Hoy es un día para recordar también a los padres que fueron ausencia

Al convertirme en padre, empecé a sentir lástima por el mío. Por mi mamá, desarrollé empatía (“algún día me entenderás”, sentenciaba con razón), pero, por mi padre, solo sentí una profunda pena.Nunca fuimos enemigos, pero tampoco cercanos.
Nuestra relación se limitaba a saludos y visitas para Navidad o cumpleaños que, para conveniencia, eran casi en la misma fecha. En resumen, nos veríamos un par de veces al año.Recuerdo una ocasión, mientras cargaba a mi hija pequeña dormida, cuando mi querido fray Jorge Dobles me expresó: “Así me imagino a Dios como Padre, como en quien puedes tener una entrega y confianza absoluta”.
Eso es precisamente lo que el mío se perdió y jamás se dio cuenta: la oportunidad de haber sido padre.No pasó por las desveladas y las mil preocupaciones; se perdió los abrazos, las sonrisas, cada éxito y fracaso a lo largo de mi vida. Le llegaban las historias, es cierto, pero no fue parte de ellas.
No aprendimos juntos, cada uno, el rol que le correspondía.Cómo no voy a sentir lástima por él si no me cargó en sus brazos, si no tuvo la oportunidad de equivocarse y pedir perdón, como a mí me ha tocado hacerlo.Quien estuvo en casa fue mi abuelo, haciendo lo que podía y, a veces, lo que no. Con aciertos y errores, pero siempre presente.
Mi memoria más antigua es ir caminando con mi mamá y con él tomados de la mano.Recuerdo el vacío profundo que me causó su muerte. También a una señora con buenas intenciones (pero con poco acierto) que trató de consolarme diciendo que eso no era nada, que sería peor cuando muriera mi padre.
Más allá de que solo quien siente una pena comprende su verdadera profundidad, lo que ella no entendía es que aquel había sido mi verdadero papá.Muchos años después, cuando murió el que me engendró, el que fue como un tío lejano, también dolió, pero no fue lo mismo. No existían lazos entretejidos que se rompieran ese día.Ser un padre no es algo que pasa; no es algo biológico.
Es una decisión que nos toca hacer un día sí y otro también. Es retador, incierto y difícil.
Pero es hermoso y lleno de significado. Ya no soy tanto yo mismo, sino el padre de alguien más, y puede ser lo mejor que me ha pasado en la vida.Hoy no me queda más que enviarle un abrazo fuerte a mi abuelo hasta el cielo, y a mi padre, un “lo siento” por todo lo que yo hoy tengo y él nunca tuvo.daxlion@gmail.comRafael León Hernández es psicólogo organizacional.
Información de La Nación (Costa Rica). Edición y redacción: Noticias Today.
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