Ni blanco ni negro: humano

Hay algo que me inquieta de estos tiempos. Nunca habíamos hablado tanto sobre respeto.
Nunca habíamos tenido tantas leyes, declaraciones, tratados internacionales, campañas educativas y conversaciones públicas sobre diversidad, inclusión y derechos humanos. Y, no obstante, pareciera que cada día nos cuesta más encontrarnos.
Nos ofendemos con rapidez. Nos defendemos antes de escuchar.
Nos etiquetamos antes de comprender. Como si una persona pudiera resumirse en una palabra.
Como si la complejidad humana cupiera dentro de una categoría. No obstante, la historia de la civilización cuenta una historia diferente.
La historia humana es, en gran medida, la historia de la expansión del respeto. Durante siglos, el respeto no fue un derecho universal.
Fue un privilegio. En la antigua Grecia, los filósofos comenzaron a preguntarse qué significaba vivir bien con otros.
Aristóteles definió al ser humano como un “animal político”, un ser destinado a convivir en comunidad. Más tarde, los estoicos, como Epicteto y Marco Aurelio, plantearon una idea extraordinaria para su tiempo: todos los seres humanos compartían una misma naturaleza y, por tanto, merecían consideración moral.
Aquella semilla tardaría siglos en germinar. Los romanos aportarían otro elemento fundamental: la ley.
Su sistema jurídico introdujo la idea de que las personas podían compartir derechos y deberes bajo un mismo marco normativo. Aunque la igualdad estaba lejos de ser una realidad, comenzaba a surgir la noción de que las diferencias individuales no podían estar por encima del orden común.
Pero el gran salto llegó en 1789. La Revolución Francesa cambió para siempre la forma en que entendemos la dignidad humana.
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamó una frase que hoy parece evidente, pero que entonces fue profundamente revolucionaria: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Por primera vez, la igualdad dejaba de ser una aspiración filosófica para convertirse en un principio político.
La humanidad había dado un paso gigantesco. Pero todavía quedaba mucho camino por recorrer.
Durante siglos, millones de personas fueron esclavizadas por el color de su piel. La abolición de la esclavitud, alcanzada gradualmente en distintos países durante los siglos XIX y XX, representó una de las mayores victorias morales de nuestra historia.
No fue un acto espontáneo de bondad. Fue el resultado de luchas, sacrificios y generaciones enteras que se negaron a aceptar que un ser humano pudiera ser propiedad de otro.
Lo mismo sucedió con las mujeres. Durante milenios estuvieron excluidas de las decisiones políticas, económicas y sociales.
El reconocimiento del sufragio femenino, que en Panamá llegó en 1946, amplió nuevamente el círculo del respeto y de la ciudadanía. Después vendrían los movimientos por los derechos civiles, la lucha contra el apartheid, la defensa de los pueblos indígenas, los derechos de las personas con discapacidad y las reivindicaciones de múltiples grupos históricamente excluidos.
Cada una de estas conquistas compartía una misma raíz: la búsqueda de dignidad y reconocimiento. La necesidad humana de ser vista como persona antes que como categoría.
Luego de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad comprendió que necesitaba un acuerdo mínimo sobre aquello que nos une. Así nació, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Su primer artículo resume siglos de luchas: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. La palabra más importante de esa frase no es igualdad.
Es dignidad. Porque la dignidad no depende del color de la piel, de la religión, de la nacionalidad, de la orientación política, del género ni de la condición económica.
La dignidad es anterior a cualquier diferencia. Y, no obstante, setenta y ocho años después, seguimos enfrentando un desafío inesperado: cómo convivir en una época donde las diferencias son más visibles que nunca, pero la empatía parece cada vez más escasa.
Mientras más hablamos de diversidad, más pareciera que olvidamos aquello que compartimos. Nos observamos a través de etiquetas.
Nos clasificamos. Nos agrupamos.
Nos alineamos con quienes piensan como nosotros y levantamos barreras frente a quienes no. Pero pocas veces nos preguntamos qué hay detrás de cada persona.
¿Qué historia carga? ¿Qué heridas la acompañan?
¿Qué experiencias moldean su manera de interpretar el mundo? Porque las palabras no existen en el vacío.
Llegan a personas con memoria, alegrías, pérdidas, triunfos y cicatrices. Por eso, una misma frase puede provocar risa en alguien y dolor en otro.
Por eso, dos personas pueden observar la misma realidad y llegar a conclusiones opuestas. No vemos la realidad tal como es.
La vemos tal como somos. Quizás por eso el desafío de nuestra generación no consiste únicamente en exigir respeto.
Consiste también en aprender a comprender. Comprender no significa justificar.
Significa reconocer que detrás de cada reacción existe una historia que tal vez desconocemos y que detrás de cada diferencia sigue existiendo un ser humano. Vivimos en un mundo obsesionado con clasificar.
Blanco o negro. Izquierda o derecha.
Correcto o incorrecto. Víctima o culpable.
Pero la vida rara vez ocurre en los extremos. La vida sucede en los matices.
Y los matices son profundamente humanos. El mar lo sabe.
Sus aguas nunca son de un solo color. A veces son azules.
A veces verdes. A veces grises.
A veces oscuras. Y, no obstante, siguen siendo mar.
Quizás nosotros también deberíamos recordarlo. Que antes de cualquier etiqueta existe algo más profundo: la fragilidad compartida, la necesidad de pertenecer, el deseo de ser comprendidos, la esperanza de ser aceptados y la capacidad de amar.
La historia de la humanidad podría resumirse como la expansión constante del respeto. Primero aprendimos a reconocer a quienes se parecían a nosotros.
Después, a quienes pensaban distinto. Más tarde, a quienes tenían otro origen, otro color, otra cultura o otra fe.
El desafío de nuestro tiempo no es detener esa expansión. Es evitar que, en medio de tantas etiquetas, olvidemos lo esencial.
Porque antes de cualquier identidad, ideología o bandera existe una condición que compartimos todos. No somos blancos o negros.
No somos una etiqueta. Somos humanos.
La autora es periodista.
Información de La Prensa (Panamá). Edición y redacción: Noticias Today.
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