Al otro lado del teléfono (y del océano), la autora de ' Niños dopamina ', Michaeleen Doucleff, doctora en química y periodista científica en la NPR, comparte con ABC su lucha personal contra dos de los grandes caballos de batalla de las familias en todo el mundo: las pantallas y los alimentos procesados. Y lo hace partiendo de la ciencia.

Durante décadas, explica Doucleff, se dio por hecho que la dopamina era la molécula del placer. No obstante, aclara, la neurociencia ha desmontado esa idea. «Lo que realmente hace este neurotransmisor no es hacernos felices, sino despertar el deseo.

Es el mecanismo que nos empuja a querer repetir una experiencia una y otra vez, aunque no nos haga sentir bien».A juicio de esta autora, esa diferencia, aparentemente sutil, resulta clave para entender por qué tantos adolescentes permanecen enganchados a las redes sociales o a determinados videojuegos. «Buscan conexión, pertenencia y reconocimiento, pero la evidencia científica muestra que, con el tiempo, esas mismas plataformas suelen aumentar la sensación de soledad. La dopamina mantiene vivo el impulso de volver, mientras que el bienestar depende de otros circuitos cerebrales», advierte.Noticia relacionada No No 'No solo son pantallas': «De nada sirve pedir que quiten los dispositivos en el colegio si en casa permiten su uso» Laura PeraitaLa buena noticia, asegura, es que el sistema de recompensa es extraordinariamente flexible. «Del mismo modo que un niño puede desarrollar preferencia por la comida ultra procesada o las pantallas, también puede aprender a disfrutar de alimentos saludables, actividades al aire libre o cualquier hábito que le haga sentirse realmente bien».

El objetivo de su libro es precisamente ofrecer a las familias herramientas para conseguir ese cambio. Esta madre reconoce que, aunque modificar esos hábitos resulta más sencillo en la infancia, insiste en que el cerebro adolescente sigue siendo muy moldeable. «La diferencia -asegura está en el enfoque: con ellos no funcionan las imposiciones, sino la colaboración.

Los estudios, de hecho, muestran que muchos adolescentes reconocen que necesitan ayuda para controlar el uso del móvil, pero no quieren que esa ayuda se traduzca en prohibiciones».El problema, añade, es que ni niños ni adultos compiten en igualdad de condiciones. «Las aplicaciones están diseñadas por equipos de ingenieros e impulsadas por inteligencia artificial para mantener a los usuarios conectados el mayor tiempo posible. Durante la preparación del libro hablé incluso con antiguos ingenieros de YouTube que me explicaron que buena parte de su trabajo consistía precisamente en lograr que los menores no abandonaran la plataforma».«»Por eso propone empezar por cambios pequeños y sostenibles, en lugar de grandes prohibiciones. «La psicología conductual demuestra que los hábitos duraderos nacen de modificaciones sencillas que terminan incorporándose a la rutina.

He comprobado, por ejemplo, que una de las más eficaces consiste en convertir el coche en un espacio libre de pantallas. Guardar los móviles durante los trayectos permite que el cerebro asocie ese momento con conversar, leer o simplemente compartir tiempo en familia».Otra estrategia, comparte Doucleff, pasa por explicar a los adolescentes cómo funcionan realmente las aplicaciones. «Como odian sentirse manipulados, comprender que muchas plataformas están diseñadas para captar su tiempo y su atención suele generar la reacción contraria y esto es mucho más positivo que limitarse a imponer normas».

A partir de ahí, recomienda que sean ellos mismos quienes decidan cuánto tiempo quieren dedicar a cada aplicación y participen en la elaboración de un plan realista. « Poner la pelota en su tejado funciona », asegura.'Parking de dispositivos'Entre los cambios que más impacto han tenido en su propia familia destaca la creación de un 'parking de dispositivos'. «Todos los móviles, tabletas y ordenadores se guardan en un único lugar de la casa y, cuando alguien termina de utilizarlos, vuelven allí. Así, el cerebro deja de asociar cualquier rincón del hogar con la presencia constante del teléfono y recupera espacios destinados a otras actividades como puedan ser dormir, cocinar, conversar o simplemente, descansar».Esa estrategia cobra especial importancia por la noche. «Dormir con el móvil al lado no solo aumenta la tentación de utilizarlo, sino que perjudica el descanso.

Y si un adolescente tiene el dispositivo en su cuarto por la noche, sí o sí, lo va a mirar. Aunque muchas personas creen que mirar la pantalla antes de acostarse ayuda a relajarse, la evidencia científica apunta justo en la dirección contraria.

Se crea un círculo vicioso: aquello que parece facilitar el sueño termina dificultando y favoreciendo problemas de insomnio».Eliminar ese hábito puede resultar incómodo al principio, reconoce, «porque el cerebro echa de menos la estimulación constante de la dopamina. Por eso recomiendo sustituir el móvil por otra actividad agradable, como leer, hacer un puzle o cualquier afición que resulte atractiva.

Lo importante no es eliminar un comportamiento sin más, sino reemplazarlo por otro que también genere satisfacción». «Los adolescentes siguen escuchando a sus padres, aunque no lo parezcan, especialmente cuando el mensaje se transmite desde el respeto»En ese proceso, insiste, los padres no deberían presentarse como 'polis malos', sino como compañeros de equipo. «Si toda la familia acepta el reto de dejar los móviles fuera del dormitorio, los adolescentes dejan de sentir que la norma solo va dirigida a ellos y aumenta la probabilidad de que colaboren».Para Michelen, lo que es indudable es que las familias afrontan un desafío completamente nuevo . «Nunca antes los niños habían crecido rodeados de productos diseñados específicamente para captar su atención durante horas». Asimismo, lamenta que muchos de los consejos de crianza sigan basándose en investigaciones anticuadas y no respondan a la realidad digital actual.

Esa falta de orientación, sostiene, explica buena parte de la frustración que sienten hoy muchos padres.Cuando habla de alimentación, el razonamiento es similar. «Durante la infancia, los padres todavía tienen capacidad para moldear el entorno doméstico y decidir qué alimentos entran en casa, qué se come y qué no. Es cierto que más adelante, cuando los hijos son un poco más mayores y salen con su pandilla, esa influencia disminuye, pero nunca desaparece del todo.

Los adolescentes siguen escuchando a sus padres, aunque no lo parezcan, especialmente cuando el mensaje se transmite desde el respeto y no desde la imposición. Yo misma, a mi edad, sigo llamando a menudo a los míos porque necesito de su aprobación.

He visto a gente muy mayor haciendo lo mismo», afirma, entre risas. También cree que conviene cambiar el relato alrededor de la comida y las pantallas.

En lugar de presentar los dulces, la comida rápida o el tiempo frente a las pantallas como un premio, propone convertir en recompensa aquello que realmente mejora el bienestar: una actividad al aire libre, cocinar juntos o cualquier experiencia sin dispositivos. « Cambiar el lenguaje cambia también el significado que el cerebro atribuye a esas conductas y facilita elegir aquello que realmente hace sentir mejor», concluye.MÁS INFORMACIÓN noticia No Marian Rojas Estapé, psiquiatra: «Cuidar el sueño es el hábito principal para sacar al cerebro del modo supervivencia» noticia Si Beatriz Crespo, doctora y experta en microhábitos: «Tu voz interna es el algoritmo más potente que existe» noticia No Una madre italiana demanda a Meta por el suicidio de su hija noticia No El consejo de una neurocientífica a padres de niños con trastornos del lenguaje sobre cómo potenciar su desarrollo cognitivoSu mensaje final es optimista: los adolescentes tienen mucha más capacidad de cambio de la que solemos imaginar. «Siguen necesitando a sus padres, siguen valorando su opinión y, sobre todo, quieren sentirse acompañados. La clave está en dejar de librar una batalla contra ellos para empezar a librarla con ellos».