Hay un dato que mantiene despiertos por la noche a quienes siguen de cerca la preparación del país ante el caso de un desastre natural: la última vez que sucedió un sismo gigantesco frente a la costa central fue en 1746, hace 280 años. En ese entonces, en parte como consecuencia del tsunami que le siguió, falleció cerca del 8% de la población de entonces de Lima y Callao.

A pesar de los sismos posteriores –sobre todo los del siglo XX–, ninguno ha liberado esa cantidad de energía acumulada frente a la capital. Por eso este Diario se toma muy en serio la preparación para un evento de esta naturaleza.

Como parte de la campaña Estemos Listos, publicamos ayer un reporte a partir de información del Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade) que señalaba que “de los 6,6 millones de viviendas existentes en el país, el 71% han sido autoconstruidas”, y que “dentro de ese grupo, solo el 3% de las viviendas autoconstruidas alcanza un nivel adecuado de calidad constructiva”. Casi la totalidad de viviendas del país se hizo sin planos, estudio de suelos, ni supervisión profesional.

Un terremoto de la magnitud del que azotó a Venezuela el mes pasado probablemente arrasaría muchas de estas construcciones, con pérdidas de vida incalculables. En la misma edición de ayer dimos cuenta de que, según el Instituto Peruano de Economía (IPE), el avance en la preparación es muy pobre.

A pesar de que el 75% de proyectos de inversión vigentes de la ANIN para prevenir desastres se inició antes del 2023, la entidad solo ha tenido una ejecución financiera promedio de 35% del presupuesto para estas obras. La alarma que justificadamente ha generado el fenómeno de El Niño para este y el próximo año debería aprovecharse no solo para mitigar los efectos inmediatos de las lluvias por venir, sino para tomarse en serio un plan de mitigación de riesgos por fenómenos naturales.

Eso incluye, necesariamente, un trabajo en conjunto con las autoridades subnacionales y una estrategia responsable de largo plazo. El Perú es un país bendecido con una naturaleza diversa, única y maravillosa, pero estos dones vienen al costo de una alta exposición a fenómenos naturales peligrosos.

La buena noticia es que sus peores efectos se pueden reducir con planeamiento e inversión. La mala noticia es que hasta ahora no hemos planeado ni invertido lo mínimo requerido.

Si esperamos a que el futuro remezón nos saque el pasme, será ya demasiado tarde.