“¿Qué le queda por hacer a un periodista ante un tipo desafiante y agresivo que fue al estudio a insultarlo y amenazarlo?”, preguntó ayer Pablo Hiriart en su columna de La Aurora de México. El también director de ese medio digital se respondió: “Nada”.

Pablo se refiere al episodio que viví el lunes durante una entrevista con Israel Vallarta, quien —como escribí aquí el martes— advirtió que me acusaría en tribunales por concederle credibilidad a víctimas que lo señalan como el hombre que las secuestró. Concluyó: “Si Vallarta cumple su amenaza de llevarlo ante los tribunales del acordeón, Gómez Leyva la tiene perdida; el poder protege a los suyos, no a las víctimas; únicamente quedará la defensa gremial, hasta donde tope”.

Agradezco, y mucho, la solidaridad y la generosidad expresada en la columna. Pero discrepo de su conclusión: lo que me quedará será defenderme.

Desconozco si Vallarta procederá en mi contra y qué buscará con ello. Si lo hace, buscaré a la mejor defensa posible y lo enfrentaré en los tribunales.

Él está en su derecho de proceder; yo, en el de defenderme. Y créeme, Pablo: aun en los tribunales del acordeón, sería un buen pleito.

Y una buena historia que contar.