Igual que yo, muchas de ustedes que me leen crecieron rodeadas de gestos brutales por parte de hombres de la familia, del vecindario, de la escuela, del centro médico o de la iglesia. Junto con la humillación, aprendimos el silencio y la parálisis; la inutilidad de la denuncia y el fracaso de la defensa.Con el paso del tiempo y la lucha de las feministas, de quienes heredamos libertades y derechos, los hombres capaces de hacernos cosas horrendas fueron retrocediendo; tal vez no por empatía o conciencia.

Tal vez debido al miedo frente a la censura cultural de lo que hacían o a alguna que otra ley que amenazaba con castigarlos. No sé, pero lo fueron haciendo; se fueron reprimiendo un poco.Esos límites que se vieron obligados a obedecer les fueron quitando un sentido de su propio valor en el mundo, uno que se basaba en cómo eran vistos por otros hombres y por las mujeres, a partir de su libertad para hacer lo que quisieran; pero también en una idea agrandada y fantasiosa de sí mismos como protectores y proveedores (¡aunque muchos de ellos ni la pensión pagaran y apenas les alcanzara para una moto con mufla modificada!).Dichas masculinidades se enfurecen aún más debido a que las condiciones económicas del país se deterioran, pues, como lo indicó la doctora en Sociología Alice Evans, cuando las circunstancias económicas y laborales de los hombres empeoran, ellos se vuelven más sexistas.

Debo sumar a los dos factores anteriores uno más: la llegada al poder político de hombres que se postulan como garañones. Cada vez hay más en distintos países, incluido el nuestro, con su macho tropical.

Así, las cosas están cambiando y algunas sentimos que estamos presenciando un retorno de esa época durante la cual crecimos, marcada no solo por dichos actos, sino también por el descaro y la impunidad que los protegían.Ahora, andan muchos desatados, envalentonados por Rodrigo Chaves, un sujeto que, siendo presidente, se caracterizó por humillar a sus subalternas en público, interrumpiéndolas, regañándolas y callándolas; por ofender con bajeza, indecencia y misoginia a sus rivales; un hombre con un prontuario de acoso sexual en un trabajo anterior y con un lenguaje corporal de macho ofendido que nosotras olfateamos a kilómetros. Otras manifestaciones se dan en hombres muy presentes en la machosfera, quienes, incapaces de gritar o golpear a una mujer, quieren la suya para que los consienta al final del día, como si vinieran de triunfar a un asedio medieval.

El retorno de la brutalidad mata las palabras. Por eso cada vez más hombres se agarran a golpes en las calles, bajo la luz de los celulares cuyos dueños graban en vez de intervenir, y por eso también intentan acorralarnos a nosotras con comportamientos bizarros como el que detallo a continuación.

Hace poco, un taxista cuyo servicio usé, ante la ausencia de respuesta de una joven a la que le cedió el paso, se desató en una incontinencia verbal que anoté: ¡Con mucho gusto!¡Claro!¡Seguro es que la voy a acosar o me la voy a robar!¡Todo es culpa de esos hijueputas del Frente Amplio y de los cadretáticos (sic)!¡Adoctrinan a los estudiantes!¡Ganan un platal!¡Le roban al pueblo y los estudiantes idiotas les creen, y no les queda nada de plata porque todo se lo gastan!¡Y esos hijueputas del Frente Amplio que viven de la universidad!¡Siempre han vivido de eso!¡Y esa lesbiana hijueputa! ¡Esa que parece hombre!¡La que quiere ser hombre!Pero, en medio de este retorno, algo ha cambiado muchísimo: ahora, casi todas nosotras sabemos –por decirlo metafóricamente– devolver el golpe. isabelgamboabarboza@gmail.comIsabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera.

Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.