"El resultado de estas elecciones no será para siempre. A la resistencia francesa le tomó cuatro años liberarse del nazismo" C.

BenavidesMauricio Dueñas CastañedaPodrán decirse muchas cosas de este candidato, pero nadie podrá negarle una audacia hasta ahora desconocida en la política colombiana. De ser un completo desconocido (al menos fuera de los estrados judiciales, donde se ha labrado una reputación defendiendo a los más grandes delincuentes del país) el señor De la Espriella se ha convertido, en cuestión de meses, en la cabeza de un movimiento electoral que todo parece contener: desde la extrema derecha hasta ciertos sectores del centro político que no parecen sentirse incómodos con las posiciones más oscuras y extremistas de esta campaña.Por su rapidez y su agilidad, esta campaña ha sido una suerte de Blitzkrieg electoral.

En mayo de 1940, los tanques alemanes cruzaron las Ardenas y sus rivales franceses no pudieron moverse al mismo ritmo; en cuestión de pocas semanas, las tropas alemanas entraron a París sin encontrar resistencia armada ni disparar un solo tiro. 86 años después, al otro lado del Atlántico, el Blitzkrieg de Abelardo encontró a sus rivales igualmente incapaces de reaccionar a esa velocidad, al menos antes de la primera vuelta.Esa agilidad se explica, en parte, por el uso pionero e indiscriminado que De la Espriella ha hecho de la inteligencia artificial para producir piezas audiovisuales nunca antes vistas en la política colombiana. El tono infantil de esos videos sorprende, pero su impacto es innegable.

Más difícil de descifrar es el recurso a símbolos nacionales en un país que nunca ha sido especialmente nacionalista. O el saludo militar adoptado con entusiasmo por gente que probablemente ha rehuido el servicio militar y jamás enviaría a un hijo a combatir.Pero uno de los mayores responsables de este fenómeno es la posición ambigua que ocupa la figura presidencial en nuestro sistema democrático.

¿Cómo explicar, si no, que el debate gire en torno a promesas mesiánicas y manifiestamente incumplibles, como si su viabilidad dependiera únicamente de la voluntad del presidente? Quizás por ese poder tan desmesurado que se le adjudica al presidente, hemos llegado a la curiosa circunstancia de tener tantos candidatos presidenciales como congresistas.

En esta campaña no ha importado la composición del Congreso ni de las Cortes, ni el hecho elemental de que hay cosas que un jefe de gobierno sencillamente no puede hacer. Da lo mismo, aparentemente, tener una bancada oficialista de dos senadores que una de 35.

El presidente es todo y nada a la vez: como jefe de Estado está llamado a representar y unir a la nación entera; como jefe de gobierno debe ejecutar un programa concreto y responder ante quienes lo eligieron, no ante todos los ciudadanos. Esa es una tensión irresoluble, y por eso sentimos que se nos va la vida en cada campaña presidencial.Una vez termine esta campaña desenfrenada, deberíamos preguntarnos seriamente si cada cuatro años vamos a seguir debatiendo propuestas irracionales, espectaculares e incumplibles a partes iguales.

Y si no sería más sensato transitar hacia un sistema de partidos organizados en torno al parlamento, donde solo gobierne quien cuenta con una mayoría legislativa, como ocurre en casi todos los países del mundo con la notable excepción de los latinoamericanos. Porque el presidencialismo es, de manera un tanto inexplicable, cosecha casi exclusivamente americana, desde Washington hasta la Patagonia.Pase lo que pase el domingo, el resultado de estas elecciones no será para siempre.

Después de todo, a la resistencia francesa le tomó exactamente cuatro años liberarse del nazismo.Carlos Benavides RiverosEnvíe sus cartas a lector@elespectador.com