El régimen de los ayatolás: gran ganador de la guerra contra Irán

La hoja de ruta suscrita por las delegaciones de Estados Unidos e Irán el 22 de junio, en Bürgenstock, Suiza, con la mediación de Catar y Pakistán, pone de manifiesto la compleja dinámica de las relaciones internacionales en la actual coyuntura global. El acuerdo forma parte del periodo de 60 días –que vence a mediados de agosto– establecido en el memorando de entendimiento para negociar un acuerdo definitivo sobre el dossier nuclear iraní, las sanciones y el estatus del estrecho de Ormuz y del Líbano.
Las partes acordaron crear tres grupos de trabajo (nuclear, sanciones y resolución de disputas), asimismo de establecer una línea de comunicación directa para evitar incidentes en Ormuz.El conflicto entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por otro, inició con las operaciones armadas del 28 de febrero de 2026. No obstante, tuvo como antecedente el ataque contra las instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025, durante la denominada “Guerra de los Doce Días”, así como la intensificación de las sanciones económicas contra el régimen iraní en el segundo semestre de ese año.Como el acuerdo de paz entre Teherán y Washington parece encaminarse hacia su firma, hoy es posible identificar algunos de los principales resultados del conflicto.El más relevante es que el régimen de los ayatolás emerge como el gran ganador.
Se mantiene en el poder y probablemente se radicalizará aún más que antes de febrero. Obtiene, asimismo, el levantamiento de sanciones económicas, lo que le permitirá recuperar miles de millones de dólares congelados en diversos países; conserva su programa nuclear; logra ser reconocido por Washington como interlocutor en los asuntos de Oriente Medio; demostró capacidad para ejecutar operaciones militares a distancia y, sobre todo, consolidó su control sobre el estrecho de Ormuz.Para Estados Unidos, el conflicto significó una derrota estratégica, aunque la Casa Blanca la presente como una victoria.
El régimen fundamentalista iraní continúa en el poder y mantiene un discurso triunfalista; Ormuz estaba abierto antes del 28 de febrero y ahora seguirá operando bajo un mayor control iraní. Se gastaron miles de millones de dólares en una guerra que no produjo beneficios políticos, económicos, militares ni geopolíticos para Washington, y, asimismo, se complicaron las relaciones con Tel Aviv debido a la negativa de Benjamín Netanyahu a aceptar el retiro de tropas del Líbano.Estados Unidos esperaba que Israel se consolidara como el hegemón regional en Oriente Medio.
Esto le habría permitido a Washington concentrar sus intereses estratégicos en el Indo-Pacífico y contrarrestar la expansión china.No obstante, ha ocurrido lo contrario: ahora deberá mantener una mayor presencia militar y geopolítica en la región, aunque el Congreso espere el retiro de las tropas. Habrá que observar la evolución de la relación entre Donald Trump y Netanyahu, pues el primero deberá reconocer que fue inducido a este conflicto por el segundo sin obtener ningún rédito.Pero el desenlace también podría conducir a lo que Timothy Snyder, de la Munk School de la Universidad de Toronto, denomina “el suicidio estratégico de una superpotencia”.
Snyder agrega que Trump será recordado como el arquitecto de la hegemonía regional de Irán. Si esto ocurriera, China encontraría una oportunidad para ampliar su proyección global mediante la estrategia de las nuevas rutas de la seda, que incluye la tradicional, la marítima, la polar y la Sur-Sur.Las lecciones derivadas del conflicto entre Irán y Estados Unidos no se limitan al plano de estas dos potencias.
Entre otras cosas, el conflicto evidenció que los cuellos de botella (chokepoints) de la navegación marítima constituyen una red altamente interdependiente. La disrupción en un estrecho –Ormuz, Bab el-Mandeb, Panamá o Suez– reconfigura el flujo mundial del transporte marítimo.
Este efecto sistémico obliga a superar los análisis compartimentados y a adoptar una perspectiva de red desde la óptica de la geopolítica planetaria, tanto terrestre como oceánica. Algo similar se observó a partir de 2022 en los estrechos turcos –Bósforo y Dardanelos–, regulados por la Convención de Montreux de 1936.
Podría pensarse en un esquema semejante para Ormuz.Otra lección se refiere a la eficacia de las capacidades asimétricas. Actores con recursos militares limitados pueden imponer costos desproporcionados incluso a grandes potencias navales.No obstante, desde mi perspectiva, hay una lección que se reitera una y otra vez: Occidente –en esta ocasión, Washington y, en el pasado, Londres y París– no sabe leer la dinámica político-cultural y religiosa de los regímenes islámicos.
El presidente Trump aseveró que, en los primeros días de los ataques aéreos, la población iraní se rebelaría contra el régimen y que los ayatolás huirían despavoridos. Nada de eso sucedió.
Ese es el problema de interpretar, con criterios occidentales, una realidad que responde a una cosmovisión diferente.Por supuesto, habrá que esperar a que el acuerdo se concrete a mediados de agosto para completar la identificación de lecciones que permitan comprender mejor la dinámica actual de las relaciones internacionales. No puede descartarse por completo que la guerra contra Irán, sumada al prolongado conflicto en Ucrania, constituya la fase inicial de una Tercera Guerra Mundial.
Lo que sí parece claro es que ambos conflictos forman parte de la guerra sistémica por la reconfiguración del orden internacional del siglo XXI.camuza@gmail.comCarlos Murillo Zamora es catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA).
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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