Felipe Román Lozano: "Quise volver 'La Vorágine' un homenaje a los pueblos que ya no están"

“Papunagua”, obra ganadora de la beca “Reimaginando ‘La Vorágine’”, reescribe la novela de José Eustasio Rivera y reivindica a los pueblos indígenas con un retrato de país que sigue dándose desde la selva.Felipe Román Lozano ha estudiado por más de 15 años “La vorágine”, novela de José Eustasio Rivera.CortesíaTiempo atrás, “La Vorágine” ya había pasado por las lecturas de Felipe Román Lozano, y fue conformando su tesis, que volvió a la novela de José Eustasio Rivera y empezó a darle otro significado. Pero no fue un retorno directo, sino que llegó nuevamente a ella por su lectura de “El Corazón de las Tinieblas”, de Joseph Conrad.“Fue cuando retomé ‘La vorágine’ y creció ese amor por esas dos obras, porque yo he venido trabajando en ella desde mi tesis de pregrado y después en dos maestrías y en el doctorado.
He ido desarrollando mucho esa comparación. He explorado muchos aspectos de los tiranos, por ejemplo, de las dos obras; he explorado los paralelismos históricos que también hay gracias a Roger Casement, que estuvo en el Congo, donde está ambientado ‘El Corazón de las Tinieblas’, y en el Putumayo, como se conocía esa zona donde sucedió la tragedia de las caucherías acá en Colombia”, expresó Román Lozano en entrevista para este diario.Fueron más de 15 años leyendo, releyendo e investigando sobre ambos libros.
De ahí surgió “Papunagua”, la novela con la que ganó la beca “Reimaginando La Vorágine 100 años después” del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia.“Poco a poco llegué a hacer una crítica de ‘La Vorágine’ en mi tesis doctoral y también de ‘El Corazón de las Tinieblas’, recordando mucho a un gran escritor y crítico literario nigeriano que se llama Chinua Achebe, autor de ‘Todo se desmorona’. Él fue uno de los primeros críticos en decir que en ‘El Corazón de las Tinieblas’ los africanos no hablan.
Se cuenta su tragedia, se describe la colonización y la esclavitud que sufrían para sacar marfil y también caucho, pero el africano es solo un actor de fondo y nunca cuenta su historia. Entonces me di cuenta de que en ‘La Vorágine’ sucede algo parecido.
Hay muchos críticos colombianos que han escrito sobre esto y sobre los pueblos originarios, a menudo disminuidos e incluso descritos con cierto menosprecio y algo de racismo”.Le sugerimos: Sobre “Ficciones de barro”, de Rosario López (Opinión)¿Cómo fue ese tránsito, si lo podemos llamar así, de esta investigación académica a construir una novela, a construir una historia que era el siguiente paso de “La vorágine”?En esta investigación encontré también a muchos autores, entre ellos el mismo Achebe, que decidieron no solamente hacer críticas, sino decir ‘lo no dicho hay que escribirlo, hay que divulgarlo’. Desde los años sesenta y setenta, muchos autores comenzaron a hacer reescrituras de clásicos en los que había personajes provenientes de colonias del imperio inglés o del Caribe.
Uno de los primeros ejemplos fue una reescritura de “La Tempestad de Shakespeare”, donde aparece Calibán.Esta fue una de mis grandes inspiraciones. Estudiando varias reescrituras, dije: claro, también esto se podría hacer.
Y allí fue donde pensé “¿por qué no?” Luego vi esta oportunidad con el centenario de “La vorágine”, con estas convocatorias, y me lancé.Toda esa investigación ayuda a esa seguridad de aventurarse a reescribir un poco la historia de “La Vorágine”, pero ¿cómo era enfrentarse también a los momentos de duda en los que podía pensar si estaba haciéndole justicia a ese libro?Claro, siempre da miedo. Yo le tengo un gran amor a “La Vorágine”, a Rivera, y la he estudiado durante tantos años.
Asimismo, sé que sus personajes no necesariamente transmiten lo que pensaba Rivera. Mi deseo no era criticarla.
Chinua Achebe fue muy duro con “El Corazón de las Tinieblas”: la llamó una novela racista e incluso cuestionó su valor literario. Yo siempre he dicho que adoro “La Vorágine” y respeto mucho a Rivera.Existen elementos indígenas ya presentes en la novela.
Pero Rivera fue un viajero de paso. Estaba trabajando para la Comisión Fronteriza y no conocía las lenguas indígenas ni podía acceder a todas esas historias de resistencia.Yo siempre lo hago con mucho respeto.
Asimismo, en estas reescrituras hay un elemento político de reivindicación de pueblos que han sido silenciados. Para mí era muy importante mostrar esas historias de resistencia que deberían formar parte de nuestro bagaje como colombianos.Uno empieza a leer el libro y dice: “Claro, puede ser un homenaje a Rivera y a La Vorágine”, pero usted es muy específico en la nota del autor al decir que este libro es un homenaje a los pueblos indígenas.
¿Por qué?Porque considero que este libro puede ser un complemento de “La Vorágine”, ya que muestra ese otro punto de vista que no está presente en la obra de Rivera. Investigando tanto y conociendo estas historias de resistencia, me parece que la historia ha sido injusta.
No les ha dado suficiente valor ni a esas historias ni a lo difícil que fue para estos pueblos el genocidio cauchero.Podría interesarle: El Museo Nacional recibirá la demanda que permitió el matrimonio igualitario en ColombiaSe trata de un verdadero genocidio. Hay comunidades indígenas de las cuales quedó apenas una familia.
Hubo lenguas que se extinguieron, tradiciones y culturas que desaparecieron. Este libro también es un homenaje a todos esos pueblos que ya no están debido a ese genocidio.Así como hay un reconocimiento a los pueblos indígenas, siento que también lo hay para Alicia.
Hay un momento en el que se lee: “Pobre Arturo, cree conocer tanto a las mujeres y nunca ha querido saber realmente lo que piensan”. Quiero que hablemos de esa reivindicación de Alicia y del protagonismo que adquiere aquí.La crítica decolonial comienza reivindicando las voces que han sido silenciadas.
Muchas veces son las de los pueblos indígenas, pero también las de las mujeres. La crítica de “La Vorágine” ha estudiado mucho la masculinidad de Arturo y cómo la figura de Alicia queda opacada.
Me pareció importante narrar también desde un punto de vista femenino, con todo el respeto de una persona que no lo es.Entrevisté a muchas mujeres y a muchas madres, porque esta es la historia de una mujer que tiene un parto prematuro en medio de la selva y debe caminar durante meses con un hijo en brazos intentando que no se le muera. Quise tener dos voces: la de Arturo, que conocemos bien, y la de Alicia, que aparece menos en “La vorágine”, pero que aquí quise explorar con mayor profundidad.Ahondemos un poco en la exploración de la maternidad y la paternidad.Hay una parte muy personal.
Para mí existe ese deseo de ser padre. No lo soy aún.
También quería mostrar cómo Arturo vive un rito de paso. Deja de ser ese conquistador machista y comienza a convertirse en adulto.
En algún momento se mira al espejo, ve que le han salido canas, se observa enfermo, envejecido. Y, no obstante, siente que ahora es padre.
Ese cambio es muy importante y también quise transmitirlo.Le recomendamos: Digitalizarán archivos notariales que podrían dar pistas de la historia colonial de ColombiaLeo este fragmento: “Pocos saben leer, pero cuentan historias de supervivencia que se parecen a la nuestra...”. Allí hay una especie de retrato del país…Uno de mis grandes maestros fue Alfredo Molano.
Su obra me inspiró muchísimo, sobre todo esa necesidad de ir a los territorios y conocer las historias de primera mano. Molano nos muestra un sistema económico basado en el endeudamiento permanente del indígena y del colono.
Siempre terminan perdiendo. Los intermediarios son quienes ganan.También me interesó anticipar lo que vendría después.
Los protagonistas son una multitud errante, como la de Laura Restrepo. Son personas que escapan de la violencia buscando un lugar mejor.
Eso está presente una y otra vez en nuestra literatura. El verdadero Dorado termina siendo la paz: encontrar un lugar donde vivir tranquilos.Hay un fragmento sobre el baile y los cantos indígenas que me pareció muy bello.
¿Qué representan para usted?Mi gran maestro en este tema es Elicio Zafiama, un indígena huitoto-murui que vive en Puerto Leguízamo. Él suele decir: “Nosotros trabajamos para bailar”.
El baile es fundamental. Allí ocurre todo: se encuentran parejas, se invocan espíritus, se celebran cosechas y nacimientos.
He presenciado algunos de esos bailes y me impresionó profundamente la fuerza de los murui cuando cantan y bailan. Uno siente la valentía de un pueblo que estuvo cerca de extinguirse y que hoy reivindica sus derechos.También hay una reivindicación de la tradición oral y de la memoria, ¿no es así?Sí.
Es algo que he aprendido de ellos. Son verdaderos tesoros.
Pueden contar una historia de dos horas sobre un hecho ocurrido hace más de un siglo con una precisión impresionante. Luego uno verifica las fuentes y encuentra que los datos coinciden.
He querido valorar esos tesoros y rendir homenaje a personas como Anastasia Candre, poeta, bailarina y cantante indígena, cuya obra también está presente en el libro.Le sugerimos leer: Sachsenhausen: el papá de Auschwitz¿Cómo fue el trato que le dio a la naturaleza para apartarse un poco de la mirada de Rivera y adaptarla a la suya?“La Vorágine” marcó una visión de la selva como un ser casi antropófago que devora a los protagonistas. Alejarse de eso no era fácil.
Una de mis maneras de hacerlo fue a través del lado femenino. Mientras Arturo ve una selva amenazante, Alicia siente que la selva la protege.
La siente como Madre Naturaleza.Ella percibe que la selva le avisa de los peligros y que algo muy grande la cuida. Quise explorar esa relación femenina con la naturaleza, una relación basada más en la conexión que en el miedo.¿Por qué quiso llamar al libro “Papunagua”?Papunagua es una palabra riveriana.
Está en “La Vorágine” y corresponde a un río que hoy se encuentra en el departamento del Vaupés. Rivera menciona una aldea formada por indígenas que escaparon de distintas caucherías y fundaron allí un pueblo libre.
Algo parecido a los palenques en el caso afrodescendiente.A partir de esa idea imaginé que los protagonistas de La vorágine podían ser ayudados por un indígena que los condujera hasta ese lugar.Por eso el libro terminó llamándose “Papunagua”. Asimismo de la belleza de la palabra, simboliza la idea del pueblo libre y de la resistencia indígena, una resistencia que no solo fue armada, sino también cultural y espiritual.Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖
Información de El Espectador (Colombia). Edición y redacción: Noticias Today.
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