Miguel tiene dieciséis años y el fútbol metido en la cabeza. Como millones de personas durante la efervescencia del Mundial, pasa horas devorando partidos, discutiendo alineaciones en redes y debatiendo quién debería saltar a la cancha y quién merece quedarse en el banquillo.

Sabe reconocer el error de un director técnico y cuándo un jugador está siendo desperdiciado. Como cualquier aficionado, entiende la regla de oro: los equipos ganan cuando sus mejores talentos están en el campo de juego.

Por eso, hay una contradicción que lleva meses dándole vueltas, una idea fija que no lo deja en paz. Pero no ocurre en un estadio.

Ocurre en su casa. Desde que la empresa donde trabajaba cerró sus puertas, su mamá pasa buena parte del día frente a la pantalla, buscando empleo.

Miguel la ve revisar correos, pulir el currículum y prepararse para entrevistas que parecen definitivas. Luego la escucha hablar de oportunidades que se diluyen a último minuto y de respuestas que, simplemente, nunca llegan.

Lo que más le inquieta es que esa rutina gris no encaja con la historia que siempre le contaron sobre cómo funciona el mundo. Su mamá estudió.

Trabajó duro, acumuló experiencia y se especializó. Durante años hizo exactamente lo que la sociedad exige para progresar.

Por eso resulta tan difícil descifrar el presente: si ella siguió todas las reglas del juego, ¿qué fue lo que salió mal? Esa es la pregunta que nadie en la mesa familiar sabe responder.

Con el tiempo, Miguel descubrió que el caso de su madre no es una anomalía. En los noticieros escucha hablar a diario sobre la urgencia de incorporar más médicos, más docentes, más emprendedores y profesionales capaces de transformar el país.

Pero, en paralelo, escucha las historias de cientos de personas preparadas que siguen atrapadas en una sala de espera infinita. Profesionales que cumplieron su parte del trato y, aun así, se quedaron fuera de la convocatoria.

Ningún entrenador serio dejaría a sus mejores jugadores sentados en la banca durante todo un torneo. Ningún aficionado lo toleraría; los analistas estallarían en críticas y las redes sociales exigirían cabezas.

Todo el mundo entiende que el equipo está condenado al fracaso si el talento se queda congelado mientras el marcador sigue en contra. Esa lógica, que resulta una verdad obvia y universal cuando se habla de fútbol, se vuelve invisible en la vida real.

Los equipos ganan cuando aprovechan el talento disponible. Los países también.

No basta con exigirle a la gente que se esfuerce, se gradué y compita; el sistema debe garantizar las condiciones mínimas para que puedan saltar a la cancha, aportar y construir algo para los demás y para sí mismos. Lo paradójico es que somos capaces de paralizar un país por un penal mal cobrado o un cambio tardío en el segundo tiempo, pero guardamos un silencio dócil ante la realidad.

No aplicamos esa misma indignación cuando vemos que los puestos clave no se asignan por capacidad, sino por el color de una bandera política. Toleramos con pasividad un torneo donde el mérito se queda calentando la banca mientras las “roscas” y el amiguismo acomodan a sus favoritos en la cancha titular.

Panamá no necesita inventar nuevos jugadores de la nada. Necesita, con urgencia, volver a poner a los panameños en el partido.

Porque en el desarrollo de un país, como en la selección nacional, la titularidad se gana con talento y esfuerzo, no por roscas políticas ni conexiones de camerino. Miguel no piensa este dilema en términos de productividad, competitividad o capital humano.

Piensa en su mamá, en su mirada fija en el teléfono esperando una llamada y en los títulos académicos que hoy parecen adornos mudos en la pared. Y, de forma inevitable, piensa en su propio futuro.Dentro de muy poco tendrá que elegir una carrera, un camino y un destino.

Todavía quiere creer que el esfuerzo cuenta, que prepararse vale la pena. Pero mientras observa el silencio del teléfono de su madre, una grieta de desconfianza empieza a abrirse paso entre las certezas que le enseñaron de niño.

Si ella hizo todo bien y terminó en la banca, Cuando llegue su turno, ¿recibirá la oportunidad de jugar, o pasará la vida entera viendo el partido desde afuera? El autor es amigo de la Fundación Libertad.