Desde que, siendo una niña, leí las crónicas de Marco Polo, quise conocer China. Recuerdo la fascinación que me producía imaginar aquellos viajes por la Ruta de la Seda, atravesando territorios desconocidos para llegar a una civilización que parecía tan lejana como extraordinaria.

Con los años, ese deseo permaneció guardado en mi memoria. Hoy tengo la oportunidad de visitar una pequeña parte de ese país y comprender mejor por qué aquellos relatos despertaron la curiosidad de generaciones enteras.He pensado mucho en Marco Polo.

No porque esté descubriendo la misma China que él conoció hace más de siete siglos, sino porque entiendo el asombro que sintió al encontrarse con una cultura diferente y, al mismo tiempo, profundamente humana.Mirando a China bajo la lupa, lo que más me ha impresionado no es solamente su desarrollo. Es la coexistencia de una historia milenaria con una extraordinaria capacidad de innovación.

Uno percibe que el pasado está presente, no como una reliquia, sino como una fuerza viva que acompaña la construcción del futuro. Esa combinación de memoria y transformación ayuda a explicar por qué este país despertó el asombro de Marco Polo hace más de siete siglos y continúa despertándolo hoy.Hace unos días, visité una exposición donde se encontraba una monumental escultura llamada La Gran Profecía, del artista chino Jing Xiaolei.

Su superficie reflejante incorpora al visitante dentro de la obra. Muy cerca, aparecía una frase sencilla: “Conócete a ti mismo”.

Me detuve frente a ella durante varios minutos. Pensé, entonces, que después de tantos años queriendo conocer China, estaba descubriendo algo inesperado: los viajes también nos obligan a revisar nuestras propias ideas y certezas.

Al observar cómo viven otros pueblos, inevitablemente reflexionamos sobre nuestra propia forma de ver el mundo.Días atrás, se cumplieron 19 años del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Costa Rica y la República Popular China. En aquel momento me correspondía servir como ministra de Salud.

Diecinueve años después, recorriendo este país, comprendo mejor el valor de construir puentes entre sociedades que, aunque distantes geográficamente, tienen mucho que aprender la una de la otra.A lo largo de mi vida profesional, he trabajado con colegas de muchos países. Esa experiencia me ha permitido comprobar el enorme valor del intercambio de conocimientos, particularmente en el campo de la salud.

Pero también me ha enseñado algo más simple: cuando las personas se conocen, se respetan más. Citando a Confucio, lo que la mente no sabe, el ojo no lo ve.

Quizá lo mismo ocurre con los pueblos. Marco Polo regresó de China con una mirada más amplia del mundo.

Después de recorrer este país, comprendo mejor el valor de acercarse a otras culturas con curiosidad y respeto. Quizá esa sea una de las lecciones más vigentes de sus crónicas: conocer al otro sigue siendo una de las mejores maneras de entendernos a nosotros mismos. avilaaguero@gmail.comMaría L.

Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.