La pelota mixteca también cruzó fronteras y sobrevive al olvido

DOMINGA.– Son las dos de la tarde de este domingo y la cancha está que arde. Pasajuego, le dicen, pero bien podrían llamarle parrilla.
Estamos en el Deportivo Rafael ‘Pelón’ Osuna, en la colonia Moctezuma, a un costado del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, que ha estado recibiendo a los aficionados que vienen para el Mundial. Aquí, dos equipos de cinco jugadores se pasan una pelota a golpes de guantes de cuero, ajenos al sol que los castiga.
Algunos les dan fumadas gordas a sus cigarrillos mientras escanean la trayectoria de la bola.Los jugadores tienen entre cincuenta y setenta años, visten ropa deportiva y cachuchas. Todos son hijos de la diáspora oaxaqueña que, a mediados del siglo XX, partió hacia la capital llevando consigo esta tradición que ahora los deja tostandose en la cancha: el juego de pelota mixteca.Suena ¡poc!.
Un jugador efectúa el saque haciendo botar la pelota en una piedra inclinada –la “botadera”– y golpeándola al rebote hacia el equipo contrario. La pelota mixteca es mucho más que un deporte.
Traída a la capital por migrantes de Oaxaca, se juega con una de hule y un guante de cuero elaborado de manera artesanal. Por décadas ha dado vida a un espacio de convivencia e identidad para generaciones que la siguen preservando gracias al trabajo comunitario y el amor a su tradición.
Así como el futbol ha cruzado fronteras, también el juego de pelota mixteca ha atravesado pueblos, desiertos y naciones gracias a la obstinada pasión de quienes lo aman. Hoy su continuidad depende de una comunidad que se resiste a verlo desaparecer y que cada domingo no deja de pisar la cancha. —¡Ahí estás!
¡Ahí estás! ¡Ahí estaaás! —grita un jugador—.
¡Pégale, wey!—¡Ni en tu pueblo te quieren! —se burla otro para distraer al adversario. El estruendo de un avión ahoga por un momento los chiflidos de abucheo.
Observo el ir y venir de la pelota y tomo notas mientras Roque Gregorio Gabriel Carmona, de 61 años y originario de Pochutla, me dice que los jugadores mantienen un sistema de autogestión. Aquel que está de pie en la zona del saque, al margen de la cancha, es el coime, encargado del mantenimiento del patio de juego.
Lo hace sin recibir un pago hasta que se harta y alguien lo reemplaza.Nadie corre demasiado dentro de la cancha marrón grisáceo. La que tiene que cubrir grandes distancias es la pelota: una esfera de 900 gramos de hule vulcanizado.
Para ello, hay que impulsarla a golpes de guante. Cuando un jugador suelta una buena pegada, el cuerpo se le proyecta hacia adelante o hacia arriba, y queda unos segundos en el aire, liviano, como si esos cinco kilogramos de cuero, clavos y cuerdas que lleva atados a la muñeca fueran su propia carne.¡Poc!
El partido avanza con parsimonia hasta que los gritos se vuelven alarma. Me hago conchita pero de nada serviría si no fuera por Roque, que, casi por instinto, se interpone entre mi cara y el pelotazo atómico que se avecina.
Mientras el partido sigue bajo el fragor de los aviones y las risas, pienso que en esa cancha no sólo se practica un deporte. Cada grito y pelotazo mantienen vivo algo más profundo: una forma de reunirse y de seguir perteneciendo al terruño pese a la lejanía.
La pelota cruza la cancha como si también describiera una travesía migrante.“Siempre que un oaxaqueño va migrando, se lleva su guante”. Es otro domingo de abril de 2026.
Roque me saluda alegre en el deportivo, enseñándome su dedo meñique derecho encapsulado en una férula de aluminio. Pienso, apenada, que mi única secuela de aquel pelotazo del que me protegió fue un rayón en la libreta.
Pero él no se inmuta y aclara: “Suele suceder que un jugador se golpee y no sienta el golpe hasta ya al otro día: es por lo temperamental del juego”, dice ajustándose el sombrero de papel arroz que le encuadra el rostro. “Es un juego muy caliente: es garra, es fuerza. Es querer ser el mejor y decir ‘yo le gano a cualquiera’”.Los orígenes del juego de pelota mixteca siguen siendo inciertos.
Las posturas académicas se dividen entre quienes lo consideran de raíz prehispánica y quienes lo vinculan con tradiciones europeas. En años recientes, el arqueólogo Martin Berger, de la Universidad de Leiden, ha planteado que la pelota mixteca tiene su origen en juegos europeos de la Edad Media, como la pelota valenciana, ampliamente practicados en los monasterios.
Tomando en cuenta que buena parte de los primeros colonizadores fueron frailes, el juego pudiera haberse difundido en un momento relativamente temprano de la época colonial. El arqueólogo incluso sugiere que los pueblos indígenas pudieron adoptarlo como sustituto de los antiguos juegos de pelota mesoamericanos, cuyo papel social era central y que fueron prohibidos por las autoridades coloniales.No obstante, Berger subraya que esto no contradice el carácter de juego tradicional indígena de la pelota mixteca, ya que ha sido practicado por generaciones, desarrollando características propias: el guante, el tablero –utilizado en la variante de pelota mixteca de esponja– y las pelotas no tienen equivalentes directos en Europa.
Aunque los primeros registros escritos datan de inicios del siglo XX, en Oaxaca ya se jugaba mucho antes de esa primera mención documental: un reglamento del juego de pelota a mano fría, el precursor de la pelota mixteca. Más allá de su origen, el juego ha persistido en la práctica de las comunidades oaxaqueñas.
Desde las migraciones de inicio del siglo XX hacia la Ciudad de México, pasando por el Programa Bracero en los años setenta, hasta la migración permanente hacia Estados Unidos, los jugadores de pelota mixteca han trazado una cartografía que traspasa fronteras. El juego de pelota mixteca ha atravesado pueblos, desiertos y naciones gracias a la obstinada pasión de quienes lo aman.
Desde finales de los años noventa, en ciudades como Fresno, California, y Dallas, Texas, se llevan a cabo torneos internacionales: lo retrata con precisión Pasajuego, el documental del antropólogo Daniel Oliveras de Ita, que sigue al juego de la pelota mixteca en su diáspora. Roque lo resume sin rodeos: “siempre que un oaxaqueño va migrando, se lleva su guante”.
Esta identidad viajera la trae impresa el jersey que Leonel Cruz, de San José el Mogote, en los Valles Centrales de Oaxaca, saca de su mochila minutos antes de jugar. La playera es blanca y lleva estrellas y franjas azules y rojas.
En el frente, aparece un jugador con guante; en la espalda, una silueta de rascacielos y letras compactas que dicen: “Chango”.Leonel, más conocido como El Chango y considerado por sus pares como el mejor jugador técnico en circulación, explica que el uniforme lo patrocinó un amigo suyo, El Chivo, cuando disputaron un torneo en Bajos de Chila, por los rumbos de Puerto Escondido. El Chivo es originario de Escobilla, otro municipio de la costa oaxaqueña, y mandó a hacer los ‘jerseys’ en Oaxaca pero vive en Estados Unidos.
El Chango, que empezó a jugar alrededor de los seis años y ahora tiene 37, calcula que ha coleccionado entre doscientas y trescientas playeras. En las fiestas patronales de Oaxaca, los partidos suelen coronarse con el obsequio de una camiseta y así, sin darse cuenta, uno acaba con una buena colección.“Siento que el deporte de la pelota no es como otros”, comenta El Chango, que, asimismo de trabajar como repartidor de FedEx, es artesano joyero y plasma pequeños dijes de plata y oro con forma de guantes. “Tu desenvolvimiento es superior, cabe mucho el orgullo y esas raíces que nos enseñaron los señores de antes, los papás, nuestros tíos, nuestros abuelos”.El desaparecido ‘pasajuego’ de BalbuenaEn 2008, el gobierno del entonces Distrito Federal declaró patrimonio cultural intangible –hoy inmaterial– el juego de pelota mixteca en sus tres variantes: pelota de hule, pelota de forro y pelota de esponja.
Marcelo Ebrard, entonces jefe de gobierno, firmó la declaratoria en la que las autoridades capitalinas se comprometían a revitalizarlo, al considerar que “manifestaciones culturales como los juegos de pelota de origen prehispánico han visto amenazada su existencia ante el surgimiento de nuevas expresiones culturales y la falta de espacios que fomenten su preservación”.Las amenazas no eran abstractas para la comunidad pelotera chilanga. Desde los ochenta, los jugadores convivían con el temor de perder su espacio de juego histórico: la cancha de Balbuena.
Aunque en 1979, en presencia del entonces presidente José López Portillo, se instaló en ese pasajuego una placa conmemorativa, el gesto fue meramente simbólico: la comunidad nunca contó con un documento que les otorgara la posesión del espacio. Ubicado en terrenos aledaños al Deportivo Venustiano Carranza, este pasajuego fue moldeado por los primeros deportistas migrantes a finales de los años cuarenta.
Gracias a jornadas de trabajo comunitario, o tequio, fueron ellos quienes limpiaron los tiraderos de basura que llenaban el lugar y aplanaron el terreno hasta crear un punto de reunión y juego que duró más de medio siglo y que en su apogeo reunía a más de trescientas personas.Basta decir “Balbuena” para que afloren recuerdos de jugadas épicas y riñas, trueques y desamores. “En aquellos años ponían un megáfono y ponían música tradicional oaxaqueña, como las chilenas, o música que le gustaba a la gente”, recuerda Jacobo Victoria Hernández, presidente de la Asociación Mexicana de Jugadores de Juegos de Origen Prehispánico. “En la comunidad había albañiles, electricistas… de repente alguien necesitaba algo y les hablaba, ‘oye, ayúdame a hacer esto en mi casa’. Se daba esa parte, era un espacio muy rico”.
Los jugadores constituyeron la asociación en 1993 con el objetivo de salvaguardar el pasajuego y evitar que terminara convertido en una unidad habitacional, después en un cuartel y, finalmente, en un estacionamiento de la Cámara de Diputados. Probaron varias rutas.
En 2005, solicitaron a la Secretaría de Cultura local un estudio para que el juego fuera reconocido como patrimonio cultural, trámite que derivó en un dictamen del Instituto Nacional de Antropología e Historia en 2006 y en la declaratoria de 2008. También presentaron dos quejas ante la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.De nada sirvió.
La madrugada del 9 de julio de 2009, el pasajuego de Balbuena fue destruido con maquinaria pesada. La orden la dio aquella misma Jefatura de Gobierno que, poco menos de un año antes, había sostenido que la protección de estos espacios “fortalece las redes sociales de quienes los practican, organizan y promueven”.
Meses después se anunció que en las instalaciones del pasajuego se construiría el Centro de Atención a Emergencias y Protección Ciudadana de la Ciudad de México, en la actualidad conocido como el C5. La Comisión de Derechos Humanos emitió entonces la recomendación 25/2009, señalando que el gobierno local y la entonces delegación Venustiano Carranza habían violado los derechos a la cultura y de las personas indígenas, y pidió restituir un espacio para la práctica del juego.
Pero la desaparición de la cancha de Balbuena ya había accionado algo profundo. “La comunidad oaxaqueña iba ahí para comprar mole, queso, mezcal. La gente grande intercambiaba puntos de vista sobre lo que estaba pasando en el estado, sobre el juego”, cuenta Jacobo. “Cuando desaparece Balbuena, mucha gente no regresó a jugar.
Una generación se perdió: varios jugadores que empezábamos nos tuvimos que ausentar del juego. La gente que ahora tiene un promedio de treinta a cuarenta años no está presente hoy día”.
El gobierno intentó reubicar a los jugadores. Se barajó la posibilidad de que fuera en Ciudad Deportiva, pero el regreso de la Fórmula 1, en el Autódromo Hermanos Rodríguez, abortó el plan.
Cuando los practicantes del deporte declarado patrimonio llegaron a su nuevo espacio en 2011, el desconcierto fue inmediato. El Deportivo Rafael 'Pelón' Osuna –nombrado en honor al tenista más célebre en la historia de México, multicampeón de Wimbledon y número uno del mundo en 1963– estaba en estado de abandono.Aquí se viene a convivirEn el pasajuego de pelota mixteca, la vida social se organiza también en torno a los apodos.
Todos tienen uno. A Marcelino Cruz Méndez, por ejemplo, le conocen como El Zurdo de Zautla, por su pueblo natal, San Andrés Zautla, en los Valles Centrales de Oaxaca.
Acude a la cancha de la colonia Moctezuma casi todos los domingos, cuando su trabajo en un taller de prótesis dental se lo permite. Es un hombre fibroso, de manos anchas y fuertes, que no delatan sus más de setenta años de vida. “Empecé chiquillo, como de ocho años, pero usábamos una tablita.
Cortábamos madera, la labrábamos con algo que tuviera filo y esa usábamos con la pelota de esponja. Así hacía.
Ya estando aquí fue cuando agarré el guante”, comenta El Zurdo de Zautla meciendo su guante para zurdos que trae una D y una P grabadas en el cuero, sello distintivo del taller de Daniel Pacheco, maestro artesano oaxaqueño que en 1911 inventó este implemento. Por esa predilección suya por el lado izquierdo del cuerpo, a Marcelino también le dicen El Contradios o El Chueco.Luego están El Tripas, El Güero, El Gato de Jaltepec y El Chavelo.
Algunos apodos se comparten dentro de los equipos: Los Gordos de Tula, único equipo de Hidalgo, o los cinco hermanos Arellanes, conocidos como Los Gemelos. Las historias que surgen al nombrar un apodo hablan de una comunidad de lazos familiares y de amistades forjadas no sólo al compás de las jugadas, sino también de los mezcales compartidos, las charlas amenas y las apuestas reñidas.
Y es que al pasajuego se viene a convivir, es decir, a compartir la vida. Por la tarde, un aroma a madera quemada se esparce por el deportivo.
Es la señal de que Virginia Sampedro Trinidad ha encendido su pequeño anafre y que pronto despachará sus manjares: agua de chilacayota, pozole, tamales verdes y tlayudas. Originaria de Nochixtlán, de voz aguda y porte resuelto, Virginia embarra los grandes discos de maíz con asiento y frijoles y dice que a Oaxaca regresa seguido, que le encantan sus tradiciones, costumbres y comida y que la pelota mixteca la conoció por su esposo con quien se casó a los diecinueve años.
Desde entonces, dice, los domingos peloteros son “de a ley” para su familia. “Nos gusta estar con él ese día, verlo feliz jugando su pelota, se desestresa. No hay domingo que no vengamos y que disfrutemos todos”, explica mientras procede a remover el tasajo que tiene asándose en las brasas.
En una mesa plástica ha dispuesto tuppers y ollas con los productos que encarga cada ocho días desde la Mixteca –queso fresco, quesillo, chorizo bola– y una salsa que prepara combinando dos chiles, guajillo y puya, con tomatillo silvestre cosechado en la milpa. “Creo que nacieron con eso en la sangre, como también mi suegro jugaba”, comenta sobre sus dos hijos varones veinteañeros. Ahora que falta poco para que sea abuela, Virginia dice que quiere sacar los documentos para ir Estados Unidos.
Ahí vive el hijo que tiene lejos, aquel que migró a San Francisco, California, y que nunca ha dejado de dedicarse a lo que aprendió de niño: hacer rebotar el hule.Una promesa de salvaguardia de la pelota mixtecaEn mayo de 2025, la Comisión de Derechos Humanos capitalina dio por cumplida la recomendación de 2009 por parte de la Jefatura de Gobierno. Esta decisión se basó en el documento “Plan de Salvaguardia de la Declaratoria Cultural Intangible de los Juegos de Pelota de Origen Prehispánico”.
El plan busca preservar los saberes y tradiciones asociados a estos juegos y garantizar su transmisión a nuevas generaciones. Para ello, participan alcaldías, asociaciones de jugadores, el Instituto del Deporte de la Ciudad de México (Indeporte) y las secretarías de Turismo y Educación.Aunque no cuenta con un presupuesto específico, contempla talleres, murales, cápsulas de video y reportajes sobre las técnicas artesanales de estos juegos, incluido del cuidado de los pasajuegos –asimismo del que está cerca del aeropuerto, hay otro activo, el de Xitle, en Tlalpan– y la organización de torneos.
El Plan de Salvaguardia, aseguran las autoridades, es de largo aliento. “A corto plazo son seis años”, explica Alonso Flores Ávila, jefe de la Unidad Departamental de Patrimonio Cultural y Conservación de la Secretaría de Cultura. A finales de mayo pasado, el deportivo 'Pelón' Osuna albergó un torneo de ulama –una modalidad del juego de pelota mesoamericano, en la que se golpea una pelota de hule con la cadera o el antebrazo– y otro de pelota mixteca organizados por Indeporte.
Para la ocasión, el Instituto alistó los galardones: medallas y trofeos decorados con símbolos deportivos y la infaltable mascota de la ciudad, un pequeño ajolote de sonrisa fósil. Aunque el plan de salvaguardia contempla un torneo organizado entre las distintas dependencias “tomando como fecha de referencia la cuenta regresiva de la Copa Mundial de FIFA 2026”, las jornadas de mayo corrieron a cargo del organismo deportivo.
La Secretaría de Cultura, por su lado, prevé organizar otro torneo en una fecha por determinar. Y se viene un encuentro más que Indeporte tiene previsto para el 26 de julio próximo.La narrativa oficial rumbo al Mundial 2026 ha contribuido a visibilizar los juegos de pelota mesoamericanos mediante exposiciones fotográficas, presentaciones de investigaciones etnográficas y demostraciones en zonas arqueológicas organizadas como parte del programa “Mundial Social”.
No obstante, las autoridades insisten en que el esfuerzo de rescate busca sobrevivir al entusiasmo futbolístico.Pienso que los reflectores encendidos por el Mundial pronto se apagarán y que, desde que la pelota mixteca fue declarada patrimonio cultural, la comunidad pelotera chilanga ha tenido que dar batalla. Fue desalojada, pasó unos seis años sin pasajuego, se dispersó y terminó reubicada en un deportivo ruinoso que volvió habitable –de nuevo, mediante tequio– mientras las autoridades ofrecían atención intermitente.Quizá de ahí derive la cautela de Jacobo, el presidente de la asociación de jugadores de pelota mixteca.
Mientras no cuente con resultados concretos –como la reparación del sistema de riego del pasajuego, averiado desde hace tres año–, prefiere mantenerse prudente. “Hasta este momento la asociación no ha aceptado la resolución que se la ha dado a la recomendación de Derechos Humanos”, indica. “Hasta no tener el Plan de salvaguardia cumplido, no podemos dar por hecho de que ya está todo resuelto”. “Cinco jugadores y son muchos” Cuando termina el último partido, me acerco a Ángel Arellanes Ríos, parte de la quinta de Los Gemelos. El cansancio de la jugada se le desvanece al recordar lo emocionante que fue, para él y sus hermanos, representar a México en Estados Unidos en más de diez ocasiones y participar en 2015 en los Primeros Juegos Mundiales de los Pueblos Indígenas, celebrados en Palmas, Brasil, donde delegaciones de pueblos originarios de todo el mundo se congregaron para competir en deportes tradicionales y disciplinas convencionales.
La pasión por la pelota mixteca les viene de su padre, oaxaqueño de Miahuatlán, que los llevaba a los pasajuegos y les compraba guantes desde chamacos. No fue fácil: la tentación del futbol o del basquetbol siempre estuvo al acecho.
Pero esa “hermandad pelotera” –siendo cinco, formaron un equipo de forma natural– y el aprendizaje vivido en tierras oaxaqueñas, fueron el engrudo que los mantuvo en el juego hasta pisar canchas internacionales. No obstante, esa misma necesidad de destacar también es de doble filo, reflexiona el jugador de 46 años, programador de sistemas fuera de la cancha.
El afán de competir puede inflar el ego y hacer perder de vista lo más importante: atraer a más gente al juego.“¿Qué es lo que tuvimos que haber hecho? Buscar la forma de adaptarlo para que sea accesible, para que los niños puedan participar y que le podamos ganar a todo lo que hay hoy de internet, de celular, de otros juegos”, observa. “Pero es más práctico que el niño te pida una tableta a que te diga ‘Quiero que me compres…
Information from Milenio (México). Edited by: Noticias Today.
View original article ↗
💬 Comments (0)
Sign in or create your account to comment.