Queridos hermanos venezolanos: Les escribe un costarricense que hoy, a la distancia de los años, siente el deber moral y el llamado del corazón para recordarles quiénes son ustedes, de dónde vienen y la inmensa grandeza de la sangre que corre por sus venas. Hoy que su pueblo atraviesa momentos de profunda prueba, dolor y nostalgia, quiero traerles un testimonio de luz guardado en mi memoria.

En la víspera de la Navidad de 1972, la tierra se ensañó con Nicaragua. Un devastador terremoto destruyó Managua.

Yo era un joven civil que, movido por el dolor ajeno, se subió como voluntario a un avión de emergencia médica del Hospital San Juan de Dios de Costa Rica, bajo las órdenes del recordado doctor Kirs. Llegamos a un escenario de shock, dolor y total oscuridad.

Pero, en medio de esa penumbra, fuimos testigos de una de las mayores gestas de heroísmo internacional. Los radares y las pistas estaban destruidos, el peligro era inminente, y aun así, cruzando el mar Caribe bajo la noche y desafiando el peligro, empezaron a rugir en el cielo los motores de los aviones de Venezuela.

Ustedes no lo dudaron. El pueblo venezolano fue el segundo en llegar a salvar vidas a Nicaragua.

Sus tripulaciones aterrizaron a ciegas, trayendo consigo hospitales de campaña, insumos médicos, puentes aéreos y un abrazo solidario que levantó a un pueblo en ruinas. Yo vi esa valentía.

Yo vi la determinación de los venezolanos de entregarse por completo a una nación hermana que sufría. Hoy la tortilla se ha dado vuelta y es el pueblo venezolano el que sufre el rigor de los tiempos difíciles y el peso de la diáspora.

Por eso les escribo: no para divulgar mi historia personal, la cual hice estrictamente de corazón, sino para devolverles un pedazo de la dignidad y la gloria que ustedes sembraron en nuestra Centroamérica. No olviden nunca su naturaleza.

Venezuela es una tierra de libertadores, pero sobre todo, de seres humanos de una generosidad sin límites. La misma sangre valiente que cruzó el Caribe en la oscuridad de 1972 para dar vida, es la sangre que hoy sostiene su resiliencia.

Que este recuerdo sea un bálsamo de consuelo, un abrazo de gratitud eterna de un tico que los vio ser héroes, y la certeza de que un pueblo con ese corazón siempre volverá a brillar. Mi profunda admiración, respeto y hermandad eterna. santiagovalenzuela049@gmail.com Santiago Abelardo Valenzuela Rivera fue voluntario civil costarricense en el terremoto de Managua (1972).