Por razones esencialmente canarias, y ultraperiféricas, hubo una época de mi vida, cuatro años, el último del siglo XX y los tres primeros del XXI, en la que viajé con frecuencia a Bruselas. Aunque la gente lo desconozca, las regiones, nacionalidades y lo que sea españolas hacen lobby en la capital administrativa de Europa.

Y mucho. Por eso casi todas tienen relevantes sedes de representación y negociación, hace décadas, antes incluso de que España entrara oficialmente en la hoy Unión Europea.

Para Canarias, por ejemplo, la consideración de región ultraperiférica ha tenido mucho que ver en su desarrollo en el último cuarto de siglo y tendrá que ver en el futuro. Gracias a la ultraperificidad, pude comprobar como el presidente Chirac gustaba de mojar las papas fritas en su cerveza valona, es un suponer.

También gocé de la hospitalidad de Alberto Joao Jardim, a la sazón presidente del gobierno regional de Madeira en aquel palacete tan esencialmente portugués en el que nos reuníamos, trabajábamos por la ultraperificidad, y también comíamos cosas ricas.Esa Europa de las regiones a las que se les hacía caso en medio del engranaje complicado de los países y de la propia estructura de la Unión, no sé dónde estará. Porque el problema de Europa siempre ha sido el mismo: superar las ambiciones de los Estados y sus soberanías, ser más una unión de las regiones y las ciudades.

Eso estaba en la cabeza de Delors y de Manuel Marín, entre otros. No sé qué oculta hoy la mente de Úrsula von der Leyen y de Antonio Costa.

Quizás uno de los primeros europeístas de verdad fue un coruñés, Salvador de Madariaga, al que no solo recuerdan en su ciudad de nacimiento y crianza, sino mucho en Bruselas y Estrasburgo. Un orgullo.Como decía John le Carré, y escribía, "lo único que he tenido claro desde siempre es ser europeo".

Lo tenía tan claro que, cuando su país dejó de forma suicida la UE, se dio de baja como inglés y pidió la nacionalidad irlandesa para seguir siendo europeo. Nuestro futuro como seres humanos será mayor en tanto sepamos repercutir y construirnos como europeos.

En los valores de la vieja y nueva Europa, están los pocos valores de los que podemos sentirnos orgullosos y que merecen el esfuerzo de ser exportados: libertad, igualdad, fraternidad. Por eso, como enseñante, siempre me ha apasionado empezar la historia de la filosofía por la Ilustración: aun pervive y debe crecer, y puede contarse con pasión.