Las rivalidades no tienen tregua. Y cualquier hecho que ponga, en este caso, a prueba a Madrid y Barcelona trae cola.

La visita del Papa León XIV ha dado un plus de autoestima a la capital catalana por contraste con el bullicioso desmadre madrileño, centenares de miles de personas en los paseos y actividades del Pontífice y abrumadora presencia de las élites políticas y económicas. Queda para el recuerdo, la figura del presidente Pedro Sánchez, que siempre ha hecho del laicismo virtud, al lado del Papa por todos partes.

Lo político y lo religioso se mezclaron sin recato alguno. En la capital catalana, no obstante, imperó la contención.

Y en la búsqueda de un icono que trascendiera a la calle, el Templo de la Sagrada Familia se convirtió en la postal, el mensaje del acontecimiento al mundo. Como si lo que se quisiera transmitir es que en Cataluña la excelencia está por encima del ruido y las masas.

Al mismo tiempo se lograba un ejercicio de validación de la transformación del templo que dejaba al lado cualquier forma de percepción crítica. Es tabú señalar lo evidente: La torre y la cruz que culminan el templo es como si hubiesen caído del cielo: nada que ver con el sello de Gaudí.

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