POSADAS.— Cada 11 de junio, el Día Internacional del Juego pone sobre la mesa una pregunta que merece atención: ¿cuánto espacio le estamos dando al juego en la vida cotidiana de los chicos?.El juego está reconocido como un derecho fundamental de la infancia en la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas. No obstante, en un contexto donde las agendas familiares están cargadas de exigencias y las pantallas ocupan cada vez más horas, ese derecho muchas veces queda postergado."Jugar no es perder el tiempo.

Es una de las formas más valiosas en que los niños aprenden y crecen", señala Lucía Buratovich, directora de Programas de Aldeas Infantiles SOS Argentina. Según la licenciada, cuando los chicos juegan libremente ponen en marcha la imaginación, fortalecen habilidades sociales, aprenden a resolver conflictos y ganan confianza en sí mismos.

También encuentran una vía para elaborar miedos o situaciones difíciles que muchas veces no logran expresar con palabras.Para Buratovich, garantizar este derecho va mucho más allá de ofrecer juguetes o actividades recreativas. Implica asegurar tiempos, espacios y entornos donde la infancia pueda desplegarse con libertad, sin que cada momento esté condicionado por objetivos de rendimiento.Los adultos, sostiene, tienen un rol clave.

Acompañar una infancia no se limita a los cuidados materiales: también significa generar oportunidades para compartir, imaginar y disfrutar juntos. Una ronda de historias, una escondida o una tarde en la plaza pueden convertirse en experiencias que dejan huella para toda la vida.La especialista también destaca la dimensión comunitaria del juego.

Cuando los chicos tienen espacios seguros para encontrarse y relacionarse, desarrollan empatía, habilidades de convivencia y respeto por las diferencias, herramientas que los acompañan mucho más allá de la infancia.Desde Aldeas Infantiles SOS Argentina trabajan a diario para que niños, niñas y adolescentes crezcan en entornos donde sus derechos sean respetados. "El juego no es un premio ni un privilegio: es una necesidad y una condición indispensable para que cada niño pueda desarrollarse plenamente", concluye Buratovich.