulloa & Mariángela Vargas. Longitud: 2.351 mCueva Higuera: plano realizado por Alejandro Argüello, Andrés Ulloa y Mariángela Vargas: 954 mCueva Menonitas: plano actualizado por Andrés Ulloa, Mariángela Vargas, Alejandro Argüello y Carlos Goicoechea. 1.620 memma.tristan@icloud.comEmma Tristán es doctora en Geoquímica Ambiental y directora de la empresa Futuris Consulting.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
Ver publicación original ↗
💬 Comentarios (0)
Iniciá sesión o creá tu cuenta para comentar.