Convocatoria para artistas: cuento de Iván Nesteruk

SAN JUAN.— El canto de ser uno mismo En un gran bosque donde los árboles parecían tocar el cielo, vivía un pequeño benteveo llamado Milo. Milo no era como los demás pájaros.
No porque tuviera las plumas de otro color –su pecho amarillo, su línea negra como antifaz sobre sus ojos y las plumas de su espalda marrón verdosas–, ni porque volara distinto. Lo que lo hacía diferente era su silencio.
Mientras cada mañana el bosque despertaba con distintos silbidos y melodías, Milo se quedaba quieto en su rama, observando. Abría el pico… pero nada salía.
Había intentado cantar muchas veces, pero no podía. Al principio, cuando era muy chiquito, lo hacía sin pensar.
Pero un día, cuando probó imitar el canto de otros pájaros, algo pasó. —¿Escucharon eso? —expresó un gorrión, riéndose—. —Parece una rama rompiéndose —agregó otro. —O peor… parece que se ahoga —remató un tercero. Las risas se esparcieron como hojas en el viento.
Desde ese día, Milo no solo dejó de cantar, dejó de intentarlo. El bosque era un lugar lleno de vida.
Había ardillas que corrían sin parar, conejos que saltaban entre los arbustos y búhos que observaban todo atentamente desde lo alto, como si fuesen las mejores cámaras de seguridad de ese lugar. Pero también había miradas, susurros… y palabras que dolían. —Ahí va el que no canta —decían algunos. —El pájaro mudo —agregaban otros. —¿Para qué sirve un benteveo que no canta? —preguntaban, como si Milo no estuviera escuchando.
Y aunque Milo fingía no oírlos, cada palabra se le quedaba pegada en su pecho amarillo. Un día, una tormenta fuerte llegó sin aviso.
El viento sacudía las ramas; la lluvia caía como si quisiera borrar el bosque entero. Los animales corrían a refugiarse.
Milo, que estaba en una rama baja, intentó volar… pero una ráfaga muy fuerte lo alcanzó y Milo cayó. Quedó mojado y temblando entre las raíces de árboles tan viejos que conocían la historia completa del bosque.
Intentó moverse, pero una de sus alas le dolía. Por primera vez en mucho tiempo, quiso gritar.
Pero no pudo. El miedo le llenó todo el cuerpo.
Miró alrededor… nadie venía a ayudarlo. Nadie lo veía.
Pasó un rato, la lluvia calmó un poco y a lo lejos, observó a una tortuga muy viejita que apareció entre los arbustos. Se llamaba Berta.
Berta caminaba despacio, como si el tiempo no la apurara nunca. Miró a Milo, sin sorpresa, como si ya supiera todo lo que había sucedido. —Te caíste —expresó, con una voz rasposa pero tranquila.
Milo asintió, sin hablar. —¿Te duele? Volvió a asentir.
Berta se acercó un poco más. —¿Y por qué no llamaste? Milo bajó la mirada.
Después de un largo silencio, abrió el pico… pero lo cerró enseguida. Berta no insistió.
Se quedó ahí, a su lado, bajo la lluvia que ya empezaba a desaparecer por completo. Con el tiempo, Berta ayudó a Milo a volver a una rama segura.
No era muy alta, pero estaba protegida. Durante varios días, la tortuga volvió a verlo.
No le hacía muchas preguntas. Y si Milo no respondía, ella respetaba sus silencios.
No decía cosas grandes. Solo estaba.
Lo acompañaba. A veces le contaba historias: de cuando el bosque era más chico, de animales que ya no estaban, de caminos que nadie recordaba.
Y Milo escuchaba. Una tarde, cuando los rayos del sol atravesaban las hojas de ese gran bosque espeso, Berta expresó: —Yo también fui lenta toda mi vida.
Milo la miró atentamente; sus palabras captaron su atención. —¿Y sabés qué me decían? “Apúrate”, “no servís”, “llegás tarde a todo”. Hizo una pausa. —Durante mucho tiempo, quise ser más rápida.
Quise ser lo que me decían que tenía que ser. Milo inclinó la cabeza. —¿Y... lo... lo lograste? —preguntó, en un susurro que apenas se pudo escuchar.
Berta sonrió. —No. Pero aprendí algo mejor.
El silencio se llenó de grillos. —Aprendí que el problema no era cómo era yo… —expresó la tortuga—, sino lo que otros esperaban que yo fuera. Milo sintió algo moverse dentro de él. —¿Y... si tienen razón? —preguntó, casi sin voz.
Berta lo miró fijo. —¿Y si no la tienen? Esa noche, a Milo le costó dormir.
Pensó en las risas. En las palabras.
En cada vez que se había quedado callado. Pensó también en la tormenta.
En el miedo de no poder pedir ayuda. Y en Berta, que no se había reído.
Al día siguiente, el bosque volvió a despertar con cantos. Milo estaba en su rama.
El sol le daba justo en el pecho. Respiró hondo.
Abrió el pico. Y dudó.
Sintió las voces de siempre: “Te van a escuchar.” “Se van a reír.” “No lo hagas.” Pero también recordó otra cosa: “¿Y si no tienen razón?” Entonces lo intentó. El sonido que salió no fue perfecto.
Ni melodioso. Ni parecido al de los otros benteveos ni a otros pájaros.
Fue tembloroso. Corto.
Inseguro. Pero fue un canto.
El bosque se quedó en silencio por un instante. Un gorrión giró la cabeza. —¿Escucharon eso?
Otro hizo una mueca. —Sigue sonando raro. Algunos se rieron.
Otros simplemente siguieron con lo suyo. Pero algo había cambiado.
Milo no se cayó. No desapareció.
No se rompió. Siguió ahí.
Ese día cantó una vez más. Y al siguiente, también.
A veces el canto salía mejor. A veces no salía.
A veces, volvía el miedo. Pero ya no era igual.
Con el tiempo, algo curioso empezó a pasar. Un pichón de benteveo que recién aprendía a volar se acercó a Milo y le habló. —¿Me enseñás?
Milo lo miró, sorprendido. —Yo… no canto bien. El pichón se encogió de hombros. —Pero cantás.
Una tarde, Berta volvió a verlo. —Te escuché —expresó. Milo bajó la cabeza, tímido. —No es gran cosa.
Berta negó lentamente. —Es todo. El bosque siguió siendo el mismo.
Hubo risas. Hubo comentarios.
Hubo días difíciles. Pero también hubo otros.
Días en los que Milo cantaba sin pensar. Días en los que otros se acercaban.
Días en los que el silencio ya no era una jaula, sino una pausa. Porque Milo nunca se convirtió en el mejor cantor del bosque.
Pero sí en algo mucho más importante: se convirtió en alguien que ya no se escondía. Y aunque algunos todavía se reían, otros empezaron a escuchar.
Porque hay cantos que no son bellos por su perfección, sino porque son únicos, distintos, y por el coraje que hace falta para dejarlos salir. Breve perfil del autor Roberto Iván Nesteruk nació el 6 de abril de 1992 en Bowen, General Alvear, Mendoza.
Escribe bajo el nombre Iván Nesteruk. Su obra se centra en la exploración de la salud mental y las emociones desde su historia y las vivencias personales, con un enfoque íntimo y reflexivo.
Es autor del libro \"No soy el ansioso\", donde aborda el trastorno de ansiedad y el bullying desde una perspectiva cruda y cercana, buscando generar identificación y acompañamiento en quienes atraviesan experiencias similares. ⇒ CONVOCATORIA ABIERTA Esta convocatoria de DIARIO DE CUYO y diario LOS ANDES está destinada a artistas sanjuaninos y mendocinos: autores de poemas, crónicas, cuentos, ensayos, historietas y cómics; y también ilustradores, pintores y fotógrafos (artísticos), quienes deberán enviar sus obras para que sean publicadas en sus ediciones web y papel; y en sus redes sociales. Las obras deberán estar acompañadas de una breve biografía del autor y breve reseña sobre la/las obra/s a publicar.
También de una foto color del autor, de frente. Las obras literarias -cuentos, poemas, narraciones, etc.- no deberán superar las 1000 palabras.
Todo el material (textos o imágenes, reseña de la obra, biografía, foto personal y declaración) deberá enviarse en un solo correo electrónico a la siguiente dirección: convocatoria@diariodecuyo.com.ar Es requisito indispensable conocer bases y condiciones de la convocatoria de DIARIO DE CUYO, que podrán consultar en este LINK
Información de Diario de Cuyo (San Juan). Edición y redacción: Noticias Today.
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