La presión se había vuelto insoportable. Incluso para alguien como Donald Trump.

El anuncio de que el presidente de Estados Unidos quería colocar en un puesto tan sensible como el de director de los servicios de inteligencia de la primera potencia mundial a Bill Pulte, un fiel aliado sin ninguna experiencia en la materia, sembró el desconcierto entre los propios republicanos. Diez días después, Trump se ha visto obligado a rectificar.

Ya no será Pulte, sino el fiscal de Manhattan Jay Clayton el que sustituya a la dimitida Tulsi Gabbard, una de las bajas más sonoras en esta segunda estancia del magnate neoyorquino en la Casa Blanca. Seguir leyendo