Una semana después de los terremotos que devastaron Venezuela, sobrevivientes, rescatistas y familiares narran cómo cambió su vida en apenas 40 segundos y por qué la búsqueda de los desaparecidos sigue siendo la prioridad. Fotografía que muestra un documento durante las labores de búsqueda de personas desaparecidas este lunes, en La Guaira (Venezuela).Ronald Peña REl miércoles de la semana anterior, 24 de junio, la selección de fútbol de Brasil goleaba por tres anotaciones a Escocia, en Miami, durante la Copa del Mundo de la FIFA y, al mismo tiempo, dos terremotos casi simultáneos destruyeron gran parte de La Guaira, estado costero y ciudad portuaria ubicada en el centro-norte de Venezuela, sobre el mar Caribe.

Partir desde el partido de fútbol puede sonar banal, pero como gran parte del mundo en Venezuela también estaban pendientes del juego en lo que parecía un miércoles cualquiera, que asimismo era día feriado, hasta que la tierra tembló.Alba Molina, abogada y, desde hace una semana, voluntaria y rescatista, estaba justamente dispuesta a ver el partido junto con su esposo en un club de playa en La Guaira cuando todo sucedió. En cuestión de segundos volteó la vista hacia la ciudad y inició a ver cómo edificios enteros se desplomaban. “Todos los edificios cerca del club... dos edificios grandes cayeron.

Entonces mi esposo me dice: ‘¡Voltea, que se están cayendo los edificios!’. Inmediatamente fue horrible porque vimos cómo, en cuestión de 40 segundos, se vino abajo por completo un edificio de más de 10 pisos”, cuenta Molina.Para esta crónica atiende la llamada desde Tanaguarenas, en La Guaira, donde busca junto con su esposo a un par de sus amigos que quedaron atrapados en los escombros del edificio donde vivían, en el primer piso.

Describe, mientras cuenta su experiencia, cómo tiene puestos dos tapabocas sobre el rostro, pues después de más de 10 días de la devastación “los olores ya están pegando bastante”.Lejos de Venezuela, en Brasil, Daniel Tovar también estaba viendo el partido mundialista. Junto con unos amigos, en la tierra de los locales y lejos de su natal La Guaira, se desconectó durante los 90 minutos de las redes sociales mientras compartía con ellos.

Al terminar el compromiso y tomar su celular recibió de golpe todas las noticias de lo que estaba ocurriendo en Venezuela, con un agravante en su caso particular: su padre estaba en la ciudad.“Mi primera reacción fue llamar a mi papá, pero no me contestó. Le escribí un mensaje, tampoco respondió.

Después hablé con mi hermana, con mi mamá, que vive aquí, en Brasil, donde estoy ahora, así que hablé con ella para ver si sabía algo, qué había pasado. Enseguida llamé de nuevo a mi hermana y fue ella quien me expresó que no había logrado comunicarse con mi papá”, cuenta Tovar, quien es colaborador de Dejusticia en Colombia.

La esperanza en las horas y los días siguientes era que su padre se comunicara en algún momento para dar un parte de tranquilidad, pero no pasó. Una tía suya, que estuvo desaparecida durante más de 12 horas, sí lo hizo, pero en general la situación ha sido una constante incertidumbre, un no saber qué esperar, un silencio incómodo.Esa incomunicación y esa incertidumbre permearon La Guaira y se convirtieron casi en un estado permanente desde ese miércoles.

Alba Molina cuenta que quedó atrapada allí, sin poder regresar a Caracas, donde vive, a unos 30 minutos en carro, porque todo se silenció: sin redes de telefonía y, con el paso de las horas, sin batería en los celulares. Eso solo hizo que la angustia por saber si sus familiares en la capital estaban bien aumentara, pues durante unas seis o siete horas la localidad portuaria quedó incomunicada y el viaducto que conecta a ambas ciudades quedó fuertemente comprometido, al igual que gran parte de la infraestructura de La Guaira.En palabras de Brayan Baptiste, abogado y residente allí, en cuestión de minutos las calles se cubrieron de un polvo blanco y de humo, porque muchas de las casas cocinaban con cilindros de gas. “Ahí me entró un desespero, por supuesto.

Empecé a llorar, en un estado de crisis, buscando principalmente a mi familia. Cuando llegué a mi edificio, mi familia no estaba ahí y me dijeron que no podía entrar porque, bueno, lo perdimos todo; me tenía que ir”, cuenta.Entonces su relato se torna más difícil de escuchar y comienza una búsqueda sin norte por las calles destrozadas: “Cuando voy por el camino, me encuentro justamente a una amiga con la cara llena de sangre.

Su edificio se había caído por completo. Como puedo, la ayudo y la llevo a un centro hospitalario.

Pero resulta que ese centro hospitalario, el de Camurí, también había colapsado, y los pacientes estaban tirados en el piso, afuera. Fue una situación extremadamente dramática.

Hoy lo cuento con tranquilidad, pero fue algo que no tiene descripción”.Brayan, Daniel y Alba coinciden en relatar la angustia de no poder comunicarse ni saber de sus seres queridos. Así fueran horas, como en el caso de Alba; un día, como Brayan, o más de una semana y contando, como Daniel.

Es una sensación que puede ser calmada con un mensaje de texto como el que recibió Reynaldo Mozos, periodista de Efecto Cocuyo: “Estamos bien, tu abuelita y tu mamá estamos bien”. El reportero lleva todos estos días “bajando”, como le llaman en Caracas al desplazamiento hacia La Guaira, para cumplir con su oficio y sitúa en la madrugada del día siguiente a los terremotos el momento en que de verdad dimensionó la magnitud de la tragedia.Se volvió a acabar La Guaira, otra vez.

Ese fue su primer pensamiento, haciendo referencia a los días de lluvias torrenciales que provocaron inundaciones y enormes deslizamientos de tierra que arrasaron poblaciones enteras en el estado Vargas en 1999. Nunca se estableció una cifra definitiva de víctimas, pero las estimaciones van desde miles hasta más de 10.000 fallecidos, asimismo de decenas de miles de damnificados.

Es conocida popularmente como la Tragedia de Vargas. Reynaldo, quien creció en Vargas —estado renombrado como La Guaira en 2019 por el gobierno de Nicolás Maduro—, se mudó a Caracas después del desastre.

Brayan también recuerda esa tragedia en su relato, y el padre de Daniel sobrevivió a ella.“Vargas ya ha sido golpeado por dos tragedias: la tragedia del 99, la del deslave provocado por las crecidas de los ríos, y esta. Pero esta no tiene precedentes por lo dura que fue: dos terremotos juntos...

Es terrible. En verdad, es un caos, y se siente el caos en la calle.

Primero, porque hay muchas pérdidas humanas, hay muchos familiares que no se han encontrado, hay mucha gente que todavía estamos buscando. Segundo, porque no hay suministros, no hay alimentos.

Los negocios que no cerraron fueron saqueados. Estamos a la deriva, como quien dice, en el peor momento de la tragedia”, retoma Brayan.Al atender su llamada, cuenta que junto a él está un amigo cuyo hermano todavía permanece bajo los escombros.

No saben si está vivo o muerto. Junto a ellos, continúa, está otro joven cuya cuñada fue cremada durante la semana.

Los tres están sirviendo como voluntarios, repartiendo alimentos. Y es que, según Baptiste, “hemos demostrado una resiliencia increíble y una solidaridad que no se puede ni narrar.

El nivel de solidaridad que hemos demostrado... todo el mundo, o sea, todos. Yo estoy afectado, yo soy damnificado, yo perdí mi casa.

Y estoy aquí trabajando (...) Esto no nos detuvo. O sea, el nivel de solidaridad, el nivel de ‘vamos a colaborar’, ‘vamos a hacer cosas’, ‘vamos a montarnos’, me da fuerzas.

Me da fuerzas porque digo que no todo está perdido. La humanidad sigue viva”.Así como él, Alba Molina y su esposo han bajado casi a diario a ayudar en las labores de rescate, como ya contó al inicio de este escrito.

Reynaldo, por su parte, ofrece una imagen más cruda: las familias que aún no han recibido ayuda, ya sea de las misiones internacionales o de particulares, remueven los escombros con palas y martillos en busca de sobrevivientes o de los cuerpos de sus seres queridos. Y es que si bien casos como el de Hernán Gil, el vigilante que sobrevivió una semana bajo los escombros, mantienen viva la esperanza, la realidad es otra.

Han pasado más de 180 horas desde la tragedia, cuando en este tipo de desastres las primeras 72 son cruciales para encontrar personas con vida.“Uno siempre tiene algo de esperanza. Evidentemente, esa esperanza va disminuyendo con los días, ¿no?

Y yo tiendo a ser una persona un poco más, no sé, tal vez un poco más objetiva, o a intentar mantenerme un poco más en lo realista. Pero, claramente, el lado más subjetivo, el emocional, siempre alimenta algún tipo de esperanza”, cuenta Daniel cuando se le pregunta por la posibilidad de que su padre aparezca con vida.Casi todos los venezolanos que participaron en este relato coinciden en que ahora su prioridad es encontrar a los desaparecidos.

Todos hablan de la clara ausencia estatal y del colapso institucional, pero por encima de cualquier cosa, todos, en terreno, desde lejos o reporteando la situación, coinciden en esa urgencia. Con vida o muertos, pero encontrarlos. “Hay gente que ya sabe que quizá su familiar está muerto, huele fétido por toda la zona, pero la gente quiere tener por lo menos algo de sus familiares: enterrarlos, darles cristiana sepultura, con la religión que sea”, sintetiza Reynaldo.Brayan Baptiste, por su parte, solamente concluye con una pregunta: ¿y ahora qué? “Disculpa que se me quiebre la voz.

Venezuela, y Vargas en particular, es un lugar que ya venía golpeado, y ustedes son vecinos nuestros, lo saben, por la terrible situación social, política y económica. Y ahora estos daños, las pérdidas humanas, las pérdidas materiales y la destrucción de infraestructura nos llevan a pensar: ¿cómo nos vamos a recuperar?

Hoy estamos sin nada, hoy estamos a la deriva. La pregunta que me hago a cada momento es: ¿y ahora qué?, ¿cómo lo vamos a hacer?

Yo sé que siempre hay esperanza, siempre uno puede salir adelante, pero... es difícil”👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times.

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