Mundial 2026: que las emociones jueguen a favor del corazón

“El fútbol se escribe con los pies, se piensa con el cerebro y se juega con el corazón” (Pier Paolo Pasolini) La cuenta regresiva para el Mundial 2026 ya está en su parte final. Millones de personas volverán a compartir emociones difíciles de encontrar en otros acontecimientos de nuestra época.
Y, como sucede antes de cada Copa del Mundo, reaparece una pregunta inevitable: ¿pueden las emociones que despiertan los partidos aumentar el riesgo de infartos, arritmias o muerte súbita? Como parte de mi labor, he acompañado a familias que sufrieron la pérdida de un ser querido durante un partido de un Mundial.
Son experiencias profundamente conmovedoras que pueden llevarnos a atribuir un papel determinante a las emociones. No obstante, la epidemiología nos recuerda que los acontecimientos más impactantes no siempre reflejan con precisión la verdadera magnitud de un fenómeno.
Precisamente por ello, para comprender este fenómeno es necesario recurrir a la evidencia científica. Aunque algunos estudios observaron un aumento de eventos cardiovasculares durante partidos de alta tensión emocional, otros no confirmaron esta asociación de manera consistente.
Por ello, el verdadero impacto de estos acontecimientos sobre la salud cardiovascular sigue siendo motivo de debate y debe interpretarse con prudencia. Cuando analizamos acontecimientos deportivos de gran convocatoria, la emoción rara vez actúa de manera aislada.
Con frecuencia se acompaña de conductas y circunstancias que también pueden influir sobre el riesgo cardiovascular. No obstante, incluso aceptando estas incertidumbres, la discusión no se agota en la magnitud del fenómeno.
También resulta necesario comprender cuáles son los mecanismos capaces de vincular una experiencia emocional intensa con un evento cardiovascular en este contexto. En otras palabras: ¿cuáles son los mecanismos que terminan conduciendo a estos desenlaces durante acontecimientos deportivos de gran impacto emocional?
Está demostrado que las emociones intensas pueden desencadenar eventos cardíacos en personas vulnerables e incluso, excepcionalmente, en individuos aparentemente sanos como ocurre en el “síndrome del corazón roto”, conocido medicamente como síndrome de Takotsubo. No obstante, cuando analizamos acontecimientos deportivos de gran convocatoria, la emoción rara vez actúa de manera aislada.
Con frecuencia se acompaña de conductas y circunstancias que también pueden influir sobre el riesgo cardiovascular. En esa línea, diversos estudios han documentado que durante este tipo de acontecimientos aumentan de manera significativa conductas potencialmente perjudiciales para la salud, entre ellas el consumo excesivo de alcohol, el uso desmedido de sustancias psicoactivas y los episodios de agresión y violencia familiar o social.
Sobre todos estos factores existe evidencia sólida que demuestra su capacidad para desencadenar eventos cardiovasculares agudos. Esta observación obliga a considerar una hipótesis alternativa.
Más allá de que algunas personas puedan ser especialmente susceptibles a que una emoción intensa desencadene directamente un evento cardiovascular, una proporción posiblemente no despreciable de los episodios observados podría estar relacionada no tanto con la emoción misma como con las conductas que la acompañan y con la manera en que esta es gestionada. Por consiguiente, quizás resulte pertinente formular una pregunta diferente.
¿Es, en muchos casos, la emoción en sí misma la principal responsable de estos desenlaces o es la manera en que reaccionamos frente a ella lo que termina generando una parte importante del riesgo? Y si la gestión inadecuada de las emociones puede resultar perjudicial, también merece ser explorada la hipótesis inversa.
¿Podría una adecuada gestión emocional durante este evento deportivo convertirse en un factor favorable para la salud cardiovascular? La pregunta parece audaz, pero no carece de fundamento si consideramos que la soledad y el aislamiento social se asocia con un aumento del riesgo cardiovascular, mientras que los vínculos humanos ejercen un efecto protector.
En una época marcada por la fragmentación de los lazos sociales y la soledad no deseada, el Mundial puede representar algo más que una competencia deportiva, al convertirse durante algunas semanas en una oportunidad para reunir generaciones, acercar familias, reencontrar amigos y fortalecer el sentido de pertenencia. Quizás, entonces, algunas de las mismas emociones que suelen despertar preocupación también puedan, siendo bien gestionadas, contribuir a proteger nuestra salud.
Porque en cada abrazo compartido podría residir una forma de prevención que pocas veces tenemos en cuenta. Aunque estos posibles beneficios son más difíciles de demostrar que los riesgos, la hipótesis merece ser considerada.
Esto no implica ignorar los riesgos reales. Las personas con enfermedades cardiovasculares o múltiples factores de riesgo deben continuar con sus tratamientos habituales y consultar oportunamente ante la aparición de síntomas sugestivos.
Para la mayoría, no obstante, el mensaje debería ser otro: disfrutar el Mundial sin excesos, sin violencia y sin convertir un resultado deportivo en una tragedia personal. La pelota está a punto de comenzar a rodar en Norteamérica.
Y con ella también comenzarán a moverse nuestras emociones. Ojalá sepamos gestionarlas con inteligencia disfrutando de todo aquello que nos une y evitando aquello que nos perjudica.
Porque por encima de cualquier resultado deportivo, el partido más importante sigue siendo el de la vida.
Información de La Nación. Edición y redacción: Noticias Today.
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