De las Cinco Familias al Cártel de Los Sapos

El Cártel de Los Sapos es una de las series más recordadas del género del narcotráfico. La producción de Caracol fue vista por millones de personas en todo el mundo y contaba la historia, basada en datos reales, de cómo el Cártel del Norte del Valle, sucesor de los cárteles históricos de Medellín y Cali, de Pablo Escobar y de los hermanos Orejuela, respectivamente, fue desarticulado por una política que endureció leyes, propició las delaciones de los propios integrantes de la organización criminal para librar condenas o aminorarlas en una estrategia común del gobierno colombiano coordinada por Estados Unidos.
Los Sapos, porque cantaban, eran los delatores que se fueron entregando uno luego de otro a la justicia estadunidense. El Cártel del Norte del Valle fue desarticulado hace dos décadas por esa sucesión de delaciones y caídas.
Renació en los últimos años por sus alianzas con cárteles mexicanos y por la doble estrategia de abrazos, no balazos implementada en México y por la de Paz Total de Gustavo Petro en Colombia. Esa estrategia tenía un antecedente clave.
La estrategia que permitió la desarticulación de las Cinco Familias de la mafia en Estados Unidos. Durante décadas, la mafia italoamericana operó prácticamente impune dentro de EU gracias a la omertà, el código de silencio siciliano que convertía la delación en un acto castigable con la muerte.
Las Cinco Familias de Nueva York (Gambino, Genovese, Lucchese, Colombo y Bonanno) construyeron un imperio criminal de decenas de miles de millones de dólares anuales protegido no sólo por la violencia y por la omertá. La impotencia institucional fue superada a través de tres estrategias convergentes: la aparición de testigos protegidos que violaron el código de silencio desde dentro de las organizaciones criminales; el uso masivo de grabaciones encubiertas que documentaron en tiempo real las operaciones criminales, y la promulgación de la Ley RICO (1970, pero que se inició a implementar hasta los 80), que permitió atacar a la organización como empresa criminal y no sólo a sus miembros individualmente.
El resultado fue el desmantelamiento sistemático de la cúpula de las Cinco Familias entre 1980 y 1995. La mafia había diseñado una estructura de aislamiento que protegía a sus líderes.
Los jefes autorizaban asesinatos y extorsiones a través de intermediarios; rara vez dejaban rastros documentales directos y nunca estaban presentes en la ejecución de los crímenes. El derecho penal tradicional exigía que la fiscalía probara la participación directa de cada individuo en cada acto criminal concreto.
Atacar los “tentáculos de la hidra” era posible; atacar su cabeza, prácticamente imposible. La Ley RICO resolvió este problema de forma radical.
Sus disposiciones centrales establecían que constituía un delito federal pertenecer a una organización que llevara a cabo un patrón de actividad de chantaje, usar o invertir ingresos del chantaje para adquirir intereses en una empresa y dirigir los asuntos de una empresa a través de un patrón de chantaje. El elemento decisivo era que RICO hacía responsable a cualquier persona que ayudara a gestionar o se beneficiara de la empresa criminal, aunque no hubiera cometido personalmente los actos enjuiciables.
RICO también permitía presentar toda la historia de la empresa criminal como prueba, en lugar de limitar los cargos a un acto aislado. La combinación de RICO, las grabaciones encubiertas y los testigos protegidos produjo resultados sin precedente.
Hacia 1985, cuando se inició el Juicio de la Comisión (de la Mafia), los jefes de las cinco familias neoyorquinas estaban todos bajo acusación formal o habían sido condenadas. En menos de una década, toda la cúpula directiva mafiosa fue encarcelada.
El testimonio de Sammy Gravano, combinado con el de docenas de otros testigos protegidos menores, permitió condenas en cadena: cada mafioso que aceptaba cooperar desencadenaba una nueva oleada de acusaciones. Para mediados de los años 90, la mafia americana era una sombra de sí misma.
El control sobre los sindicatos de camioneros, los casinos de Las Vegas y el distrito textil de Nueva York que habían sustentado su poder económico fue desmantelado. Los líderes que no estaban en prisión vivían bajo vigilancia permanente.
La omertà no fue vencida por la fuerza o por el miedo, sino por tres factores convergentes. Primero un cálculo racional: ante potenciales condenas de 100 años bajo la Ley RICO, el silencio dejó de ser atractivo.
Sammy Gravano lo expresó sin rodeos: eligió cooperar porque, si no lo hacía, moriría de todas formas en prisión. El segundo aspecto fueron las grabaciones que negaron las negaciones plausibles de los jefes y sus operadores.
Gravano decidió cooperar porque escuchó a otro mafioso, John Gotti, hablar mal de él en una grabación que le presentó el FBI. El tercer punto fue la estructura de testigos protegidos: el programa eliminó el argumento más poderoso de la omertà: que la delación equivalía a una sentencia de muerte, al ofrecer una nueva vida viable a los colaboradores.
Todo esto, desde la estrategia de destrucción de las Cinco Familias hasta la historia del Cártel de Los Sapos, no nos sirve sólo como una recopilación de datos históricos: es lo que estamos viviendo hoy en México y lo que vendrá a partir de las presiones estadunidenses para desarticular las redes de protección política de las organizaciones criminales. Recuérdelo.
Es historia viva.
Información de Excélsior (México). Edición y redacción: Noticias Today.
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