El memorando de entendimiento acordado entre Estados Unidos e Irán debe ser bienvenido, por lo que implicará de inmediato y durante los próximos 60 días. Nos referimos al cese “de todas las operaciones militares en todos los frentes”, incluido Líbano, la apertura paulatina del estrecho de Ormuz al libre tránsito marítimo y el levantamiento de las sanciones y bloqueos portuarios que impedían la comercialización del petróleo iraní en el mercado global.

Toda iniciativa que implique detener un conflicto armado es ganancia para la humanidad. Asimismo, la restitución de los suministros de petróleo, gas y fertilizantes que se producen en los países del golfo Pérsico y pasan por ese estrecho traerá, a mediano plazo, alivio a la economía mundial y a la producción agrícola.El documento, de 14 puntos, fue acordado el pasado fin de semana.

El contenido se dio a conocer el miércoles 17, y los presidentes de ambos países lo firmaron al día siguiente. En su conjunto, no obstante, deja un amargo sinsabor.

Razones abundan. La principal es que, luego de la guerra por la que optaron Estados Unidos e Israel, solo se ha logrado, en esencia, volver al punto de partida vigente antes del conflicto.

Su factura ha sido enorme. Incluye, entre otras cosas, miles de vidas perdidas, sobre todo civiles iraníes y libaneses; miles de millones en costos materiales; disrupciones múltiples; tensiones y reclamos entre aliados, y una agudización de la inestabilidad endémica en el Cercano Oriente.Apenas días antes de desatar la “Operación Furia Épica”, el 28 de febrero, delegados estadounidenses e iraníes habían avanzado en negociaciones sobre su programa nuclear y otros temas.

El estrecho de Ormuz permanecía abierto, como siempre lo había estado. Su despótico régimen padecía enorme debilidad, luego de enormes protestas populares y en medio de una profunda crisis económica.

Parecía que un abordaje diplomático de la situación podría rendir frutos.No obstante, ese día comenzaron los ataques. Estadounidenses e israelíes tuvieron un éxito militar fulminante.

La cúpula del poder fue decapitada; las defensas antiaéreas, severamente dañadas; su fuerza aérea dejó de existir y la marina perdió todos sus barcos pesados. No obstante, una cosa es el éxito operativo y otra, el éxito estratégico.En los primeros días de la guerra, el presidente Donald Trump postuló como objetivos “aniquilar” la capacidad militar iraní, abolir su programa nuclear, imponer una “rendición incondicional” y forzar un cambio de régimen.

Incluso, calificó la campaña como “un paseo”. El libre tránsito por el estrecho de Ormuz nunca estuvo entre los fines, porque casi se daba –erróneamente– como condición natural.

No obstante, su cierre fue la gran vulnerabilidad explotada por Irán. El virtual ahogo al que condujo generó un enorme impacto inflacionario global.

Para el gobierno estadounidense, se convirtió en un enorme riesgo de cara a las elecciones legislativas de medio periodo, que se celebrarán en noviembre.Los objetivos maximalistas muy pronto dejaron de existir y fueron sustituidos, como prioridad, por la apertura de la vía y la restitución de los flujos petroleros. El memorando establece que, durante los 60 días que durará el cese de hostilidades, los buques transitarán sin costo.

Con posterioridad, deja abierta la posibilidad de un acuerdo entre Irán y Omán, que controla la otra ribera del estrecho, para definir su “futura administración y los servicios marítimos”. El mensaje es que la libertad de tránsito estará mediatizada.

Los temas más críticos para una verdadera paz en la zona, en particular el programa nuclear iraní, quedan abiertos a negociaciones durante los próximos 60 días. Por el momento, su régimen solo “reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares”, algo que por años ha prometido.

Asimismo, el texto es omiso sobre su capacidad balística y su tradicional instrumentalización de grupos armados irregulares en la zona. Todos estos son temas particularmente críticos para Israel, que no negoció ni firmó el acuerdo, pero está incluido en los compromisos de este.

Por ello, la posibilidad de que lo torpedee no puede descartarse.Según el modo en que marchen las negociaciones, Estados Unidos asume varios compromisos. Entre ellos están eliminar “todo tipo de sanciones” contra Irán, gestionar “junto a socios regionales” un plan de inversiones por $300.000 en el país y poner a su disposición “los fondos y activos congelados o restringidos” fuera de su territorio.Las ventajas obtenidas por el régimen, incluida su legitimación, son mucho más relevantes que las concesiones a las que accede.

El resultado es un revés para Estados Unidos y su credibilidad. Para el resto del mundo, al menos abre un periodo de paz regional.

Para el pueblo iraní, la perspectiva es de una dictadura reanimada.