El cambio climático no es solo un fenómeno ambiental, es una crisis de salud que atraviesa a humanos, animales y al planeta entero. Las olas de calor extremas han provocado tragedias silenciosas: en Europa, el verano de 2022 dejó más de 61,000 muertes relacionadas con el calor, y en 2023 la cifra superó las 70,000.

El calor prolongado aumenta los casos de golpes de calor, insuficiencia renal, infartos y accidentes cerebrovasculares, especialmente en personas mayores y con enfermedades crónicas. La Organización Mundial de la Salud estima que entre 2030 y 2050 se producirán 250,000 muertes adicionales cada año por causas vinculadas al cambio climático, incluyendo desnutrición, diarreas infecciosas, malaria y estrés térmico.

La contaminación atmosférica es otro enemigo silencioso. Las partículas finas (PM2.5), liberadas por incendios forestales y combustibles fósiles, penetran en los pulmones y llegan al sistema circulatorio, aumentando la incidencia de asma, bronquitis crónica y cáncer de pulmón.

Los niños son particularmente vulnerables: en América Latina, el aumento de la contaminación urbana está asociado a más casos de asma infantil y hospitalizaciones por insuficiencia respiratoria. Asimismo, el cambio climático expande el rango de vectores como mosquitos, lo que dispara enfermedades como dengue, chikungunya y malaria, que ahora aparecen en regiones donde antes no existían.

La inseguridad alimentaria derivada de sequías e inundaciones también incrementa la desnutrición y diarreas infecciosas, afectando sobre todo a comunidades pobres. Los animales también sufren consecuencias devastadoras.

La pérdida de hábitat por deforestación y desertificación obliga a especies enteras a desplazarse, generando desequilibrios ecológicos y aumentando el riesgo de enfermedades zoonóticas que saltan a los humanos, como la leptospirosis o la rabia. El calor extremo afecta la reproducción y supervivencia de especies marinas, mientras que la acidificación de los océanos debilita corales y peces, comprometiendo la cadena alimentaria.

En la ganadería, el estrés térmico reduce la producción de leche y carne, y aumenta la vulnerabilidad a infecciones bacterianas y parasitarias, lo que repercute directamente en la seguridad alimentaria de millones de personas. Incluso animales domésticos sufren más casos de golpes de calor, deshidratación y enfermedades cutáneas asociadas a la exposición prolongada.

El ambiente, por su parte, se degrada con sequías prolongadas, inundaciones más frecuentes y suelos cada vez menos fértiles. Esto no solo afecta la agricultura, sino que también incrementa la exposición a hongos tóxicos, bacterias resistentes y contaminantes químicos.

Los incendios forestales liberan partículas que aumentan la mortalidad cardiovascular y respiratoria. El fenómeno de las islas de calor urbanas intensifica el riesgo en ciudades densas, mientras que en áreas rurales la exposición a humo de biomasa eleva la mortalidad respiratoria.

La degradación ambiental también favorece la proliferación de plagas y enfermedades en cultivos, comprometiendo la seguridad alimentaria global y aumentando la posibilidad de hambrunas en regiones vulnerables. A esto se suma el impacto psicológico.

El aumento de desastres naturales, desplazamientos forzados y pérdida de medios de vida genera ansiedad, depresión y estrés postraumático en millones de personas. Los niños que crecen en comunidades afectadas por inundaciones o incendios forestales muestran mayores tasas de trastornos emocionales y dificultades de aprendizaje.

La salud mental, muchas veces olvidada en los debates climáticos, es un componente esencial de la prevención. La prevención es la clave.

Sistemas de alerta temprana pueden reducir muertes durante olas de calor; la infraestructura verde disminuye el efecto de las islas térmicas; políticas de transporte limpio y energías renovables reducen la contaminación que agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares. La atención primaria enfocada en prevención, chequeos regulares y educación sobre hidratación y control de enfermedades crónicas puede salvar miles de vidas.

A nivel global, la cooperación científica y política es indispensable para evitar que la crisis climática se convierta en la principal causa de enfermedad y muerte en las próximas décadas. El cambio climático no distingue entre humanos, animales o ambiente: nos atraviesa a todos.

La paradoja es que sabemos qué hacer, pero seguimos esperando. Cada día sin acción se traduce en vidas perdidas, ecosistemas destruidos y generaciones debilitadas.

El cambio climático no se discute, se enfrenta, porque cada minuto de duda se convierte en la salud del planeta y de todos sus habitantes que jamás podremos recuperar. La autora es doctora en salud publica.