Decía el gran poeta Walt Whitman en la introducción a sus Hojas de Hierba, que el inglés es un idioma particularmente apto para la creación literaria porque permite la invención constante de nuevas palabras. Esa gran libertad imaginativa se la adjudicaba, entre otras cosas, al hecho de que ese idioma no tiene una institución o academia que norme la corrección de su uso.La existencia de la Real Academia de la Lengua Española, no obstante, no parece haber detenido a Abel Pacheco en su deseo de escribir buena poesía, apoyándose en la creación de infinidad de nuevas expresiones y palabras acuñadas según su impulso vital, muchas de ellas afincadas en lo autóctono, en lo cercano al pulso del alma nacional.

Si algo me impresionó de sus poemas, cuando los leí hace unos años, fue precisamente el gozo con el que Abel Pacheco, como poeta –¡sí!, en efecto, me refiero al señor expresidente– juega con el idioma y se deleita convirtiendo sustantivos en verbos, en gerundios, y poniendo adjetivos a predicar de formas tan audaces como sorprendentes. Pareciera que estos elementos gramaticales anhelaran estar vivos y emprender aventuras lingüísticas y existenciales nuevas y que don Abel se los permitiera (los destacados en negrita son míos):“Hoy que hay guarias febreriando / venite al río a remar.

Hay peces colibriceando / y las garzas piden mar. “Baile, / porque quisiera / que baile este marimbear.” “Gire, de vueltas y tire /su pelo a papalotear,” “Hínquese amada /y padrenuestre la tumba de mi abuelo”.Una y otra vez, a lo largo de sus poemas, Pacheco –con clara alevosía– rompe con las normas tradicionales del idioma y de las costumbres. Pero el ingenio en el uso de una palabra –por gozoso y original que resulte– no puede ni debe distraernos del aire delicado y pleno de cada poema como unidad.

Cada uno de ellos es como una piedra de río: redondeado, ágil, fluido, luminoso. Tiene vida y destino propio.

Está cargado de esa fuerza espontánea y poderosa que le otorgan la cercanía y la intimidad que emanan de sus líneas. Los poemas de Abel Pacheco surgen de su relación con la vida y la naturaleza.

Emanan de la exuberancia y voluptuosidad en las que lo enraizó su infancia atlántica. Cada poema surge de un instante diáfano y sencillo que celebra la luz de la existencia y captura la vibración de un instante o de una historia y las hace nuestras.

Hay en ellos actitud lúdica, sentido del humor, intuición y también un erotismo lozano. Son profundamente personales y, justo por eso, también universales.Querría repetir aquí toda su obra, pero me conformo con copiar unos pocos, como el Poema 11: “Te regalo un volcán y cinco selvas / repletas de tucanes. / Te regalo dos costas coraleras. / Te obsequio la derrota / salpicada de quijongos, / de mis caciques sin lanza y sin escudo… / Te brindo todo el jade quetzalero / de cuando desperezan mis mañanas. / Te doy diez lagos con peces brincadores / y la Osa Menor que me aguacera / con siete notas cuando por las noches, / pausadamente mi tierra se obsidiana”.O bien el que lleva el número 8: “Se me fugó desnuda / a buscar amapolas, / a oliscotear los vientos, /a caminar rocíos. // A mostrarles a los cielos / que había otras alturas, / a contarles a los duendes, / que había otras leyendas. // Se pinturreó las plantas /con verdes zacatales / y regresó temblante / detrás de mi silbido”.

¿Y qué decir del Poema 12, tan fiestero?: “Íbamos a la feria y se ponía / su blusa de parvada yigüirrera. Íbamos de la mano y maizaleaba / su pestañambre por la carretera. // Señalaba enmarcando en ademanes / su risa tobogán de amaneceres. / Solo me disgustaba si su enagua / triquitraqueaba con la ventolera”.Finalmente, agrego el Poema 1 (A esa muchacha): “¿Que de qué color era? / Mezcle usted diez limones / con tres atardeceres. / Una pizca de miel, / y la arena del fondo de mi Pacuare cuando… / se le mete al Caribe. / Róbese de mis montes el aceituno triste / que tienen a las cinco, / y quítele a mi raza / su cerámica mustia. / El tronco de un itabo, / una pluma del pecho / de un jilguero montuno. / Póngale el colorido / del agua cuando nace / y róbele a una tecla / de marimba su tono. / Santígüemelo todo / bajo un celaje andino, / y de ese color era”.Enrique Obregón tenía razón cuando me expresó, hace ya bastantes años que, cuando a Abel Pacheco lo eligieron presidente, ganamos un político hábil y conocedor del alma nacional, pero “perdimos a un gran poeta”.

Lo hermoso, no obstante, es que, al fin y al cabo, los poetas no se pierden. Permanecen siempre en sus páginas y más allá de ellas: siempre nos acompañan.Los poemas de Abel Pacheco son fieles al gran consejo de Rainer Maria Rilke a los creadores: viva sus preguntas, escriba sobre lo que es más suyo, sobre lo que le es más cercano.

Abel Pacheco, en efecto, ha escrito sobre lo que le es más íntimo y más próximo: la selva, el río Pacuare, el Caribe, los cerros, los aromas del campo, la conquista, la amada, los nexos personales, el pasar del tiempo y, por aquí y por allá, de vez en cuando, también sobre alguna antigua tradición o poética superstición que salpimiente sus hermosas líneas. Prevalece siempre en sus poemas un aire íntimo, cercano a la confesión y al vínculo que anida en el secreto compartido.Me pregunto por qué este hermoso libro con 29 poemas y unos 20 cuentos, publicado en España en 2006 –hace justamente 20 años– no habrá sido reeditado en Costa Rica.

Recordemos que algunos de sus poemas vieron la luz por primera vez aquí, hará unos 48 años… Volver a disfrutarlos sería un gran aporte para tantos ticos que valoramos la sensibilidad humana de su autor, aunada a su logro literario, su ingenio y picardía y, muy particularmente, a la forma en que ha sabido afincar su sentir en la tierra nuestra y poner alma y palabra en sus creaciones.clotilde.fonseca@me.comClotilde Fonseca es exministra de Ciencia y Tecnología y exdirectora ejecutiva de la Fundación Omar Dengo.