Los colores del tiempo (La venue de l’avenir, Francia/2025). Dirección: Cédric Klapisch.

Guion: Cédric Klapisch, Santiago Amigorena. Fotografía: Alexis Kavyrchine.

Música: Rob Coudert. Edición: Anne-Sophie Bion.

Elenco: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Vincent Macaigne, Julia Piaton, Zinedine Soualem, Paul Kircher, Vassili Schneider, Sara Giraudeau, Cécile de France, Olivier Gourmet, Claire Pommet, Fred Testot. Duración: 126 minutos.

Calificación: Restringida para menores de 13 años. Distribuidora: Mirada Distribution.

Nuestra opinión: buena.3 starsPersonajes que atraviesan el tiempo, como parte de un rompecabezas que no necesariamente encaja a la perfección ni se completa, pero que permite adivinar entre sus piezas los retazos de un pasado que encuentra eco en la actualidad. Esta es, a grandes rasgos, la propuesta de Los colores del tiempo.

Una película que, sin ser perfecta, ofrece en su simpleza un puñado de preguntas sobre la existencia, el amor y la identidad.El guion, escrito por el director Cédric Klapisch y el argentino Santiago Amigorena (primo del actor Mike Amigorena), desarrolla dos líneas temporales en paralelo. El presente está marcado por la necesidad de vender la casa abandonada de Adèle Vermillard, para lo cual, se convoca a una serie de herederos, que tienen que aprobar la operación inmobiliaria y, por ende, vaciarla de recuerdos.

Esas visitas al lugar enfrentan a un grupo de personajes con un pasado familiar que desconocen, con pistas en forma de cartas arrumbadas y fotos descoloridas. La sucesión de estos hallazgos, y las preguntas que generan, le da pie al film para trasladarse en el tiempo, a comienzos del siglo XIX y contar otra historia: la de una joven Adele que, en busca de su madre, encuentra una vida, la pasión y, de alguna manera, el amor.Lo primero que llama la atención de la construcción narrativa de la película es que dialoga en ambos tiempos, sin por ello apelar a recursos como el flashback o la experiencia onírica.

No, las dos líneas temporales funcionan de manera independiente, apenas conectadas por situaciones, gestos o la presencia de algún elemento convocante. Lo que primero desconcierta, enseguida se vuelve uno de los puntos fuertes de la propuesta.

El relato va tomando forma de una manera natural, al punto de esperar con ansias el salto temporal y así agregar nuevos elementos al relato.Si bien las transiciones son fluidas, desde la fotografía hay una marcada diferencia entre ambas épocas. Las texturas, los colores, la composición, cada elemento funciona por separado, pero aunado en un mismo criterio.

Esto permite un contraste visual muy interesante entre ambas realidades, diferentes entre sí, pero con hilos conductores en común que las unen irremediablemente.La estructura coral que propone Los colores del tiempo lleva a evitar personajes que se destaquen por sobre otros. Si bien Adele (Suzanne Lindon) en el pasado y Seb (Abraham Wapler) en el presente sobresalen un poco por su bagaje personal, no es intención del film subrayarlos en exceso.

Como si se tratara de una pintura, tópico que también es parte del motor de la narración, cada color tiene su importancia; y la obra terminada no sería la misma sin cada uno de ellos.Entre las numerosas decisiones que toma la película, quizás una de las menos acertadas sea la de forzar la presencia de personajes que existieron en la vida real. Claude Monet, Sarah Bernhardt, Félix Nadar, Louis Leroy y algunos otros no consiguen aportarle por identidad un peso específico singular a la fantasía.

La recreación es correcta, pero su presencia no empuja particularmente la acción. Podrían haber sido nombres ficticios, y el resultado habría sido el mismo.También vale señalar la búsqueda intencional de un vuelo rasante, en forma de una historia pequeña, bien contada, prolija y de mucha belleza estética, que no aspira a ser más que eso.

Lo que, promediando el film, y con el recuerdo de otras películas que han utilizado recursos parecidos (como Medianoche en París, por ejemplo), deja una sensación algo más insustancial de lo prometido. Una película elegante, cuyos mecanismos funcionan muy bien, pero que carece de la profundidad emocional que prometía su premisa.