Su padre, teniente del Ejército de la República, estuvo a punto de ser fusilado. Su madre tenía a dos hermanos en la cárcel.

El padre quería que su hijo fuera arquitecto. La madre le repetía aquella advertencia tan común en las casas de los vencidos: “No te signifiques”.

El chico, nacido en Almería, llegó a matricularse en Arquitectura, pero no había nada que hacer: Rafael José Martínez e Isabel Soler habían tenido un periodista. El entrenamiento para “desconfiar de la primera versión” empezó muy pronto, cuando los curas de su colegio le decían barbaridades sobre “los rojos”, como “rojos” eran sus padres.

El niño decidió ponerlo todo en duda, también cuando los frailes hablaban de química o de cualquier otra materia: al salir de clase, contrastaba con la enciclopedia. De mayor, fundó periódicos y revistas, cambió muchas veces de medio, pasó varias temporadas en EL PAÍS.

El 2 de marzo de 1976, apenas tres meses después de la muerte de Franco, pensó que iba a morir. Seguir leyendo