Constanza Michelson, sicoanalista: "La democracia es lenta, como todas las cosas que importan"
Lo primero es partir por Edipo, pensó. Constanza Michelson inició a estudiar los mitos antiguos, los relatos griegos y la Biblia con dedicación. “Estos son los primeros psicólogos”, se expresó.
La sicoanalista y ensayista se detuvo especialmente en el rey de Tebas, que provoca la peste sin saberlo luego de matar a su padre y casarse con su madre. Mientras estaba concentrada en estos dramas y tragedias, empezó a advertir que muchos de sus temas resonaban más allá de los libros: en un mensaje de Whatsapp, en una serie de televisión o una escena cotidiana: -En la vida diaria se juegan los mismos grandes temas que aparecen en la tragedia griega: la lealtad, la traición, el lugar de la mentira para sobrevivir; todos los problemas sicológicos y éticos.
De este modo inició a dar forma a pequeñas escenas donde situaciones cotidianas, noticias e historias personales abren una ventana a preguntas sobre la responsabilidad, la amistad, el miedo y la política, entre otros temas. Ese fue el origen de Microdramas, el nuevo libro de la autora de Nostalgia del desastre y Hasta que valga la pena vivir.
Una chasquilla que se corta impulsivamente; una hija que presencia un suicidio en el Metro; un niño que no quiere abandonar su peluche para ir a la escuela; un mensaje que puede cambiar el día: “La vida se decide una y otra vez en escalas pequeñas”, dice. El libro cruza el sicoanálisis con el ensayo social y cultural y en sus páginas hace continuas referencias tanto a la mitología, que es la columna vertebral, como a la vida actual, la tecnología, redes sociales y series, entre ellas Adolescencia. -Cuando uno empieza a leer estos relatos antiguos descubre que los dilemas individuales y los dilemas de una sociedad son muy parecidos.
Ahí aparecen la guerra civil, los hermanos que se matan, las pasiones desbordadas, el castigo a aquello que no tiene límite. Todo eso sigue ocurriendo.
La teoría permite mirar desde cierta altura, pero hay algo de la vida que se sostiene en lo pequeño y que muchas veces pasa inadvertido. Como autora tenía también “el deseo de resistirme a esta costumbre contemporánea de hacer grandes diagnósticos sobre las generaciones, sobre la época o sobre el pesimismo.
No niego que vivimos tiempos difíciles, pero eso no es todo lo que existe. Y justamente eso enseñan los relatos antiguos: nadie pone el punto final”.
¿Cómo entiende ese pesimismo contemporáneo? Leer hacia atrás sirve precisamente para recordar que el mundo ya se ha caído muchas veces.
Quizás lo particular de este tiempo es que hoy existe la sensación de que realmente podríamos destruirlo todo. Esa posibilidad parece mucho más concreta que antes y, naturalmente, produce angustia.
Pero el pesimismo no es nuevo. Ha existido muchas veces en la historia y también en la vida de cada uno.
El mundo personal también puede derrumbarse una y otra vez. Por eso me interesa tanto una idea que atraviesa el libro: nunca hay un punto final.
En psicología esa intuición es fundamental: existe la posibilidad de reparar. Si uno logra esperar un poco —y justamente eso es lo que hoy cuesta— quizás aparece otra posibilidad.
Para la autora, la concentración del poder tecnológico introduce también un elemento de temor: “Siempre hubo grandes concentraciones de poder. La diferencia es que hoy ese poder dispone de una capacidad técnica inmensa, y eso produce miedo”.
¿El futuro dejó de ser una promesa? Si en los años 90 le preguntabas a alguien cómo imaginaba el futuro, respondía cosas bastante simples: autos voladores, más tecnología, ciudades distintas.
Hace poco mi hija me expresó algo que me dejó pensando: “Mamá, para nosotros ese futuro ya llegó”. Y creo que tiene razón.
Para las generaciones más jóvenes el futuro ya no es un horizonte lejano; es el presente. Eso cambia completamente la experiencia del tiempo.
Y ahí vuelvo a la ética. Precisamente porque ya no contamos con grandes relatos ni con promesas de futuro, la exigencia ética aumenta.
Tus actos cuentan; lo que haces importa. Más que las grandes teorías, es la ética la que sostiene el mundo hoy.
¿Qué impacto real puede tener lo cotidiano? Vuelvo a Edipo.
Edipo pasa toda la tragedia buscando al culpable de la peste. Quiere encontrarlo, castigarlo, expulsarlo.
Mientras tanto habla del culpable como si fuera otro. Pero llega un momento en que puede decir: “Fui yo”.
Y ahí aparece la ética. Es muy interesante porque, cuando resuelve el enigma de la Esfinge, responde en tercera persona: “El hombre”.
Habla del ser humano en abstracto. Pero cuando descubre la verdad solo puede hablar en primera persona.
Eso me parece profundamente actual. ¿Cuántas veces hablamos del mundo, de la sociedad, de la política, de las generaciones, siempre en tercera persona?
En cambio, la ética comienza cuando alguien puede decir: “Fui yo”. Ahí aparece la referencia a la serie Adolescencia.
Sí, porque tiene exactamente la estructura de una tragedia griega. Desde el primer capítulo sabemos que el muchacho mató a su compañera.
No hay misterio. Lo único que esperamos es que él pueda decirlo.
Y cuando finalmente les dice a sus padres: “Fui yo”, ocurre algo muy extraño. Nada mejora.
La muchacha sigue muerta. Él irá a la cárcel.
No hay final feliz. Pero algo vuelve a ordenarse.
Eso hace la ética. No elimina el daño; lo vuelve habitable.
¿Siente que esa dimensión ética hoy está debilitada? Creo que la ética siempre ha sido lo más difícil.
Hoy estamos llenos de diagnósticos, protocolos, categorías, explicaciones, pero mucho menos habituados a poner el cuerpo y decir decir “me equivoqué”, pedir perdón, reparar. Lo escucho todos los días en la consulta: alguien sabe que están haciendo bullying y, aun así, se sienta con quienes lo hacen porque teme quedar fuera.
Alguien hace correr un rumor y luego decide si continúa o no. Son escenas mínimas, pero ahí también se juega una parte importante del mundo.
Mientras discutimos sobre inteligencia artificial o sobre teorías políticas, seguimos enfrentando exactamente el mismo problema humano. El ser humano siempre quiere que la culpa sea del otro o que alguien venga a resolverle la vida.
Seguimos esperando demasiado de la pareja, de los hijos, de la política, de todo. Por eso creo que reparar, pedir perdón, hacerse responsable, sigue siendo aquello que sostiene al mundo.
Y también sostener la esperanza de que siempre existe un mañana. Políticamente, vivimos una época en que todos llegan convencidos de tener la razón.
Pasamos de un gobierno que se sentía moralmente superior a otro que también llega con un impulso refundacional. No soy analista política, pero hay algo que me llama la atención.
Me pregunto si esos años de acuerdos democráticos —con todas sus imperfecciones— no habrán sido, en realidad, una excepción histórica. Un momento en que decidimos hacer las paces.
Claro, paces imperfectas, impuras, pero donde había la idea de que lo importante era que hubiera un después. Para algunos habrá sido una traición; para otros, un tiempo en que no se avanzó lo suficiente.
No lo sé. Lo curioso es que la historia se parece mucho a la Biblia.
La autora recuerda que “después del diluvio, cuando uno pensaría que la humanidad aprendió la lección, Noé se emborracha. Aparecen la vergüenza, la maldición, el conflicto entre hermanos.
Es decir, el primer gran drama político después del diluvio nace de un microdrama. Eso me parece extraordinario, porque significa que crecer psicológicamente nunca es una tarea concluida.
No lo es para una persona, para una generación ni para un pueblo”. “La democracia es lenta”, escribe en el libro. Porque lo es.
La democracia es lenta como cocinar bien, como adelgazar, como cualquier proceso que realmente importa. Lograr algo sin hacer trampa toma tiempo.
Pero vivimos en una época que parece exigir lo contrario: rapidez, eficacia. Sí, pero creo que esa ansiedad viene de mucho antes.
Hay un filósofo francés, Michel Foessel, que tiene un libro llamado Recaídas. En una entrevista contaba que había revisado la prensa europea de los años 30 y encontró algo muy interesante: en ciertos momentos históricos empieza a instalarse un discurso —desde la izquierda y desde la derecha— según el cual la democracia es demasiado lenta, demasiado ineficiente, demasiado negociadora.
La democracia aparece como una especie de debilidad.Y eso no es nuevo. Constanza Michelson agrega: “Creo que hay épocas en que las sociedades también se ponen border.
Es parecido a lo que ocurre en la vida individual. Hay momentos en que uno ya no puede esperar más.
Empieza a tomar demasiado, se vuelve extremadamente ansioso, quiere que la relación se arregle hoy mismo. Vivimos, sin duda, un tiempo que empuja hacia la aceleración.
La tecnología intensifica eso. Pero no inventó el problema”. “Lo único que espero es que a nadie se le ocurra pensar que la solución es una contrarrevolución, porque siempre terminamos atrapados entre dos extremos igualmente convencidos de tener la razón.
Las respuestas siguen siendo bastante antiguas. Hay cosas que necesitan tiempo.
Hay cosas para las que es necesario aceptar una pérdida si queremos ganar otra cosa. Y esa inteligencia la practicamos todos los días”.
Hay un microdrama en el libro donde se pregunta si puede existir un día que no sea una proeza. También quería preguntarme qué es realmente un día.
Vivimos como si solo contaran los grandes acontecimientos. Pero un día puede cambiar simplemente porque alguien te escribió un mensaje, porque una persona enferma despertó, porque apareció un gesto inesperado.
No todos habitamos el mismo tiempo. Para alguien gravemente enfermo un día significa algo completamente distinto de lo que significa para otra persona.
Esas pequeñas diferencias me interesan muchísimo. Hay otra escena muy conmovedora: la del suicidio en el Metro.
Ahí la hija de la narradora presencia esa situación y después cuenta que alguien se le acerca en la calle simplemente para preguntarle: “¿Estás bien?”. Entonces uno piensa que pedir políticas públicas no nos exime de la responsabilidad que tenemos frente a alguien que está al lado nuestro.
Quizás no vas a salvar a esa persona. O quizás sí, quién sabe.
Pero si ves a alguien así en la calle, ¿eso no te toca de alguna manera? Yo creo que sí.
Otra imagen es la de los niños que llegan con un peluche al colegio. Y le sirve para reflexionar sobre la amistad y lo social Hoy hablamos muchísimo del individualismo, casi siempre para denunciarlo, como si el simple hecho de oponerle “lo colectivo” resolviera el problema.
Y a mí me interesa pensar otra cosa. Creo que una comunidad sana supone primero individuos separados.
Hay un individualismo ligado al consumo o al fracaso de ciertos proyectos políticos, por supuesto. Pero existe otro problema: el fracaso del individuo como sujeto diferenciado.
Estamos tremendamente pegoteados. Y eso es muy border.
Lo ves en las histerias colectivas, en los ensañamientos, en el miedo a no sumarse. Las funas, por ejemplo, van cambiando de tema con los años, pero el mecanismo es muy antiguo.
Se necesita mucho coraje para decir: “No voy a seguir a la masa”. O para preguntarse si acaso nosotros no estamos empezando a parecernos a aquello mismo que condenamos.
En ese sentido, la unanimidad tampoco es necesariamente algo bueno. La pregunta siempre es: ¿esa unanimidad sirve para incluir a más personas o sirve para unirse contra alguien?
Cuando ocurre lo segundo, ya me parece mucho más sospechosa. Creo que era Hannah Arendt quien decía que cuando alguien empieza a hablar permanentemente en nombre de “nosotros”, ahí la ética comienza a desaparecer.
Pasa exactamente lo mismo que con Edipo. Nada verdaderamente ético se dice en tercera persona.
La ética siempre habla en primera persona. No desde el ego, sino desde la responsabilidad.
En el libro toca también las redes sociales. ¿Cómo abordar este tema?
Me interesa pensar este fenómeno sin moralismo. No me interesa decir: “Qué espanto esta generación” o “antes era distinto”.
Lo que me interesa es entender qué nos está pasando. Porque solo cuando uno comprende un poco el fenómeno puede empezar a preguntarse dónde conviene poner límites.
Si uno solo sataniza estos nuevos objetos mientras sigue utilizándolos, en realidad deja de pensarlos. Constanza Michelson vuelve una vez más al mito: -En el oráculo todo aparece formulado literalmente: matarás a tu padre y te acostarás con tu madre.
No hay metáfora. La tragedia ocurre porque la maldición se entiende literalmente.
Creo que hoy hacemos algo parecido. Decimos: “Las pantallas destruirán a los niños”.
Y si el mensaje solo funciona como condena, probablemente los niños terminarán escondiéndose para hacer exactamente aquello que les prohibimos. Cumplirán la maldición.
En cambio, si uno pudiera abrir una pregunta, introducir una pausa, buscar una forma distinta de relacionarse con ese objeto, quizás dejaría de ser una condena inevitable.
Información de La Tercera (Chile). Edición y redacción: Noticias Today.
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