Se cumplen 20 años de la elección que llevó a Felipe Calderón al poder, unos comicios cuyos resultados nunca reconoció López Obrador y que le sirvieron de narrativa, el fraude, la persecución, para abonar una carrera política y una candidatura que concluyó 12 años después en los comicios de 2018 con su triunfo inapelable. Hoy podemos ver con claridad que López Obrador, efectivamente, era un peligro para México.

La capacidad de destrucción que ha tenido su gestión se coronó ayer mismo, con la decisión de Estados Unidos de no prorrogar el Tratado de Libre Comercio, el T-MEC, que apenas unos días antes de que asumiera el gobierno López Obrador había firmado Trump durante su primer mandato. Es válido preguntarse por qué Trump no prorroga un tratado que él mismo gestó.

Y la respuesta es que no se prorrogará el T-MEC porque durante los casi ocho años de gobierno morenista se han violado, una y otra vez, sus términos: se violaron con la contrarreforma energética; con las normas agrícolas y ganaderas que nos han convertido en el primer importador mundial de maíz y provocaron el regreso del gusano barrenador; se violó el T-MEC con la reforma judicial y con la desaparición de los organismos autónomos; con una política de abrazos y no balazos que empoderó a los grupos criminales como nunca antes, permitiendo el tráfico de fentanilo que provocó 200 mil asesinatos en nuestro país, más de 100 mil desapariciones y en Estados Unidos cerca de cien mil muertos por sobredosis cada uno de los años de su gobierno; con un sistema de contrabando de combustible imposible de haber sido implementado sin complicidad desde el poder y que sirvió, como lo reitera la más reciente sanción del FinCEN y la OFAC, para financiar campañas políticas (no lo dice explícitamente el comunicado de esas dependencias del Tesoro estadunidense, pero son las de 2021 y 2024). La consecuencia es una economía que no ha crecido en ocho años, una deuda que supera con creces la recibida, un sector energético en quiebra, un país dependiente de las importaciones de gas, de maíz, de combustibles y con más de un tercio de su territorio controlado por los grupos criminales, sin un sistema de justicia autónomo y con un Poder Legislativo que cuenta con una mayoría ficticia que no se ganó en las elecciones.

Hoy, tenemos un país enfrentado a la mayoría de las naciones de América Latina, a Estados Unidos, hasta hace unos días a España, cercano al régimen de Nicolás Maduro, al de Cuba (al que se le dio el insólito honor de convertir a su presidente, Miguel Díaz-Canel, en el principal orador en el día de nuestra Independencia, el 16 de septiembre de 2020), al de Vladimir Putin, al que nunca condenó por la invasión a Ucrania. Pero que nos condenó, también, a una polarización interna como nunca habíamos vivido desde la guerra cristera.

En el libro Ni venganza ni perdón (Planeta 2026), en coautoría con Julio Scherer Ibarra, escribimos algo en lo que creo profundamente y que es consecuencia directa de la irresponsabilidad política de López Obrador exhibida desde 2006 hasta ahora. “Uno se pregunta —dice Bob Dylan en sus Crónicas, una especie de memorias que nunca concluyó— cómo personas unidas por la geografía y los ideales religiosos podían convertirse en enemigos acérrimos. Al final, sólo queda una cultura del sentimiento, de días negros, del cisma, del ojo por ojo, del destino común de la humanidad descarriada.

Todo se reduce a una larga canción fúnebre, con cierta imperfección en los temas, una ideología de elevadas abstracciones, de hombres exaltados no necesariamente buenos… Todo está envuelto en un manto de irrealidad, grandeza y mojigatería… Por aquel entonces el país fue crucificado, murió y resucitó”. Habla Dylan de las épocas más oscuras de la Unión Americana, luego de la guerra civil.

Pero ése es el sentimiento con el que me quedé después del proceso electoral de 2006. Creo que nuestro país, también, “fue crucificado, murió y resucitó”.

El 2 de marzo de 2004 cenábamos —cuento en el libro Calderón presidente, la lucha por el poder (Grijalbo 2007)— un grupo de periodistas con Felipe Calderón. No lo sabíamos, ni él lo sabía, si sería candidato.

Tampoco que unas pocas horas después de terminar esa cena estallarían los videoescándalos que cambiaron tantas cosas en la vida nacional y que, paradójicamente, fueron los que terminaron abriendo las puertas de la precandidatura presidencial por el PAN a Felipe Calderón… y la terminaron confirmando con el desafuero para López Obrador. Para mí, decía en la presentación de ese libro en abril del año siguiente, el 2006 servía para seguir a Jorge Luis Borges cuando dice que “no nos une el amor sino el espanto”.

En 2006 no me gustaba la candidatura de López Obrador y eso se refleja en aquel libro: me parecía que lo que estaba en juego no era una diferente opción política, sino la construcción de un nuevo sistema político para que girara en torno a la voluntad de un solo hombre. Como dije entonces, ya lo había vivido en mi primera juventud y no necesitaba volver a vivirlo.

No me gusta ni el paternalismo político ni el Estado convertido en ogro filantrópico. Lo pensaba entonces, lo creo ahora. “Lo que temía terminó pasando 12 años después”.

Nos une el espanto por todo lo sucedido por una confrontación que estuvo a punto de colapsar un país, una sociedad. Pero no salimos indemnes: fue el inicio de una polarización que vivimos hasta el día de hoy, sólo que el principal actor ahora está sentado en el otro lado de la mesa.