El grupo se había ido ya hacia el aula después de la actividad en la que había participado, pero un par de niñas se quedaron rezagadas, acercándose tímidamente a la maestra, que estaba de baja desde hacía unas semanas y había vuelto al centro para una gestión. Estaban ahí de pie a su lado, sin decir nada.

La docente parecía adivinarles el pensamiento: ¿qué? ¿Que cuándo vuelvo?

Y las niñas, arrimándose más aún a la mujer, asintieron. En sus rostros se podía leer una expresión de anhelo, casi de súplica.

Con el cuerpo y los ojos y ese silencio parecían gritar: ¡queremos que vuelvas ya! Ese afecto genuino y real, tan profundo, solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos.

Al observar a las niñas me acordé de inmediato del maestro republicano de La lengua de las mariposas, por el que lloré en su día como si hubiera sido el mío. Y un poco lo es, si pensamos en la genealogía de la buena educación, la educación que ve en todos los alumnos a seres humanos que deben recibir la letra no con sangre sino con amor y buen trato, con rigor y disciplina, pero respeto y cariño.Seguir leyendo