El escritor argentino César Aira publicó en el 2019 una novela corta cuyo personaje principal es un hombre que tiene una obsesión muy particular: comprar religiosamente las ediciones de la revista de arte contemporáneo Artforum.La ansiedad se apodera de ese individuo cada vez que la adquisición del ejemplar de turno se demora por alguna razón.El narrador de esta “novelita”, como la llama el propio autor, se torna intranquilo si no recibe a tiempo su “droga” de papel y tinta. Tan fuerte es su adicción que imagina una relación casi amorosa con la revista.Artforum es real.

Fue fundada en 1962 y tiene su sede en la ciudad de Nueva York. Se publica diez veces al año y contiene reseñas de arte y libros, así como columnas sobre cine y cultura popular.

En sus páginas se anuncian destacadas galerías de todo el mundo.Leí esa novela de César Aira en noviembre del año pasado y me identifiqué de inmediato con el protagonista, pues en algún momento de mi vida me convertí en un obsesivo comprador de revistas.Me refiero, específicamente, a los años comprendidos entre 1990 y el 2010.Cada lunes, sin falta, visitaba eufórico varias tiendas de periódicos y revistas ubicadas en el Mall San Pedro y en el centro de San José, con el fin de adquirir las ediciones de sábado y domingo de El País, de España, que incluían, en ese orden, el suplemento cultural Babelia y la revista El País Semanal.Así inauguraba mis semanas. El resto de los días salía a la caza de otras publicaciones importadas y con diversas periodicidades: Semana, de Colombia; Letras Libres, Gatopardo y Cuarto Oscuro, de México; Newsweek, Time y National Geographic, de Estados Unidos; Orsai, de Argentina, e Interviú, de España.En un viaje a México me di el gusto de comprar tres ejemplares de Vuelta, la revista que fundó el poeta mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990, y que dirigió desde 1976 hasta 1998, año en que falleció.Torres de Babel y papel…Me deleitaba acariciándolas, oliéndolas, contemplándolas y, en especial, leyéndolas, pues eran publicaciones escritas con gusto y rigor, sobre muy diversos temas: política, economía, literatura, fotografía, erotismo y estilos de vida.Disfrutaba particularmente de las crónicas, entrevistas y reportajes profundos.

Daba gusto sumergirse en aquellas páginas.Me pasaba lo mismo que al protagonista de la novela corta de César Aira: “Podía pasar horas hojeando (…) como si allí estuviera el mundo (…). Cada número era como una revelación que había que estudiar”.Las revistas inundaban cada rincón de mi casa: sala, comedor, cuarto, estudio, patio de luz, baño, ¡hasta la cocina!

Llegué a apilarlas por decenas y cientos. Asimismo, cada día cargaba varias de ellas en mi mochila; no concebía la idea de un viaje en bus o taxi sin mis entrañables amistades de papel y tinta.Cuando me preguntaban por qué las conservaba todas. “Porque las necesito para diversas consultas”, contestaba con una verdad a medias. “¡Exagerado!”, me decían mis padres más en serio que en broma cuando me visitaban y descubrían que aquellas torres de Babel y papel seguían ganando altura.Comencé a experimentar la ansiedad del personaje de César Aira en cuanto Internet inclinó la balanza del mercado en favor de las publicaciones digitales y en detrimento de las de papel y tinta.Me costó aceptar el cambio, renunciar a un hábito tan placentero, pero poco a poco me fui adaptando a la realidad impuesta por una pandemia tecnológica que liquidó uno de mis más preciados objetos de colección.Un buen día me armé de valor y me deshice de la mayoría de ellas.

No obstante, conservo unas cuantas, fósiles que me recuerdan mi Jurásico revisteril. josedavidgm2020@gmail.comJosé David Guevara Muñoz es periodista.