¿Qué significa realmente 'bienestar animal'? El mapa científico de los 5 dominios

Si nos paramos a pensar en la expresión ‘bienestar animal’, es muy probable que a la mente de cualquier persona acudan imágenes amables como la de un perro sano y con titular legal corriendo por un parque, un gato ronroneando dormitando al sol en el interior de un hogar o, en el peor de los casos, la simple ausencia de maltrato físico. Hoy en día, este concepto se ha convertido en un pilar técnico e indiscutible que impregna todas las normativas modernas de protección animal, los manuales de cría y los argumentarios de responsabilidad civil.
No obstante, definir científicamente qué significa que un animal ‘esté bien’ ha sido, y sigue siendo, uno de los mayores retos de la biología contemporánea, ya que requiere traducir las necesidades biológicas y las experiencias emocionales de los animales a un lenguaje objetivo, medible y aplicable por las leyes.Durante décadas, la respuesta de las sociedades humanas ante este dilema fue puramente defensiva, centrándose casi de forma exclusiva en evitar el sufrimiento más flagrante, como el hambre, las enfermedades o el confinamiento extremo. Con el paso de los años, la ciencia del comportamiento y la veterinaria han ido demostrando que la simple supervivencia o la ausencia de dolor no son equivalentes a una buena calidad de vida, del mismo modo que nosotros no consideramos que nuestra vida es plena solo por el hecho de no estar ingresados en un hospital.
Este cambio de paradigma obligó a los expertos a buscar un marco de evaluación mucho más holístico y profundo, capaz de analizar no solo lo que se le quita al animal para que no sufra, sino lo que se le ofrece para que sea feliz.En la actualidad, el modelo más avanzado y respaldado a nivel global para evaluar esta realidad es el denominado Modelo de los cinco dominios. Adoptado por instituciones de la magnitud de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA/WOAH), sirve como la brújula científica con la que los gobiernos diseñan sus leyes.
A pesar de su enorme éxito y prestigio, una reciente e importante investigación internacional ha puesto sobre la mesa que cuando este modelo se aplica a animales no convencionales como mascotas exóticas, las administraciones tienden a realizar interpretaciones tan minimalistas que acaban desprotegiendo las necesidades más elementales de millones de seres vivos.El origen de una ideaPara entender cómo funciona el modelo actual, es necesario realizar un breve viaje en el tiempo hacia la década de 1.960 en el Reino Unido. En aquel momento, el descontento social por la intensificación de la ganadería industrial empujó al gobierno británico a encargar un informe técnico que determinara los mínimos éticos para los animales de granja.
De aquel documento, conocido como el informe Brambell, nacieron las famosas Cinco libertades, un manifiesto que estipulaba que todo animal bajo custodia del ser humano debía estar libre de hambre y sed, libre de incomodidad térmica, libre de dolor y enfermedad, libre de miedo y angustia, y poseer la libertad de expresar el comportamiento natural de su especie. Este enfoque fue revolucionario y sirvió para sentar las bases de las primeras leyes de protección en todo el mundo.No obstante, a medida que la ciencia de la protección animal fue madurando, los investigadores empezaron a señalar las costuras de este traje original.
En primer lugar, el término ‘libertad’ resulta utópico e impreciso en un contexto de cautividad, ya que un animal nunca puede ser completamente libre de experimentar hambre o miedo de forma puntual, dado que estas son señales biológicas normales que alertan al organismo para asegurar su supervivencia. En segundo lugar, y lo que es más importante, las Cinco libertades se enfocaban casi exclusivamente en los estados negativos, es decir, en lo que debíamos evitar.
Eran una lista de mínimos de obligado cumplimiento, pero no estimulaban la búsqueda de experiencias placenteras.Para solucionar estas carencias, en la década de 1.990, los científicos David Mellor, Christopher Reid y su equipo desarrollaron el Modelo de los cinco dominios. La gran diferencia radica en que este nuevo sistema no plantea metas absolutas e inalcanzables, sino áreas de evaluación continua que permiten medir tanto lo negativo como lo positivo.
El modelo asume que el bienestar es una escala variable y que los cuidadores tienen la responsabilidad activa de proporcionar estímulos que generen emociones positivas, transformando por completo la filosofía del cuidado animal.¿Qué miden exactamente?El modelo organiza la existencia de cualquier animal en cinco temas o ‘dominios’ interconectados. Los cuatro primeros recogen los aspectos físicos y funcionales, mientras que el quinto representa la conclusión mental de todo lo anterior.NutriciónVa mucho más allá de suministrar la cantidad de calorías necesarias para que el animal no muera de inanición.
Evalúa si el agua es accesible y limpia, si la dieta es equilibrada y variada, y si el alimento respeta la adaptación evolutiva de la especie, permitiéndole realizar conductas naturales.EntornoAnaliza las condiciones físicas del espacio donde habita el animal. Esto incluye parámetros medibles como la temperatura, la humedad, la calidad del aire, los niveles de ruido, la iluminación y la disponibilidad de espacio.
Un buen dominio ambiental implica que el animal tenga opciones, como elegir entre una zona de sombra y de sol, o disponer de espacios donde ocultarse si se siente vulnerable.Salud físicaExamina la ausencia de heridas, enfermedades y dolores crónicos, pero también valora positivamente la buena condición física, los niveles de energía, la agilidad y el correcto funcionamiento orgánico del animal, garantizando que su cuerpo no sea una fuente de malestar.Comportamiento o conductaEs uno de los apartados más dinámicos, ya que mide la capacidad del animal para interactuar de forma segura y enriquecedora con su entorno, con individuos de su misma especie y con personas. Evalúa si el entorno le permite explorar, jugar, mantener el control sobre sus decisiones diarias y desarrollar las habilidades cognitivas propias de su linaje biológico.Estado mentalEs el corazón del modelo y donde confluyen los otros cuatro dominios.
La ciencia entiende que todo lo que le ocurre a un animal en su cuerpo, en su entorno y en sus actividades se traduce en una experiencia subjetiva en su mente. Si los dominios físicos son deficientes, el estado mental del animal estará dominado por el miedo, la frustración, el aburrimiento o la ansiedad.
Si son óptimos, experimentará estados de confort, placer, seguridad, curiosidad y satisfacción. El bienestar real solo se alcanza cuando este quinto dominio arroja un balance netamente positivo.¿Quién dicta las reglas?
Una de las preguntas más lógicas que se pueden formular al llegar a este punto es quién tiene exactamente la sartén por el mango a la hora de decidir qué es bienestar animal y qué no. Sobre el papel, en el escenario idílico que nos gusta imaginar, la respuesta debería ser puramente científica e institucional.
En este mundo ideal, las directrices nacen de comités de expertos internacionales y multidisciplinares que dominan campos como la etología (que es la ciencia que se encarga de estudiar cómo y por qué se comportan los animales en su entorno), la ecología, la fisiología o la medicina veterinaria. Estos profesionales vuelcan sus descubrimientos en revistas científicas independientes luego de superar revisiones muy estrictas donde otros científicos validan sus datos, y luego organismos globales de la talla de la Organización mundial de sanidad animal (OMSA) recopilan toda esa montaña de evidencias para empaquetarla en unos estándares internacionales claros y objetivos.No obstante, a poco que se rasque en la superficie de la realidad legislativa, la redacción de normativas y códigos de protección suele estar profundamente condicionada por la presión de asociaciones animalistas que, aunque actúan cargadas de buenas intenciones y empatía, a veces carecen por completo de un respaldo técnico y científico sólido detrás de sus demandas.
Esto provoca que muchas decisiones se acaben ajustando para calmar la sensibilidad pública del momento lo que, hablando en plata, significa legislar basándose en las emociones y en impulsos del corazón, en lugar de hacerlo con datos empíricos y conocimiento zoológico sobre la mesa.Para colmo de males, en este tablero de juego político se suman también los intereses económicos de sectores muy potentes, que ejercen su propia fuerza para rebajar la exigencia de las normas y facilitar que sus negocios sigan funcionando sin demasiadas trabas. ¿Sirve este modelo para todas las especies en cautividad?A pesar de la solidez teórica de los Cinco dominios, su aplicación práctica presenta una enorme asignatura pendiente.
Un exhaustivo estudio científico liderado por el biólogo Clifford Warwick ha analizado cómo sirven estos modelos al bienestar de los animales exóticos mantenidos como mascotas, tales como reptiles, peces, anfibios, aves e invertebrados. Las conclusiones son que tal y como se aplican en la actualidad, estos modelos fallan a la hora de proteger a las especies exóticas, dejándolas desamparada.El problema fundamental estriba en que las autoridades políticas y las entidades comerciales suelen aplicar una interpretación minimalista de los modelos de bienestar para no perjudicar los intereses económicos asociados al comercio y tráfico de estas especies.
Se tiende a asumir erróneamente que si un reptil o un pez sobrevive en una urna de cristal, no muestra signos externos de enfermedad evidente y consume el alimento que se le arroja, su bienestar está garantizado. Esta complacencia regulatoria ignora por completo la complejidad biológica de estas especies.Mantener a un ave de gran envergadura en una jaula donde no puede volar, o a una serpiente en un terrario estéril que le impide estirarse por completo o regular su temperatura a través del movimiento, supone una vulneración directa de los dominios del ambiente, el comportamiento y, en última instancia, del estado mental, provocando altos índices de estrés crónico, enfermedades encubiertas y muertes prematuras que pasan desapercibidas para los cuidadores inexpertos.El principio de precauciónPara corregir esta deriva, el informe de Clifford Warwick y su equipo propone un giro radical en las políticas públicas y las prácticas de cuidado, exigiendo que el bienestar del animal, y no la facilitación de su venta o posesión, sea el objetivo central y obligatorio de cualquier modelo.
Para lograrlo, la ciencia veterinaria moderna aboga por la implantación del principio de precaución en todas las normativas de protección. Este enfoque establece que, ante la falta de evidencia científica detallada o la incertidumbre sobre cómo satisfacer el bienestar de una especie exótica concreta en un entorno doméstico, se debe otorgar el beneficio de la duda al animal, priorizando su protección preventiva por encima del deseo del consumidor y del comerciante.La meta final de los marcos científicos actuales ya no es la mera supervivencia en cautividad, sino garantizar lo que se denomina calidad de vida.
Esto implica diseñar las leyes y los protocolos de manejo desde una perspectiva estrictamente orientada al individuo, obligando a que cualquier espacio de cautividad, ya sea un hogar particular, un centro de recuperación o una instalación de cría profesional, esté diseñado para satisfacer las necesidades biológicas reales del animal y no para la comodidad del ser humano. A estas alturas del debate, despojado ya de eufemismos políticos y conveniencias comerciales, el concepto de bienestar animal que la ciencia exige conquistar es la obligación absoluta de ofrecer a cada animal no humano en cautividad una existencia que, desde el rigor de su propia perspectiva y su experiencia mental, merezca la pena ser vivida.Referencia: Are the key welfare models effective for exotic pet animals?
Clifford Warwick et al. Discover Animals (2024)
Información de 20 Minutos. Edición y redacción: Noticias Today.
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