NUEVA YORK.- Martin Baron se jubiló de su puesto como director de The Washington Post hace cinco años, pero sigue hablando de la profesión en primera persona del plural con frases como “debemos hacer nuestro trabajo” o “esto o aquello es nuestra responsabilidad”.“Aún me siento parte del gremio”, se justifica durante una entrevista en Nueva York. “Continúo en la obligación de reflexionar sobre cuáles creo que deberían ser nuestros estándares y sobre la libertad de expresión. Nos hemos equivocado al insistir en distinguir entre los derechos de la prensa y los de los ciudadanos a expresarse e informarse libremente.

Forman parte de lo mismo”.La cita fue en su pequeño apartamento de Manhattan, en un salón sin televisor y presidido por uno de esos cuadros de multitudes del pintor Juan Genovés. Aquí para cuando no está en su casa en mitad de la nada en Massachusetts, o de viaje.

Recientemente, en España, recibió el premio Ortega y Gasset de Periodismo junto a la reportera bielorrusa Svetlana Alexiévich y el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.El galardón es a toda su carrera, una de las trayectorias más brillantes del periodismo estadounidense, durante la que dirigió el Miami Herald (2000-2001), el Boston Globe (2001-2013) y el Post (2013-2021). Hizo ganar a esos tres diarios 18 premios Pulitzer y aún tuvo tiempo de pasar a la historia del cine en la piel de Liev Schreiber con Spotlight (2015), sobre la investigación que destapó los abusos sexuales de la archidiócesis de Boston cuando Baron llevaba las riendas del Globe.Fue inevitable que Donald Trump protagonizara buena parte de la larga conversación.

No solo porque Baron (Tampa, Florida, 71 años) hizo frente al republicano durante su primer mandato desde el Post, cuya dirección asumió nueve meses antes de la compra del diario por parte de Jeff Bezos, que acaba de despedir a cientos de empleados del periódico y ha puesto sus páginas de opinión al servicio de la agenda de Trump. También, porque el presidente de Estados Unidos se inmiscuyó durante la charla a la manera en la que lo hace constantemente en la vida de cientos, tal vez miles de millones de personas: con una de esas alertas de móvil que reclaman atención inmediata a la última de sus ocurrencias.

En este caso, era un post de su servicio de prensa con una imagen junto a Carlos de Inglaterra y el pie de foto “dos reyes”.“Solo busca provocar a los medios; que nos indignemos y poder así acusarnos de exagerar por algo que solo era un chiste”, opina Baron, hombre tímido de sonrisa pícara. “La prensa es un blanco conveniente. Trump siempre necesita un enemigo y los periodistas siempre estamos disponibles.

Es el signo de los autoritarios: no les convienen los árbitros independientes de los hechos”.-En la campaña de 2024, hubo una pregunta recurrente: ¿Habría aprendido el periodismo a cubrir a Trump? A más de 15 meses del inicio de su segundo mandato, se la hago a usted.-No estoy seguro, pero creo que sí.

Nuestro trabajo es darle al público la información que necesita y exigir responsabilidades al poder. James Madison, autor de la Primera Enmienda [que garantiza la libertad de expresión] tenía eso en mente cuando la redactó.

Habla de examinar libremente a las figuras públicas y de fiscalizar las políticas que afectan a nuestras vidas. Es nuestro deber y nuestra responsabilidad, sin importar cuáles sean las presiones.

Es importante que sigamos con nuestro trabajo porque lo que más teme Trump son los hechos. Las opiniones son baratas.-Hay que reconocer su éxito a la hora de socavar eso que llama “hechos”.-Ha logrado que la opinión pública se pregunte si es posible determinar qué es verdad.

Y ha minado la confianza en la prensa. No es que fuéramos plenamente populares antes de su llegada.

La confianza en los medios alcanzó en Estados Unidos su punto más alto después del escándalo del Watergate [la serie de informaciones del Post y otros que forzó la dimisión de Nixon]. Desde mediados de los 70 fue cayendo.

Trump ataca a los medios cada día, y los suyos le creen, sea verdad o no lo que dice.-En vista del constante bombardeo: ¿es una opción ignorarlo?-Es muy difícil. No creo que sea viable para la prensa, porque es el presidente, y tiene un impacto tremendo en el mundo…-Si la prensa no lo debe hacer… ¿entiende que haya ciudadanos que desconecten?-Creo en la obligación del ciudadano de informarse y discernir la verdad.

De hacer los deberes. Si eso incluye apagar a Trump de vez en cuando, está bien.

En Estados Unidos, hay médicos que ya lo prescriben para pacientes con ansiedad. Yo no lo recomendaré, porque va en contra de nuestros intereses [sonríe].-En el primer mandato de Trump, usted acuñó una famosa frase: “No estamos en guerra, estamos trabajando”.

A su segunda presidencia, llegó armado hasta los dientes. ¿Esperaba este nivel de agresividad?-Esperaba lo peor, y lo peor fue peor de lo que esperaba.

Cuando regresó a la Casa Blanca, enumeré en una entrevista una lista de cosas que temía que fuera a hacer. Ha cumplido con casi todas.-¿Con cuáles no?-Ir contra los anunciantes de prensa.

No me gustaría darle ideas, pero estoy seguro de que ya lo ha pensado. Suele decirse que es un aspirante a dictador, pero es peor: quiere ser emperador.

Por eso habla de anexionarse Canadá, de hacerse con Groenlandia, de convertir Venezuela en el Estado número 51... No sabe mucho de historia, pero sí que le gusta mirarse en el espejo de James Monroe o Andrew Jackson, antecesores imperialistas.-¿Le frustró ver que salía reelegido pese a la franqueza con la que la prensa habló durante la campaña de los peligros que representaba?-El pueblo estadounidense tiene el derecho a elegir.

Nuestro trabajo es informar esa decisión. Influyeron el estado de la economía y la inmigración descontrolada.

Que [Joe] Biden fuera percibido como un presidente débil y que Kamala [Harris] no tuviera tiempo. Si mira las encuestas, los votantes no creían que Trump dijera la verdad y había aspectos de su personalidad que no les gustaban, pero eso no fue el factor más importante en sus decisiones…-¿Cabe culpar a la prensa de esa devaluación de la verdad?-No.

No controlamos el mundo, pese a lo que algunos piensan. Por desgracia vivimos inundados por la desinformación, y las plataformas tecnológicas no solo no hacen nada por arreglarlo, sino que lo fomentan y amplifican.-¿Teme que Trump lleve su ataque a los medios hasta el Supremo y que su mayoría conservadora tumbe las protecciones del periodismo en Estados Unidos?-Le gustaría hacerlo.

Ha demandado sin fundamento a The New York Times o el Wall Street Journal. Está presionando a las cadenas de televisión y ha ordenado el allanamiento de la casa de un reportera del Post [por informar del Pentágono]… Hay un precedente, New York Times contra Sullivan, que permite a la prensa informar libremente sobre las figuras públicas.

Creo que quiere probar si pueden tumbarlo. Hay dos magistrados [Clarence Thomas y Neil Gorsuch] que han dicho que estarían dispuestos… Lo veo difícil, pero nada se puede descartar.-¿Qué opina de quienes aprecian que sea alguien “transparente”, que habla mucho con la prensa?-No es transparente, sino locuaz.

Son cosas distintas. ¿Accesible?

Lo es. Pero mucho de lo que sabemos de lo que está pasando es porque los medios lo están desvelando, no porque él lo esté contando… Por ejemplo, no expresó nada de la demolición del ala este.

Quería mantenerlo en secreto. ¿Cómo pensó que sería posible que no nos enterásemos de la destrucción de parte de la Casa Blanca?

Es difícil de entender, pero así funciona su cabeza…-Es un buen traficante de la droga más codiciada de Washington: el acceso al poder.-Ahora le ha dado por contestar al teléfono a los periodistas que lo llaman. Sería mejor que empleara ese tiempo en estudiar un informe de inteligencia en vez de en hablar sobre la marcha a quien tiene su número.

A los reporteros eso les encanta, y lo puedo entender, pero no convierte a Trump en un presidente transparente. Da muchas más entrevistas que su predecesor, pero las maneja como una oportunidad para mandar un mensaje.

Y en ellas miente sin parar.-La Cena de Corresponsales, interrumpida por un ataque a fines de abril, es una gala en defensa de la Primera Enmienda, y Trump, el presidente que más la ha atacado…-Siempre odié esa gala. Cuando dirigía el Post, me sentía obligado a participar.

Primero, por los periodistas que disfrutaban yendo; no quería dar la impresión de que reprobaba su interés. El año en que Trump expresó que éramos el enemigo del pueblo, me negué a estar.

Creo que a la prensa no nos conviene la imagen que damos, vestidos de esmoquin, rodeados de famosos, mezclados con la gente a la que se supone que cubrimos con independencia. Pareciera que somos de la élite, cuando lo cierto es que la mayoría de los periodistas no gana mucho dinero.

Me pareció un error terrible invitar a Trump.-Luego de el ataque, pareció que quería enterrar el hacha de guerra…-No duró mucho. Poco después llegaron los ataques a [el cómico Jimmy] Kimmel de Melania y Donald Trump.

¿Por qué? Por un chiste malo, que no puede ser tomado como una incitación al asesinato sino como un comentario sobre la diferencia de edad entre ambos… No pudo anticipar lo que pasaría en la cena…-Karoline Leavitt, portavoz de Trump, culpó del ataque al “culto al odio contra Trump de la izquierda”.

¿Existe eso?-Hay gente en la izquierda llena de odio. También en la derecha.

Y uno de los que más odia es Trump. Cuando murió [el fiscal especial] Robert Mueller expresó que se alegraba.

Carece de autoridad moral para criticar a nadie. No creo en el odio, ni en incitar a la violencia contra nadie.

Sí creo en la crítica, especialmente al presidente, la persona más poderosa del mundo. Si perdemos esa capacidad, habremos perdido la democracia en este país.-¿Volveremos algún día a ponernos de acuerdo sobre la realidad?-No creo que yo lo vaya a ver.

Con la inteligencia artificial, nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo sobre un conjunto común de hechos solo irá a peor.-Más allá de eso, ¿teme los efectos de la IA en el periodismo?-Tiene ventajas y desventajas. Es una herramienta poderosa, por ejemplo, para el análisis de datos, pero puede ser un agente terrible de diseminación de información falsa.

Y creo que no es buena la decisión de algunos medios, que resultan ser los más respetados, de negarse a que los motores de IA se alimenten de su contenido. -¿Usted la usa?-Sí, cuando el Pentágono expresó que dejaba de usar [el motor de IA de Anthropic] Claude, me lo descargué. Le pregunté si Bezos estaba destruyendo el Post.-¿Qué expresó?-Fue bastante duro con él.

En realidad, repitió mis declaraciones y otras críticas. No parece que encontrara a nadie que lo defendiera.

Siempre es agradable que te den la razón, pero en realidad sirvió para demostrar una de las debilidades de la IA: solo se basa en la información disponible públicamente.-En Frente al poder, sus memorias, escribe que Bezos siempre pensaba a 20 años vista. ¿Dio señales de lo que ha acabado haciendo?-Mucha gente, incluido el propio Bezos, pensó que la carrera de Trump había terminado con el asalto al Capitolio [el 6 de enero de 2021].

Al ver que podía ser presidente de nuevo, creo que le entró miedo. Y no iba desencaminado, porque Trump hizo exactamente lo que expresó que haría: vengarse de sus enemigos.

Y a Bezos siempre lo tuvo por uno de ellos, fundamentalmente, por la cobertura del Post. Creo que le preocupaba la cancelación de los contratos gubernamentales con Amazon.

También, que en ese momento el mejor amigo de Trump fuera Elon Musk, con el que Bezos compite en el espacio. Larry Ellison, fundador de Oracle y donante de la campaña republicana, también es un rival en el sector de computación en la nube.

Viendo todas esas amenazas actuó para salvaguardar sus negocios. Por lo demás, Bezos hizo un trabajo admirable y valiente al resistir la presión de Trump durante su primer mandato.

Y no interfirió en nuestra labor periodística.-Usted se jubiló casi dos meses después de que Trump dejara la presidencia. ¿Sintió la tentación de volver a la primera línea con Bezos?-No.

Primero, Bezos no me lo pidió. Segundo, no quería trabajar cada minuto las 24 horas del día, los 7 días de la semana, que es en lo que se ha convertido el oficio de director.

Yo tenía 66 años y había trabajado 45 como periodista, 20 de los cuales estuve al frente de tres periódicos diferentes, a los que siempre llegué como un forastero. Eso nunca es fácil.-¿Un Post con cientos de empleados menos sigue siendo el Post?-El Post todavía hace muy buen trabajo.

Pero sus ambiciones son mucho más limitadas. Tienen muy poca cobertura local, no hay fotógrafos, han perdido presencia los deportes...-En 1976 se estrenó Todos los hombres del presidente, la película sobre el caso Watergate.

¿Hasta qué punto influyó en su generación?-Mucho. Hice mi carrera entre 1972 y 1976, en pleno Watergate.

Nunca pensé “voy a ser el próximo Woodward o Bernstein”. Pero sí me interesó mucho la idea de exigir cuentas al poder.

Sigo creyendo que es nuestra misión más importante.Un legendario editor de diarios-Martin Baron nació en Tampa, Estados Unidos, en 1954. Es licenciado en periodismo y máster en Administración de empresas.-Fue director de The Boston Globe entre 2001 y 2013, y de The Washington Post entre 2013 y 2021.-Ganó el Premio Pulitzer por la cobertura de The Boston Globe sobre el escándalo por abusos sexuales de sacerdotes de la Iglesia Católica, que más tarde dio lugar a la película Spotlight.-Desde 2012 pertenece a la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias de su país.-Es autor del libro Frente al poder, unas memorias de su carrera periodística. -Recibió en España el premio Ortega y Gasset de Periodismo junto a la reportera bielorrusa Svetlana Alexiévich y el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.