El otro 'bando' también quiere lo mejor para Costa Rica

La polarización ya es parte de nuestra vida. El apoyo o el rechazo a una propuesta política, a las formas de sus principales figuras, nos llevó a posicionarnos: una parte de nuestra gente está con el gobierno, otra parte lo adversa.
Nada para preocuparse en una democracia robusta. El problema viene cuando los sentimientos, las reacciones y los actos hacia los otros sobrepasan ciertos límites y surge la violencia.
Una sociedad en esas circunstancias está en peligro. Suena alarmista, pero los ejemplos sobran.
Así, urge enfrentar la polarización, volver al diálogo y evitar a toda costa un futuro lúgubre. Para ello, hace falta reconocer a los adversarios como personas con las que no se coincide en lo político, pero sí en otros aspectos.
Porque, a fin de cuentas, ellos y nosotros somos gente de la misma gente. “Cada cabeza es un mundo”, dicen, y vaya si tienen razón. La forma de pensar, de ser y de vivir se forja en las experiencias.
El trato de los padres en la niñez, el barrio donde crecemos, la carencia o la abundancia, las relaciones con amigos o compañeros de escuela o colegio, los trabajos, los amores y desamores, los entretenimientos, las dificultades, todo deja marcas que moldean nuestro pensamiento. Aparte, existen fuerzas de las que ni siquiera tenemos conocimiento: influencias biológicas que también juegan un papel en la construcción de lo que somos.
Con tantas variables involucradas, lo normal es sentir que los demás son distintos, que hacen, dicen o piensan cosas que uno no comprende, no comparte o no acepta. Aun así, pese a tantas diferencias, coincidimos y nos juntamos alrededor de temas comunes.
Cuánta gente, por distinta que sea, sigue al mismo equipo de fútbol o al mismo artista de rock. Personas distintas que piensan parecido, la diferencia que se ajusta, lo que se comparte por encima de los desacuerdos que, de seguro, existen.
Aquí yace la enseñanza medular: podemos disfrutar juntos pese a ser diferentes, podemos convivir y, en definitiva, podemos ser comunidad. Los adversarios políticos –y aquí me refiero a la gente de a pie partidaria de una u otra tendencia– son personas que, por la acumulación de creencias, aspiraciones, desilusiones, enojos y un sinnúmero de elementos, han desarrollado una visión en cuanto al manejo del país.
Unos respaldan un modo de hacerlo y unos objetivos por lograr; los otros se plantan en que tanto las maneras como los fines deben ser diferentes. La discusión en redes sociales escala; las emociones se alteran, aparecen las descalificaciones y los insultos, y a partir de ahí, el riesgo de un conflicto mayor es innegable.
En nada ayuda la retórica de ciertas figuras llamando a los otros “enemigos”, “delincuentes” o “vagos”. Las connotaciones de estos calificativos promueven la desconfianza y el ataque directo, porque es creencia general que uno debe defenderse del enemigo o, ¿por qué no?, atacarlo primero.
En este punto, la sociedad se tambalea al borde del precipicio.Pero, ¿son los del “otro bando” realmente enemigos? Por supuesto que no.
Aunque siempre hay alguna gente con propósitos oscuros, creo que, en general, no hay enemigos entre nosotros. Solo personas con pensamiento político diferente que quieren lo mejor para el país.
Esa es la primera y más importante coincidencia. Y, más allá de la política, entre adversarios siempre habrá gente con los mismos intereses y aficiones, que ha afrontado problemas similares o ha vivido felicidades idénticas.
Sin importar por quién se haya votado, podríamos hablar sobre el último partido de la Selección Nacional, los conciertos de los grupos que nos gustan, de ese enamoramiento que no nos deja dormir o del estrés que sufrimos por la enfermedad de un ser querido. Y, entonces, nos percataremos de que el supuesto enemigo es un ser humano igual que uno, que con el tiempo podría convertirse en alguien cercano.
Gordon Allport postuló la hipótesis del contacto intergrupal en 1954, la cual postula que el contacto directo entre miembros de grupos diferentes puede reducir prejuicios y hostilidad, siempre que ocurra en condiciones relativamente igualitarias, se compartan objetivos y se coopere activamente. El objetivo común ya existe: el bienestar de Costa Rica.
Necesitamos mayor contacto real (no digital), espacios de conversación en los que las ideas puedan ser oídas y debatidas de forma respetuosa, y el convencimiento de que, al no existir una forma definitiva de hacer las cosas, el aporte de visiones distintas enriquece y mejora cualquier iniciativa. Hablar con el vecino que apoya al otro bando, con la compañera de trabajo que votó por el partido que no me gusta, con las amistades que añoran un modelo de desarrollo diferente, hacer de la conversación política un ejercicio de contacto social en el que tratemos de comprender activa y amistosamente las posturas ajenas.
El llamado respetuoso es, entonces, para todos ustedes, compatriotas. No permitamos que esta sociedad que tanto valoramos se pierda ante el avance de la violencia.
ANDREY.SEQUEIRACORDERO@ucr.ac.cr Andrey Sequeira Cordero es profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Costa Rica (UCR) e investigador del Instituto de Investigaciones en Salud (Inisa).
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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