Pasaron ya dos semanas de su estreno y El día de la revelación, de Steven Spielberg, no está llenando cines como podría, como debería y como muchos esperábamos. No es por regañarlos si no la han visto, pero ¿saben qué nivel de privilegio implica poder ver esto en una pantalla enorme, con el audio espectacularmente cuidado para escuchar la música de John Williams y con el maestro que definió el cine moderno mostrando su propio viaje, emociones y aprendizaje sobre lo que hay en el universo?Leí algunas reseñas sobre esta cinta donde decían que “era el clásico Spielberg haciendo lo que él inventó: el blockbuster”.

Ese al que hemos aprendido a resistirnos porque no queremos que manipulen nuestras emociones. Hoy estoy aquí para decirles que si alguien tiene permiso para hacer eso conmigo es el tío Steve.

Y lo tiene porque, más allá de su brutal capacidad de filmar acción y desarrollar el suspenso como nadie, siempre tiene algo importante que decir. Comprendo que varios se fueron por la finta, porque Disclosure Day es MUY entretenida.

Pero va mucho más allá.Por un lado, impacta lo poco que ha permeado el tema de la vida real al que se refiere la película: las imágenes ya reveladas —y las que faltan— sobre tantos avistamientos comprobados por gente más que seria en los últimos años. Pero lo importante va mucho más allá que eso.

Más allá de si nos tocará ese contacto en nuestras vidas, el hecho es la empatía por el prójimo. Y el terror que tenemos de que nos cambien los paradigmas sobre cómo comprendemos nuestra existencia.

Todo: teología, política, sociedad. ¿Qué pasará si un día todo es distinto?

Salir con eso en la mente del cine es infinitamente más valioso que solo ser entretenidos. Particularmente cuando una cosa no le roba nada a la otra.

Mantengamos esta cinta en salas un buen rato más, por favor. Lo vale y la historia lo reconocerá.