Diez días después de la mayor fuga de presos de la historia de Panamá —al menos 195 reclusos escaparon de La Joyita y tres reos murieron durante los hechos— el país sigue esperando explicaciones integrales y consecuencias proporcionales a la gravedad de lo ocurrido. Ministros y directores continúan en sus cargos mientras avanzan investigaciones que inevitablemente podrían alcanzarlos, comprometiendo la credibilidad del proceso.

Y del presidente, ni una palabra. Por lo visto, no solo se fugaron 195 reclusos, también se fugó el más elemental sentido de responsabilidad política.

Y es que desde su prolongado viaje a la feria marítima en Grecia —con una parada de fin de semana en Italia aún sin explicar— el mandatario consideró más importante grabar un video sobre la mina que dar la cara luego de el mayor colapso del sistema penitenciario en la historia del país. Con ese silencio desde las apacibles aguas del Mediterráneo quedaron claras las prioridades de su gobierno.

Bien podría decirse que se le salió el cobre. Porque una evasión de esta magnitud no es un accidente.

Es la consecuencia de una cadena de irregularidades, tolerancias y encubrimientos por la que muchos deben responder. Los hechos volvieron a poner al descubierto la corrupción que desde hace años carcome el sistema penitenciario.

El hallazgo de 400 celulares con antena wifi demuestra hasta qué punto las prisiones han sido convertidas en centros de operaciones del crimen organizado. Desde allí se coordinan actividades vinculadas al narcotráfico, sicariatos, extorsiones, sobornos y las conocidas estafas telefónicas.

Nada de eso sería posible sin la colaboración, la permisividad o la indiferencia de funcionarios en distintos niveles de la estructura penitenciaria y de seguridad del Estado. Las cárceles siguen siendo tratadas como depósitos de seres humanos, con niveles de hacinamiento que en algunos casos duplican o triplican su capacidad.

Pandilleros conviven con detenidos sin condena y terminan imponiendo su propia ley. Lo ocurrido en La Joyita no revela solo una crisis penitenciaria.

Revela el fracaso del Estado para controlar lo que sucede en sus cárceles y proteger a los ciudadanos fuera de ellas. Porque esos 195 reclusos no se evaporaron: escaparon a comunidades, barriadas y carreteras donde miles de panameños quedaron expuestos.

A esto se le suman traslados de internos sin respetar los procedimientos, escasez de custodios y reportes de extrañas reuniones entre pandilleros y oficiales de la Policía. ¿Pretenden que videos de reos semidesnudos al estilo Bukele sustituyan las respuestas que el país sigue esperando ante tantas irregularidades?

¿Que la burda escenificación de mano dura nos haga olvidar la corrupción y el descontrol que quedaron al descubierto con esta fuga? Esa pretendida demostración de autoridad difícilmente tapará la manifiesta incompetencia gubernamental que hizo posible este desastre.

Y es que la autoridad del Estado no se mide por el tono de los videos producidos durante las últimas requisas. Se mide por la capacidad de prevenir que ocurran hechos como estos, por la transparencia para explicar lo sucedido y por la disposición de asumir responsabilidades cuando el sistema falla.

Un día después de la fuga del asesino Ventura Ceballos en 2020, los ministros de Seguridad y de Gobierno terminaron fuera del gabinete de Laurentino Cortizo. En contraste, diez días después de la fuga de al menos 195 presos y la muerte de tres reos, los ministros Frank Ábrego y Dinoska Montalvo siguen cómodamente en sus cargos.

Hace seis años, el hoy presidente sostenía que la fuga de Ceballos solo podía explicarse por la “enorme complicidad y la corrupción” y remataba su mensaje en X con un contundente: “No hay excusa”. Si esa era la conclusión cuando escapó un solo reo, ¿cuál es su excusa para la tardía, caótica y débil respuesta gubernamental a la mayor fuga de presos de la historia del país?

Diez días después no solo siguen prófugos decenas de reclusos. También siguen sin asumir consecuencias quienes hicieron posible por acción o por omisión que ocurriera una fuga de esta magnitud.

Para ellos no parece haber mano dura.