Madrid vive una contradicción permanente. Por un lado, quiere conservarse, pero al mismo tiempo no puede dejar de transformarse.

El madrileño, de hecho, se queja del cambio de la ciudad mientras hace cola para probarlo, y ese espíritu no puede ser más de aquí. El madrileño lamenta que el comercio de barrio no se sostenga mientras pide por una aplicación como forma de no rechazar el cambio, sino más bien para comentarlo, exagerarlo, criticarlo y, al toque, incorporarlo a su rutina castiza.

Y creo que, posiblemente, no exista mejor explicación para lo que define a un ciudadano madrileño. No es la verbena, ni la terraza ni mucho menos el café de media mañana, sino la conversación interminable entre dos vecinos sobre lo que Madrid está dejando de ser.

Uno dice que cuánto está cambiando aquella fachada. El otro, contesta que esa otra tienda está cerrando, que si una nueva franquicia, que si mira esa calle llena de maletas y, los dos, de un modo u otro, se lamentan de que la ciudad se pierde.

Pero rara vez se quedan fuera de movimiento, como si protestaran de la transformación desde el epicentro mismo del cambio. Es una forma añeja de no ser inmóvil, una nostalgia activa y contradictoria que se convierte en una supervivencia práctica.

Se recuerda el bar antiguo desde el bar nuevo, se habla del barrio de antes, pero se participa activamente del piso que se reforma, se alquila y se pone a la venta porque tu abuelo de Carabanchel dejó la casa pagada hace lustros y ahora te ofrecen el triple de lo que te costó heredarlo. Y se critica fervientemente esta moda de alquileres vacacionales poniendo el suyo en el mismo saco de ofertas que te hace ser uno más de esa misma práctica que en la barra del bar luego maldicen.

Porque cada una de esas desesperaciones son frases hechas que acompañan a la ciudad en el cambio. «Esto antes no era así» o «ya no queda nada de lo que fuimos» son la banda sonora de una ciudad que se adapta al pulso de los mismos madrileños. Esa ansiedad de lo que llega no es miedo al futuro, sino más bien una especie de cansancio de adaptación permanente.

Madrid exige estar al día, saber qué barrio se está poniendo de moda, qué mercado ha cambiado y qué calle ya no es la misma. Es casi una obsesión por saber dónde han abierto algo nuevo, qué rincón ya no es secreto porque sale en la nueva guía de IG de algún prescriptor modernete y, por supuesto, esa actitud de considerar algo obsoleto cuando acaba de inaugurarse porque el madrileño de siempre no permite una relación descansada con la ciudad porque va más rápido que ella.

Este nuevo costumbrismo de Madrid no se limita a destacar lo castizo, sino a observar con ojo clínico la transición. Es un vecino que mira con desconfianza la cafetería de diseño, pero que termina entrando porque dicen que dan el mejor café.

Es la señora que echa de menos la mercería de la esquina pero que está encantada desde que su nieta le enseñó a hacer pedidos por internet. Es el camarero que ya no atiende a tantos parroquianos pero que trata al turista con la misma confianza de siempre; y es también el joven que critica los alquileres mientras sube a redes sociales las vistas de una azotea inaccesible para casi todos.

Madrid vive de esa tensión permanente. No es una ciudad partida entre pasado y futuro, sino una en la que ambos se sientan en la misma terraza.

Cada generación cree haber conocido la ciudad verdadera justo antes de que la cambiaran. Pero esa sensación forma parte del carácter madrileño, porque posiblemente Madrid es la nostalgia de sus versiones anteriores mezclada con la energía impaciente de las versiones futuras.

Y creo que es justo ahí donde reside la esencia más pura del madrileño verdadero. Porque Madrid quizá no tenga otra identidad más clara que esa inestabilidad permanente.

Una ciudad que se despide de sí misma mientras se reinventa y que convierte cada pérdida y cada novedad en costumbre. Vivimos en un presente provisional, en una ciudad que ya no es la que era, pero que nunca dejará de serlo.