No recuerdo unas elecciones más polarizadas que estas. El país no solo está dividido casi por dos mitades entre los dos candidatos, sino que está fracturado: las descalificaciones mutuas entre varios de los partidarios más radicales de los aspirantes han sido terribles porque se ven como enemigos irreconciliables.

Por efecto de estas elecciones, muchas familias y comunidades han quedado divididas, incluso destruidas, y muchas viejas amistades han sucumbido.Yo no voté en primera vuelta por ninguno de los dos candidatos sino por Claudia López, pero he expresado que votaré por Cepeda en segunda. Después de meditarlo mucho y analizar sus programas, talante y trayectorias quedé convencido de que Cepeda es mucha mejor opción que Abelardo de la Espriella (ADLE), a quien considero realmente una amenaza terrible para nuestra democracia.

Pero que hoy vaya a votar por Cepeda no implica que considere malos ciudadanos a quienes tomen las otras opciones: abstenerse, votar en blanco o por ADLE. No comparto esas decisiones y las cuestiono con vigor porque creo que son equivocadas por las razones que señalé en mis dos columnas previas en este diario, en un artículo más extenso en La Silla Vacía y en dos conversaciones con las periodistas María Jimena Duzán (A Fondo) y Bibiana Bello (Anatomía del poder).

Pero no descalifico moralmente a quienes las toman: no son malos ciudadanos, sino personas que tienen otros intereses y responden a otros miedos, a otras esperanzas y a otra información.En este contexto, todos como ciudadanos, y especialmente quienes tenemos alguna voz pública, tenemos una responsabilidad: debemos reconocer que estamos en una situación muy difícil por esta polarización corrosiva, a lo cual se agrega un hecho que puede hacerla explosiva: al parecer el margen de victoria de cualquiera de los candidatos podría ser muy estrecho. En esta situación difícil y explosiva asumo tres compromisos, que son también tres llamados ciudadanos.Primero, debemos respetar el resultado electoral, incluso si pierde nuestra opción preferida, como lo hace un importante llamado firmado por más de 50 organizaciones de la sociedad civil, entre ellas Dejusticia.

Sabemos que, como lo expliqué en una columna reciente y lo sustenta ese llamado, nuestras elecciones tienen muchos defectos, como compras de votos, amenazas o influencias indebidas de dineros, pero estos males ocurren antes de que el voto sea depositado. Luego el sistema funciona bien y es creíble: el resultado anunciado por la Registraduría en el preconteo es casi idéntico al obtenido en el escrutinio posterior y corresponde en forma fiel a los votos en las urnas.

Por eso me comprometo a respetar ese resultado, salvo que me demuestren con una evidencia contundente que hubo un fraude decisivo.Segundo, esforcémonos por preservar nuestra unidad nacional, a pesar de nuestras diversas lealtades políticas o partidistas. Reconozcamos que entramos en aguas turbulentas en que habrá llamados a la violencia y a la ruptura democrática y por eso hagamos como Ulises, que se ató al mástil para resistir los cantos mortales de las sirenas.

Ese mástil, según la conocida metáfora de Jon Elster, es nuestra Constitución, que es nuestro pacto social: atémonos a ella para superar estas aguas turbulentas.Tercero, reconstruyamos nuestros vínculos en nuestras esferas privadas, comunitarias y de trabajo. Yo voto convencido de que estoy en lo correcto, pero espero que el vecino que vota distinto no me descalifique moralmente por mi decisión.

Hagamos lo mismo: nuestro vecino o compañero de trabajo o estudio pudo votar distinto y pudimos tener discusiones muy difíciles, pero no por eso es una mala persona.Como en ese bello poema de Borges de “Los conjurados”, gane quien gane, tomemos la “extraña resolución de ser razonables” y acentuemos nuestras afinidades sobre nuestras diferencias.P. D.

Aclaro que esta posición es puramente personal y no representa o compromete a Dejusticia, cuyos integrantes tienen visiones políticas muy diversas.