Monteverde fue el punto de partida. Entre neblina, bosque, altura y una mesa servida sobre los árboles, nació la primera edición de Origen, una experiencia gastronómica creada para demostrar que la cocina costarricense tiene producto, identidad, territorio y una nueva generación de cocineros dispuesta a contar el país desde sus raíces.La iniciativa se llevó a cabo en San Lucas TreeTop Dining, un proyecto gastronómico ubicado en Monteverde que ha convertido la forma de comer en una experiencia sensorial en medio del bosque.

Su propuesta combina cocina, paisaje y narrativa: no se trata solo de comer, sino de recorrer Costa Rica desde una mesa suspendida entre árboles, con vistas al dosel y una relación directa con el entorno natural.En esta primera edición, nueve chefs se reunieron bajo una misma visión: conectar a las personas con el territorio a través de la gastronomía. Cada plato fue una interpretación personal de Costa Rica, construida con ingredientes locales, memoria, técnica y creatividad.

La noche celebró el bosque, el mar, la montaña, la milpa, el manglar, la finca y la huerta como fuentes vivas de conocimiento.Para Rodrigo Valverde, gerente general de San Lucas Treetop Dining Experience, la noche representó mucho más que una experiencia culinaria. Fue una demostración de que Costa Rica posee las condiciones para competir gastronómicamente con cualquier destino de alta cocina del mundo.“Tenemos talento, creatividad, productos extraordinarios y una biodiversidad que pocos países pueden ofrecer.

Lo que vivimos en Origen demuestra que Costa Rica cuenta con profesionales capaces de desarrollar propuestas gastronómicas de clase mundial, sin necesidad de imitar a nadie, sino construyendo desde nuestra propia identidad”, aseveró.El menú abrió con un ceviche vegano de guanábana, pepino y aceite de oliva, preparado por Daniel Hernández, chef de San Lucas Treetop Dining. La guanábana, trabajada con una leche de tigre fresca, chile panameño y notas cítricas, marcó el tono de la experiencia: mirar un producto conocido desde otro lugar, sacarlo de lo cotidiano y convertirlo en sorpresa.Luego llegó una tartaleta de zanahoria, pesto, sorbete de naranja y lima kéfir, creada por el chef Kevin Charpentier.

Inspirado en un atardecer de Monteverde, el plato incorporó hierbas recolectadas en la huerta de San Lucas, zanahorias en distintas texturas, fermentos y recortes reutilizados. Más que un tiempo del menú, fue una declaración sobre sostenibilidad: aprovechar, transformar y narrar sin desperdiciar.La milpa guanacasteca apareció de la mano del chef Gilberto Briceño, de The Road Less Traveled Cuisine.

Chilotes cocinados al comal, pipiancitos, vainicas, ayote con miel de mariola y salsas de huerta invitaron a comer con la mano y compartir. El plato recordó que la cocina también es comunidad, juego y memoria campesina.Desde el mar, el chef Juan Pablo Álvarez propuso un pincho de frutos del mar con camarón, pulpo a las brasas, aceite de coco, mantequilla y una salsa de carao.

Su intención fue llevar los sabores marinos hasta el bosque nuboso, como una fogata entre amigos, con humo, textura y contraste.Uno de los momentos más potentes llegó con María José Jiménez, de FondaVela, quien presentó una jiba de res ahumada con carambola. La fruta provenía de una finca restaurada durante casi 20 años por una productora local.

El plato habló de alianzas comunitarias, producto de temporada y responsabilidad con el entorno.Marlon Acuña, cocinero del sur del país, llevó a la mesa un arroz guacho de piangua y pescado. Antes de servirlo, explicó el trabajo de quienes entran al manglar durante pocas horas, sujetos a la marea, para extraer un producto exigente y cada vez menos valorado.

Su plato puso sobre la mesa una economía, un oficio y una urgencia: valorar los ingredientes antes de que desaparezcan de la memoria colectiva.El recorrido continuó con un lomo de cordero al carbón, remolacha, mostaza koji y radicchio, una preparación profunda, intensa y elegante, a cargo del chef Santiago Fernández. Después, el Isaac Madrigal llevó el tacaco al mundo dulce con yogurt, chocolate blanco y zacate limón, en una representación visual de un fruto caído en el bosque.

El postre demostró que incluso los ingredientes más tradicionales pueden encontrar nuevas lecturas cuando se cocinan con técnica y sensibilidad.“Monteverde ya es un destino admirado por su naturaleza. Ahora queremos que también sea reconocido por su cocina.

Tenemos productores excepcionales, ingredientes únicos, una enorme riqueza agrícola y personas comprometidas con hacer las cosas bien. La gastronomía puede convertirse en una nueva forma de contar quiénes somos”, indicó Valverde.

Origen cerró con un último secreto: una canasta con notas de café, chocolate blanco, maracuyá, mascarpone y caramelo salado. Para entonces, la cena ya había dejado claro su mensaje: Costa Rica tiene producto, talento, biodiversidad y relato gastronómico.Más que una cena, esta primera edición en Monteverde fue un acto de compromiso.

Compromiso con los productores, con las comunidades, con los bosques, con los mares y con una cocina costarricense que busca ocupar un lugar más visible dentro de la cultura nacional. En San Lucas TreeTop Dining, nueve chefs demostraron que el futuro de la gastronomía del país puede empezar por una pregunta sencilla: ¿de dónde viene lo que comemos?La mayoría de los ingredientes utilizados durante la velada provenían de distintas regiones del país y fueron seleccionados bajo una filosofía de cercanía, temporalidad y apoyo a productores nacionales.

Desde la carambola cultivada en una finca restaurada de Monteverde hasta la piangua extraída artesanalmente en los manglares del Pacífico Sur, cada plato llevaba consigo una historia vinculada al territorio.“Queremos que las personas entiendan que detrás de cada ingrediente hay familias, comunidades y ecosistemas completos. Cuando elegimos cocinar con producto local también estamos apoyando economías rurales, promoviendo sostenibilidad y fortaleciendo la identidad gastronómica costarricense”, enfatizó el vocero.

Aunque se trató de la primera edición de Origen, sus organizadores aseguran que el proyecto apenas comienza. La intención es convertir esta iniciativa en una plataforma permanente para impulsar la gastronomía nacional, generar espacios de colaboración entre cocineros, productores y emprendedores, y seguir posicionando al país dentro del mapa culinario.“Esto no es un evento aislado.

Es el inicio de una visión mucho más amplia. Queremos seguir creando experiencias que impulsen el talento costarricense y que demuestren que naturaleza, sostenibilidad y alta cocina pueden convivir en perfecta armonía.

Cuando los mejores profesionales del país trabajan juntos, el resultado tiene el potencial de proyectar a Costa Rica ante el mundo de una manera diferente”, concluyó Valverde.